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La Mañana Columna de Opinión

Inestabilidad y Vaca Muerta

Se desarrolló con la crisis de devisas. Los blindajes que se recitan son imposibles porque Vaca Muerta es argentina.

El desarrollo de Vaca Muerta es inestable desde un principio. El auge inicial se degradó hasta llegar a finales del 2016 con una crisis con potencial nocivo, luego de que YPF redujera en 1500 personas su planta de petroleros. Hasta ese año, las inversiones crecían y los costos bajaban año a año. Las inversiones, encabezadas por YPF, no volvieron más a los niveles de la primera ola. En 2017, Techint levantó la actividad de la formación con la puesta en marcha de su plan en Fortín de Piedra, con el incentivo del Plan Gas, de Aranguren, que pagaba por el fluido cerca del doble de lo que cotizaba.

La segunda ola fue corta. Un año después de activada la resurrección de Vaca Muerta, sustentada en los datos con un desempeño fenomenal de Tecpetrol, en Fortín de Piedra, estalló la crisis de la deuda y los subsidios comprometidos por el gobierno de Macri con el líder del Grupo Techint, Paolo Rocca, eran impagables. Vaca Muerta convivió a los tumbos, pero sin caerse, con la crisis que llevó al país de nuevo al Fondo Monetario Internacional. El costo más alto lo pagó el holding de Rocca, que no cobró lo que debía por la producción. La situación se agravó en agosto de 2019, cuando Macri congeló el precio del petróleo para no aumentar las naftas entre las PASO y las generales, en las que fue derrotado. La pandemia parecía el golpe de gracia, pero hubo margen para otra crisis: la de los salarios de la salud.

El desarrollo de la producción masiva en la formación shale transcurrió a la par de la interminable crisis de divisas. Vaca Muerta es argentina. Los operadores del mayor volumen de producción en la formación son argentinos, como los funcionarios que determinan las políticas que rigen los negocios petroleros. También lo son los piqueteros.