El truco para llegar a buen puerto con la guarda de botella es comprar al menos una caja del vino que se quiere guardar. Así se sortea la ansiedad de encontrar el momento justo, se puede ir bebiendo cada tanto y además se lleva un registro. Y si llegara a fallar la botella, siempre queda un back up.
El vino funciona como una cápsula del tiempo. Al menos para los que amamos esta bebida nos pasa. Cada vez que se chocan las copas se inmortaliza un momento, como si el chin chin fuera el eco real de las cámaras fotográficas, que registran en instantáneas los acontecimientos. Con el tiempo, al descorchar nuevamente esas botellas conocidas uno se vuelve a asomar al recuerdo, como si decir “te acordás de aquella vez que bebimos este vino”, fuera el mantra justo. En eso, el vino tiene la magia de los viajes en el tiempo. Es en presente, sí, pero también es en pasado.
Este 2022 en que somos campeones mundiales será algún día el año en que fuimos campeones. Hasta aquí no hay ninguna magia. Pero en la medida en que el tiempo sedimente sus capas de recuerdos como se construyen las estratigrafías de suelos, llegará un momento dado en que este 2022 ocupe una delgada capa. Salvo por un acontecimiento único para 47 millones de espectadores argentinos (y otros tantos en bangladesíes): en 2022 el seleccionado argentino de fútbol se consagró el mejor del mundo. Sería buena idea atesorar botellas de este año para tener el gusto de este mundial en el futuro.
La 2022 en el futuro
Sucederá con toda seguridad para algún desprevenido. Buscando en alguna cava una botella se tope con un Malbec del 2022. Y la fecha nomás será el indicativo. Al descorcharla, no habrá duda: la charla comenzará sobre aquella increíble final contra Francia en la que dos animales del juego, Messi y Mbappé, se midieron en medio de un equipo que pasó a la gloria con la ayuda de Di María, Álvarez y Martínez. Llegará la segunda copa. Y también tercera. Con la tercera copa volverá con un nuevo brindis la épica de ese partido que, para entonces, ya habremos visto millones de veces en sus jugadas centrales.
¿O acaso eso no sucedió con los vinos de 1986? Hace poco, mientras se jugaban las semifinales, me tocó beber algunos vinos de 1986. El efecto fue delicioso. Como con esas fotos que están un poco desleídas por el paso de los años, mientras me bebía ese tinto de 1986 llegaban los perfumes del pasado, los ecos de aquella locura mundialista, hace nada menos que 36 años. Al beber ese vino –era un tinto de base Cabernet– recordé con toda claridad la tarde en la final infartante contra Alemania, cómo mientras la íbamos ganando yo picaba papeles para el festejo y cómo llegó la desesperación con el empate y el estallido del final. Las bocinas, la alegría. Todo eso estaba encerrado en esa botella de vino.
Otras cápsulas del tiempo
También por estas cosas del trabajo, caté en la misma semana algunos vinos de 1990 y 1994. El corcho de la botella de 1990 estuvo difícil. Lo fui sacando como por penales, avanzando a lo Goicochea: puro sufrimiento para llegar a un desenlace en el que se rompió justo sobre el final, dejando el vino lleno de esquirlas. O ese otro Malbec 1994 que también caté y que estaba espléndido, con la energía intacta, plenamente aguerrido como ese grito de Maradona a la cámara contra Grecia antes de que le cortaran las piernas, cuando era un héroe aún.
Hoy es dable probar vinos de 2014, 2018 en plena forma. Es verdad, no son tan singulares las botellas, porque el tiempo aún no ha discurrido lo suficiente como para cimentar las capas del recuerdo. Esas botellas aún no consiguen la magia de las más remotas, quizás porque son menos únicas o porque hay menos en esos mundiales para celebrar.
Por eso, acepten este consejo: desde marzo del año que viene, antes o después, tampoco importa, comenzarán a llegar a la góndola los 2022 Reserva. Esos son los que hay que guardar. Ya haré una recomendación sobre qué botellas comprar en ese momento. Lo importante ahora, a punto de cerrar este año, es saber que alguna de esas botellas será en el futuro un abridor de recuerdos. Y esa es una de las magias más lindas del vino.
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