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La Mañana Danza

Con los pies en la tierra y el corazón en Neuquén

Delfina Funes es bailarina. Creció en Cumelén y estudió danza desde niña. Hoy sigue el sueño y hace lo que más le gusta.

Por Paula Bistagnino - [email protected]

Cuando era todavía una nena y ni siquiera había aprendido del todo a leer y escribir, empezó a bailar. Iba caminando por la calle con su mamá y le dijo que quería estudiar danzas árabes. Seguro no lo dijo así. Pero era eso lo que quería hacer. Y su mamá la llevó. A los 10, por una amiga que quería ir, se cambió a clásico. Y a partir de ahí, las zapatillas de punta fueron su pasión.

Ahora Delfina Funes tiene 20 años y desde hace 3 vive en Buenos Aires. Llegó en enero de 2017 para instalarse. Todavía no había terminado el secundario, pero sus ganas de bailar hicieron que cursara a distancia el último año en el colegio Don Bosco, al que fue desde primer grado.

Toda su formación fue en el Instituto Nehuen Yavu, con la profesora Mary González, que fue quien siempre la estimuló a mejorar. La primera oportunidad la tuvo a los 16, cuando ganó una beca en el Certamen Nacional de Danza, organizado por la Academia de Danzas de Mabel Ríos, para formarse en la escuela de Maximiliano Guerra en Villa La Angostura junto a otra neuquina, Valentina Pardini. Terminó cuarto año del secundario y, al año siguiente, se instaló en Buenos Aires.

No recuerda el día que se dio cuenta de que la danza podía ser más que un hobby. "No es algo de lo que te das cuenta, es algo que se va dando así. Era como que cada vez queríamos ser un poco mejores. Tenía ese sentimiento y después se me fueron dando oportunidades", recuerda. Y dice que la llegada a Buenos Aires le resultó fácil. "No me costó para nada adaptarme, porque yo era muy chica y tenía mucha adrenalina de lo que iba a hacer. Todo era muy nuevo. Desde que tenía 11 años venía al Teatro Colón a hacer cursos en las vacaciones de invierno. Y entonces venirme a vivir era genial para mí, porque yo iba a poder hacer todo lo que las nenitas del Colón hacían con sus profesores", comenta.

De la escuela de Maximiliano en Buenos Aires, donde tenía una beca completa, ingresó con media beca a la escuela de Julio Bocca, que era una formación más intensiva. Inquieta y apasionada, en 2018 consiguió otra beca, pero esta vez para irse a estudiar a Nueva York: hizo un intensivo de verano en la School of Classical Ballet Andrei Vassiliev. "Fue una experiencia enorme poder estar allá y aprender ahí. No hay nada más lindo que poder viajar y hacer lo que te gusta. Y quiero seguir haciéndolo", se entusiasma.

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En 2019, de regreso en Buenos Aires, cambió el clásico por el contemporáneo en el Estudio Pei Mei: una rutina diaria de entrenamiento y disciplina. Algo que nunca le costó. "La disciplina fue lo que más me gustó y me gusta de la danza. Nunca lo viví como un sacrificio", dice. Tampoco cuando era más chica y por la danza tuvo que faltar a cumpleaños o a fiestas. "Recuerdo no haber podido estar para fechas importantes con mi familia, viajes con amigos, último año de la secundaria que para algunos es muy especial. Sacrificás momentos de compartir, sea con amigos o familia, pero cuando uno está motivado no se hace tan pesado. Más al comenzar, que es todo nuevo y querés estar por todos lados. Después bajás a la tierra un poco. Me costó un poco los últimos años, porque ya fui creciendo y me doy cuenta de cosas que antes tal vez no pensaba", confiesa.

Ahora volvió hace un mes de Nueva York otra vez: fue a hacer un viaje con Laura Raffino y tomó clases en Steps on Broadway, Peridance Capezio Center y Joffrey Ballet School. Y después de pasar unas semanas en Neuquén volverá a Buenos Aires para seguir con la danza, pero también para anotarse en una carrera universitaria. Mientras tanto, seguirá el entrenamiento y las audiciones en ballets, su gran sueño. "No es fácil entrar, porque somos muchos y depende de una gran cantidad de factores a veces. Pero yo voy a seguir audicionando", cuenta la bailarina, que actuó varias veces en Buenos Aires y en el interior con el Ballet Solidario de la Fundación Julio Bocca.

La danza me dio muchas cosas, pero lo que más me dio fue felicidad”, dijo Delfina Funes

Siempre con un pie en Cumelén

No es que ahora sea mucho más grande, pero tres años de tantas vueltas le dieron a Delfina una nueva perspectiva. "Es muy loco, porque a los 17 me fui a Buenos Aires y no me costó nada. Pero ahora, de más grande, me costó un poco más… Ahora voy a Neuquén y me quedo un poco más con mis papás. Siempre supe lo importante que era la familia, pero ahora quizá lo valoro más: disfruto de compartir con ellos, de tomar mate, de estar en mi casa. Neuquén es mi casa", cuenta Delfina.

Aún sin definir su 2020 del todo, lo que primero va a definir es la carrera universitaria que quiere estudiar. "Quiero tener un equilibrio entre las dos cosas. Muchos bailarines estudian una carrera, porque es difícil saber cómo va a ser tu vida", explica. Y claro, seguir entrenando y formándose. Para todo eso, dice, sus padres son fundamentales. "Mi familia es todo, sin ellos yo no podría ser ni la mitad de lo que soy, y eso lo agradezco muchísimo. Ellos siempre fueron muy importantes porque acompañaron en lo que yo quería hacer. Al principio les costó muchísimo, claro, porque no es algo que en la cultura general tengamos muy incorporado como una posibilidad. No es que entre las opciones está la de ser bailarina. No tenemos la cultura de ir a ver ballet todos los fines de semana, como sí pasa en otros lados del mundo", comenta. Otra de las que siempre la apoya en sus decisiones es su profesora del Instituto Nehuen Yavu, que va siguiendo y acompañando cada paso que da.

Por ahora nada la corre: "Lo que más disfruto es bailar, pero no necesariamente en el escenario, aunque claro que me encanta. Disfruto de entrenar y mejorar. La danza me dio muchas cosas, pero lo que más me dio fue felicidad. Y no me presiona entrar en una compañía. No es lo único que busco".