LMNeuquen Música

Gardel y Piazzolla: una extraña amistad que marcó el futuro del tango

Las dos grandes figuras del tango trabaron una amistad cuando el cantante ya era famoso y el músico todavía era un niño.

Tres objetos: una carta, un instrumento, una talla de madera. Tres ciudades: Nueva York, Medellín y Mar del Plata. Dos personas: Carlos Gardel y Astor Piazzolla. Un solo ritmo que es, a la vez, una única pasión: el tango. De esos ingredientes se compone una amistad atípica que marcaría para siempre el futuro de la música argentina.

Astor nació en Mar del Plata en 1921 pero con apenas tres años se mudó con sus padres a Nueva York. Eran tiempos de la mafia y de la Ley Seca. Aunque el chico aprendió el idioma con rapidez, no pudo integrarse con los niños del barrio, que lo rezagaban de las actividades deportivas al notar un defecto en una de sus piernas.

Te puede interesar...

Tenía sólo nueve años cuando su padre, acordeonista, le regaló un bandoneón. Lo había comprado por 18 dólares en una casa de empeños, pero el propio Astor reconoció más tarde que no había maestros a orillas del Hudson que le enseñaran a tocar ese instrumento. En su soledad, se sumergió en el mundo del fuelle y los botones, hasta desentrañar sus sonidos con tesón autodidacta.

Carlos Gardel nació en algún lugar y en algún año. Quizás en Tacuarembó en 1887. O quizás en Toulouse en 1890. Lo cierto es que llegó a Nueva York en 1934 para grabar los discos y las películas que lo convertirían en una leyenda para el mundo. Fue entonces, justo cuando la vida se le estaba acabando, que vio por primera vez a Piazzolla y su bandoneón, que presagió su futuro brillante y adivinó su estilo poco vernáculo para tocar el tango.

Por esa época, el marplatense era un chico de 13 años que se acercó a la locación para llevarle un regalo a la estrella de la música. Lo despertó para darle una talla de madera hecha por su padre, que representaba a un compadrito tocando el bandoneón. En la calle 48th de Manhattan, Gardel firmó dos fotos: una para Vicente Piazzolla, y otra dedicada a un “simpático pibe y futuro gran bandoneonista”.

Gardel encontró en el adolescente un gran aliado. Como no sabía inglés, le pidió a Piazzolla que le enseñara piropos para responder a las jovencitas que solicitaban autógrafos y fotos. También le fue útil para salir de compras. Muchos años después, el propio Astor recordaría sus paseos por Sacks, Macys, Florsheini, donde el Zorzal compró docenas de camisas a rayas verticales, borsalinos y zapatos acharolados “como si le sobrara la guita”.

Piazzolla y Gardel compartieron pantalla. El chico fue invitado a participar de la película “El día que me quieras”, donde Carlos era la estrella y él interpretaba el secundario papel de un vendedor de diarios.

Cuando se apagaban las cámaras, Astor tocaba el bandoneón.

- Vas a ser algo grande, pibe, te lo digo yo. Pero el tango lo tocás como un gallego.

- El tango todavía no lo entiendo –respondió el chiquito.

- Cuando lo entiendas, no lo vas a dejar.

Embed

Y Astor entendió el tango de la mano de Gardel. Cuando terminó la filmación de la película, el Zorzal ofreció un asado para todo el equipo. Iba a cantar acompañado de un piano y un bandoneón.

“Recuerdo que Alberto Castellano debía tocar el piano y yo el bandoneón, por supuesto para acompañarte a vos cantando. Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche, Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango”, escribió Piazzolla muchos años después.

Haber tocado su primer tango en público de la mano de Gardel parecía augurar un futuro prometedor en el género. Y el Zorzal lo sabía. Por eso lo invitó a ser parte de su gira por América, para que tocara un tango cada vez más argentino y lo acompañara en cada recital.

En la primavera de 1935, llegaron dos telegramas a la casa de los Piazzolla para insistir con la propuesta. Astor tenía 14 años y tenía que pedir permiso a sus padres para abandonar Nueva York y dedicarse a la música. Vicente lo consideró demasiado joven y no autorizó el viaje, sin sospechar que estaba salvando la vida de su hijo.

Embed

El 24 de junio de 1935, el avión que llevaba a Carlos Gardel se estrelló en Medellín. “Los viejos no me dieron permiso y el sindicato tampoco. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa”, le escribió Piazzolla, muchos años después, a su ídolo fallecido.

Entre los restos de la catástrofe, entre las ruinas del avión, alguien halló una talla de madera. Era un compadrito tocando el bandoneón con una inscripción cincelada sobre el material: “Al gran cantor argentino. Vicente Piazzolla”.

Tal como predijo el Zorzal, Astor no abandonó el tango. Creó, sin embargo, composiciones híbridas que renovaron el género y que lo convirtieron en uno de los compositores más importantes de ese ritmo y uno de los músicos más estimados del siglo XX.

En 1978, le escribió una carta a su amigo de la adolescencia. Carlos Gardel, el Zorzal Criollo, o simplemente Charlie, como lo llamaba su joven intérprete cuando caminaban juntos por las avenidas neoyorquinas.

“De 1934 a hoy, 1978, pasaron 44 años, y realmente no te fallé. ¿Te acordás cuando me llevabas a tus filmaciones en los estudios Paramount de Long Island? Febrero de 1934, la peor nevada del año, dos metros de alto y 10 bajo cero, y yo tu traductor de piropos a las pibas que te querían conocer”, le escribió.

Lo más leído

Leé más

¿Qué te pareció esta noticia?

13.636363636364% Me interesa
82.954545454545% Me gusta
2.2727272727273% Me da igual
0% Me aburre
1.1363636363636% Me indigna

Noticias relacionadas

Dejá tu comentario