Frazadas y una garrafa para darle pelea al frío

Una familia de Valentina Norte hace malabares para calefaccionarse.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN
Con frazadas y el horno al mínimo. Así enfrentan Paula Carrera y su familia el frío del otoño. De la misma manera esperan el rigor del invierno en la casilla que habitan en el barrio Valentina Norte, sector Los Hornos, una de las últimas poblaciones ubicadas en el noroeste de la ciudad de Neuquén y recostada al pie de las bardas.

Para acceder al lugar hay que sortear una serie de calles irregulares dominadas por los caprichos del clima, que hacen que sean más o menos transitables según la intensidad de las lluvias. Nadie tiene servicio de gas. Los vecinos se las arreglan como pueden para que las temperaturas del invierno no se sientan. O, al menos, sean soportables.

En el final del barrio, a 200 metros de la cigüeña de una empresa petrolera y cerca de uno de los accesos a la Autovía Norte, vive Paula con su marido y dos hijos de 8 y 4 años, en una casilla de madera de seis metros por tres que la fundación Un Techo para mi País les ayudó a levantar. Es un refugio precario, pero que al menos no se llueve como el que tenían al principio, cuando llegaron a la toma hace 7 años.

Paula accede a la entrevista de LM Neuquén mientras termina de colgar la ropa en un tendero que tiene en el fondo de la casa. Después de dos semanas de lluvia, salió el sol y es necesario aprovecharlo al máximo. Sus hijos juegan en el patio, delimitado por un alambrado, con otros dos nenes del barrio. Tres perros chicos se suman a las corridas y tres gatos los miran con cautela desde el techo de la casa. Otros dos se asoman por las ventanas abiertas que dejó Paula para que se ventile el hogar.

"La garrafa me duró un mes; la uso para calentar agua para bañarnos, para cocinar y para calefaccionarnos con el horno", dice. Reconoce que es peligroso encontrar de calor de esa manera. Por eso, de noche lo apaga.

Durante la mañana el problema no es tan grave porque se levanta temprano, toma el colectivo y lleva a los chicos al jardín y a la escuela. Después vuelve a preparar el almuerzo. Cuando los va a buscar y regresa al mediodía, lo prende otra vez y lo mantiene en mínimo durante un par de horas, hasta que se van a dormir.

Dice que no tiene otra opción más que esa. La conexión clandestina de electricidad ya le quemó varios aparatos, entre caloventores y calefactores. Ya no quiere perder más dinero. "Nos prometieron que nos van a poner los pilares de la luz, pero no sé cuándo", reflexiona y sonríe con resignación, como si no creyera ya en ninguna promesa.

En el barrio hay casitas que tienen chimeneas humeantes y que mantienen mejor los ambientes templados, pero Paula sabe que es muy peligroso. "No queremos utilizar leña; nos da miedo porque la casilla es de madera y ya hubo muchos incendios". Prefieren aguantar el frío de esa manera, más "segura".

Los chicos parecen estar aclimatados a la humedad y a las bajas temperaturas. No les falta comida porque afortunadamente el marido de Paula tiene un trabajo eventual en una empresa de servicios petroleros y lo que gana le alcanza para el sustento mínimo que también les permite soportar el frío.

Guisos, pastas, sopas y hasta el lujo de un asado una vez por mes. "Por suerte, no se han enfermado", dice, mientras mira cómo los chicos juegan.

En momentos en los que los tarifazos de gas y de luz son el principal tema de queja y debate en el país, en ese sector del barrio están ajenos al problema. "Es que no tenemos esos servicios", explica Paula. En efecto, la red de electricidad llega hasta la cabecera de colectivos, a siete cuadras de allí, y la de gas directamente es un sueño prácticamente imposible de alcanzar. Están tan marginados y excluidos que ni siquiera los tarifazos los alcanzan de manera directa.

"Estoy al tanto de lo que pasa, pero prefiero no opinar", contesta tajante cuando se le pregunta sobre la política, la inflación o la corrupción. Luego reconoce que le da vergüenza opinar porque ella no paga impuestos. El pudor por la informalidad le quita todos los derechos. Hasta el de quejarse.

La charla se extiende durante casi una hora, hasta que la joven madre se despide. Tiene que seguir tendiendo ropa porque la tarde se hace corta. En el patio se siente el bullicio de los chicos que no paran de jugar. Gritan y corren. Se caen, se ensucian, se ríen y retoman la entretenida rutina una y otra vez.

Dice Paula que es porque estuvieron mucho tiempo encerrados. Y porque ahora, después de tanta lluvia y frío, por fin salió el sol.


CIFRA
150 pesos cuesta la garrafa.
Es lo que paga Paula, quien reconoce que no le alcanza para tirar el mes y que muchas veces tiene que comprar más. La usa para cocinar, calefaccionarse y calentar agua. Por eso la administra al máximo.

FRASES
"Me gustaría pagar impuestos como cualquier persona. También poder sacar un crédito para comprar materiales y construirme una casa de ladrillos. Ese es mi sueño".
"Tenemos Direct TV e internet porque son los únicos servicios que podemos pagar. Son las cosas que nos entretienen".
Paula Vecina que vive en un asentamiento de Valentina Norte

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