El Negro de las malas palabras

Fue un ícono de la cultura popular que revolucionó la forma de hacer humor en la Argentina. Su objetivo, si alguna vez lo tuvo, no era llegar a la elite literaria que se arrodillaba ante los premios Nobel, sino cruzarse con alguien en la calle o en la mesa de un bar y que le digan: “Me cagué de risa con tu libro”. Con eso, Roberto Fontanarrosa se daba por muy bien pagado. Todavía nos dura la tristeza que nos invadió hace once años atrás cuando nos enteramos de la muerte de quien en su literatura homenajeó a la barrera, al penal y a todo aquello que integra el folclore futbolero pero también desplegó ese universo de personajes de la vida cotidiana. Acaso cometió el mayor de los errores: hacernos reír. Por eso le dieron la espalda como el brillante narrador que realmente era.

Tuvo esa mirada capaz y talentosa para descubrir lo grotesco de ciertas situaciones mínimas, la capacidad para tomarnos el pelo a los argentinos ya sea con ironía y con cariño, y una habilidad extraordinaria para la parodia desopilante. El “qué lo parió” del perro Mendieta llega a ser más elocuente que cualquiera de los discursos que circulan. Como le sobraba talento, consideró que un Congreso Internacional de la Lengua Española era el ámbito ideal para plantearse preguntas como el sentido que tienen las malas palabras. La multitud que llenó el teatro El Círculo de Rosario, en noviembre de 2004, no paraba de reírse cuando el Negro se preguntó: ¿por qué son malas las palabras? ¿Les pegan a las otras? ¿Son malas porque son de mala calidad? Esa noche, el rosarino no hizo otra cosa que reflexionar sobre la condición terapéutica de las malas palabras. Por eso pidió una “amnistía” para la mayoría de las malas palabras.

Fontanarrosa cometió el mayor de los errores: nos hizo reír. Por eso le dieron la espalda al genial narrador que era.

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