El sesgo omnipresente

Nos espantamos del racismo en otros países, pero acá también descansa bajo nuestras narices.

Hace ya más de una semana, el asesinato del joven George Floyd en Minneapolis sacudió no solo a Estados Unidos sino a todo el mundo. Bajo el lema “Las vidas negras importan”, la sociedad intenta recalcar, una vez más, que el color de la piel no marca diferencias en cuanto a derechos y oportunidades, o no debería hacerlo.

Floyd se convirtió en un nuevo símbolo de lo que puede producir la violencia e impunidad policial, pero las víctimas del privilegio racial no están solo en Estados Unidos, están donde quiera que se vaya, incluso en nuestra región. Uno de los ejemplos recientes es la agresión a la familia qom en Chaco, y aún más cerca nuestro, el ataque a Facundo Agüero en 2018, que dejó al joven, de entonces 18 años, postrado en una cama.

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Pero de nada sirve salir a reclamar y enumerar víctimas si quienes realmente tienen la potestad de hacer algo, no lo hacen.

No hay que ir muy lejos para saber que el racismo y la discriminación social están presentes en algo tan simple como cercar un barrio carenciado para que los enfermos no contagien al resto de una ciudad. Como si los límites de este marcaran el principio y fin de un territorio ajeno, o una especie distinta, que no tiene por qué salirse de los límites de su pobreza.

No hay que ir demasiado lejos para escuchar el racismo arraigado de la boca de quienes más tienen y consideran que la mejor solución es mandar a esa especie enajenada al campo, para que las clases sociales no se mezclen.

El racismo no está solo en la punta opuesta del continente, sino contenido en micropartículas de cada palabra que decimos o pensamos y cada decisión que tomamos.

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