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LMNeuquen Columna de Opinión

Diego en nuestras vidas

Maradona defendió como pocos dentro de las canchas del mundo eso que llamamos argentinidad.

Una vez le preguntaron a Roberto Fontanarrosa qué pensaba de la vida de Maradona, y dijo: “La verdad que no me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”.

Para quienes lo vimos jugar cuando con 15 años gambeteaba y tiraba caños para el disfrute de los hinchas del fútbol, no importa de qué cuadro eran. Para quienes nos sorprendimos cuando previo al Mundial del 78 el técnico Menotti lo dejó fuera de la lista de la selección argentina. Para quienes lo vimos apilando y desparramando ingleses en el campo de batalla del estadio Azteca y alzar como un chico la ansiada Copa del Mundo; ese sueño de todos hecho carne en él. Para quienes empujamos con él –que andaba con el tobillo a la miseria- ese pase cortado a Caniggia para demoler a los brasileños en el Mundial 90 y después largar nuestro llanto ante las lágrimas incontenibles del 10 frente a la copa que no pudo volver a alzar. Para quienes fuimos espectadores de esas tantas caídas en los abismos más oscuros de la condición humana y, sin embargo, resucitaba para volver a gambetear una vez más a la vida. Para quienes entendíamos sus enfrentamientos al poder futbolero manejando el arte de la rebeldía.

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Para quienes vimos todo esto de Maradona y mucho más, la frase del Negro Fontanarrosa es la pura verdad. Como también es la pura verdad que era sinónimo de alegría popular. Esa alegría dentro de la cancha, porque fuera de la cancha fue otra cosa. Agradezco haber podido verlo desparramando rivales, clavando la pelota en el ángulo, hacer un gol con la mano de Dios. Ya no resucitará más. Ayer, algo de nosotros murió con él.

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