Hay que alentar hasta la muerte

No se puede creer lo que sufrimos, lo que nos desahogamos, cómo pueden caber tantas emociones en 90 minutos, en primera ronda. La explosión por el gol de Rojo fue un pequeño terremoto en cada punto del país, un grito desde las entrañas, al borde de la afonía. Un volver a vivir. Y vivir nunca es poco.

Muchos presagiaron este renacer en medio de la angustia: un triunfo que convirtiera a Argentina en candidato, en un león herido que de pronto ataca y asusta a todos. Más aferrados al corazón que a la razón, a la historia y a la camiseta que al nivel de este equipo, nos sentamos hermanados frente a la TV creyendo en la victoria ante nuestros nietos mundialistas. Y seguimos creyendo. Porque así funciona la pasión. Porque así funciona la fe, alentando hasta la muerte.

Apenas cinco días pasaron desde el impresentable velatorio de TyC, los audios virales y las peleas en el vestuario hasta esta alegría que nos hace pensar que somos más que Francia, mirando la llave para ver si conviene Uruguay o Portugal en cuartos.

Nos empuja la esperanza, las ganas de los jugadores y no el funcionamiento del equipo. Esa imagen del final todos abrazados, llorando por la mochila de plomo que se sacaron de la espalda cuando una cadena de errores los puso al borde del peor fracaso mundial y no sus planteos al DT para que jueguen los “históricos” que aún no hicieron historia. Nos empuja la sangre de Mascherano y no sus errores (y ese penal regalado que casi nos deja sin nada), el pase letal de Banega y no su nivel físico. Nos empuja Mercado desbordando y Rojo de 9, no los goleadores europeos ausentes. Nos empuja el mano a mano que tapó Armani, los piques de Pavón.

Nos empuja él, al que miramos hasta cuando suena el himno para ver si, otra vez, nos salva. Nos empuja ese control con el muslo, ese toque sutil con el pie zurdo para escapar a la marca, ese derechazo letal con la de palo para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina.

Nos empuja el fútbol. Tantas veces dueño de nuestros corazones, que callan a nuestras mentes alentando hasta la muerte.

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