Demasiada incertidumbre
Si algo quedó demostrado en esta pandemia es que más allá de los miedos, angustias y problemas económicos y sociales, lo que más generó en la ciudadanía es la incertidumbre, el hecho de no poder saber cuánto durará la peste y qué reglas del juego tendremos en un futuro cercano, antes de que llegue la tan ansiada vacuna.
Dicen los especialistas que en la Argentina la pandemia está “madurando”, pero el famoso pico que se viene anunciando desde hace meses todavía no llega. Y precisamente porque estamos terminando septiembre, y se aproxima el fin de año, esa incertidumbre que tanto nos viene carcomiendo desde marzo, se hace más visible y angustiante.
Por ejemplo, todavía no sabemos qué pasará con las fiestas de fin de año cuando estamos a prácticamente tres meses. ¿Se podrán hacer festejos familiares como los que estábamos acostumbrados? ¿Habrá bajado lo suficiente el número de contagios? ¿Y el de muertos?
Algo similar ocurre con el período de vacaciones tan esperado, después de un año para el olvido. ¿Se reanudarán los vuelos? ¿Habrá transporte terrestre? ¿Volverá la libre circulación interna en el país?
A los argentinos se nos acumulan las preguntas porque nadie –ni científicos ni autoridades- se animan a dar una respuesta. Y tienen toda la razón en no hacerlo porque en realidad no lo saben.
Lo peor, es que cuando llegue el momento de responder esas preguntas tan esperadas se abrirá una nueva sensación de incertidumbre, que si bien ya está presente, todavía no nos afecta tanto. Es la relacionada al estado en el que quedará el país después de la pandemia, con la precaria economía que ya tenemos y los miles de problemas sociales crecientes y a punto de estallar.
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