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La ilusión de los escaladores: un viaje virtual al mundo del Lanín

El aficionado e instructor roberto catalá se las ingenia para seguir entrenando a su grupo de montañismo por zoom. además, dicta clases gratuitas de gimnasia aeróbica y ritmos latinos como un aporte a quienes no pueden pagar un gimnasio.

No es un gualicho, es la verdad: del Lanín no se baja nunca más.

Es que cada persona que logra pisar el hielo persistente de su cumbre y dar la bocana de gloria final, se ha llevado una foto en la retina del paraíso mirado desde el paraíso mismo.

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Ni siquiera ahora en pandemia, los integrantes de “Mirá cómo lo hago” pueden olvidar. Por eso Roberto Catalá -aficionado, montañista e instructor de ritmos aeróbicos- no dejó en banda a su grupo y siguen entrenando por zoom. “Octubre no queda lejos, podremos ir al Lanín, y si no es octubre que sea noviembre, no importa, pero entrenamos porque en algún momento vamos a ir”, sentencia orgulloso. El “Mirá cómo lo hago” responde a una idiosincrasia de libertad y empoderamiento, cuando Roberto se dio cuenta de que la mayoría de sus integrantes eran mujeres que querían desafiarse a sí mismas, incursionando en proyectos a las que antes no se las había convocado. Tiene cuatro años el grupo, y una rutina de lunes a lunes que variaba de acuerdo al plan elaborado por el coach. Ahora, que no pueden ir a la barda, y a los gimnasios, lo logran gracias al ingenio de Roberto y a su espíritu.

“Nos cuesta mucho mantener los ánimos porque nuestros entrenamientos habituales eran en la barda, y en las locaciones de gimnasia; ahora por plataformas, debemos mantener al grupo ilusionado y también realizar un trabajo de contención”, cuenta el reconocido alpinista, quien ha subido 20 veces el Lanín y ha pisado la cumbre 13.

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Roberto ha trasladado todos sus materiales de gimnasia y sus dispositivos electrónicos al living de su casa. Allí, con una computadora, un bafle y un sincronizador puede dar una clase completa para los más de 56 alumnos, de los cuales 45 son mujeres. “Ponemos frases en las redes sociales para acrecentar ánimos, durante los encuentros virtuales hacemos una merienda todos juntos, bajamos línea; ‘¿le pediste p e r d ó n a tu amiga’?, ‘¿tomaste dos litros de agua?’; también hace mos sorteos. Y después hacemos gimnasia aérobica, ejercicios específicos del alpinismo, los sábados me mandan temas y bailamos, y el domingo trabajamos la relajación y la respiración”, comenta Roberto. Pero también tienen de esas charlas virtuales que enriquecerán el training: por ejemplo, comer saludable en cuarentena, vestimenta adaptada a las inclemencias climáticas, rescates cuando llega la ayuda y técnicas para la respiración en las alturas.

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Roberto tiene 56 años, pero en realidad dice que tiene 45, los años que lleva enamorado de la montaña. Tal vez por eso, dice que ahora, vivir tiene que ver con eso.

Sobre héroes y cumbres

“Lo que nosotros queremos que entienda la gente es que no hay una cumbre sola, sino que la primera cumbre es cuando te decidiste a la aventura y cruzás la puerta de tu casa”, afirma Catalá y agrega: “Para eso las preparamos, para que crucen la puerta de su casa y digan ‘mirá cómo hago todo aquello que me dijiste que no podía hacer’”.

Roberto está convencido de que trabajar todos los días le hace bien, ya sea para ganarse el sustento o para colaborar con quienes tengan ganas de ejercitarse. “En realidad esto último lo hago por los demás, pero también por mí. Es lo que sé hacer ¿y cómo no lo voy a aplicar en una situación contextual tan difícil?”, argumenta con nobleza.

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Así que con los mismos dispositivos que usa para “Mirá como lo hago”, se aventura en las clases gratuitas de gimnasia donde en abril se inscribieron 180 personas, y al día de hoy -con más de 110 días de aislamiento- se mantienen cerca de 50. “Esto no lo hago solo, me ayuda mi compañero que se acerca a la pantalla y chequea cómo están haciendo los movimientos los alumnos; son clases livianas porque tenemos gente muy mayor intentándolo”, cuenta. Después, cuando se acaba esa media hora brindada por la plataforma zoom, pasan a la siguiente sala de reuniones y es Roberto quien observa y su compañero quien dicta la clase.

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En primera persona: detalles de una travesía inigualable

A los cuarenta y tres, sus hijos ya se habían recibido, y él había exprimido al máximo su título de analista en marketing político, o tal vez no, pero estaba enamorado de la montaña. Sobre todo de las neuquinas, específicamente del Lanín. Se metió en un curso de instructor de ritmos aeróbicos y se abrió un gimnasio. Después se dio cuenta que su preparación física era la que lo ayudaría a sobrellevar su pasión, y empezó a escalar. Roberto es de esas personas que cuando le gusta mucho algo quiere mostrártelo y que vos puedas vivirlo también. Lleva a otros escaladores, jóvenes, personas con un pulmón, mujeres, adultos operados del corazón para que puedan hacer la experiencia del Lanín, “y no bajar nunca más”.

Así cuenta cómo es la travesía: “Después de una preparación de 4 meses, de un entrenamiento aeróbico específico y un poco de musculatura, empiezo a soñar. Pero también lo visualizo, veo el volcán ahí, con su pico imperfecto, esperando que nos hundamos en sus nieves eternas. Después me preparo, leo, busco información y luego llega el momento de ir. Subo muy despacio, respetando todo lo que me dice la naturaleza, por dónde subir y por dónde no, memorizando la variación del clima, y cada cien metros miro atrás y me doy cuenta de que lo dejé atrás es tan bonito como lo que voy a ver. Las araucarias, las lengas, Chile y sus volcanes. Después en el descanso, cuando estoy en la mitad para llegar al campo base, siempre pasa un cóndor. Algunos se sacan una foto, yo lo miro. El camino es de silencio, vamos uno detrás de otro, reservando energías; por eso pensamos mucho y hablamos poco.

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Es un camino que lo subís con mil problemas y bajás con 4 soluciones. Ya en el refugio hay baños abiertos, lo que quiere decir que te sentás en un baño viendo el paisaje. Hacés noche ahí, te alimentás, escuchás los relatos de otros. A las 3 a desayunar y las 4 de vuelta a subir; te pones los elementos obligatorios como el casco y aditamentos en las botas, y vas con linterna siguiendo las huellas de los otros. A las cinco se ve la penumbra del amanecer. Desde ahí ves otros lagos, el cielo apoyado, otras montañas, estás más cerca de la luna. Y empezás a ver la cumbre y no sabes si llorar, sentarte, sacar una foto porque atrás está el paisaje más lindo que jamás viste. No hay tiempo para quedarte ni descansar, porque es tan empinado que no hay lugar para poner el traste en ningún lado y además atrás tuyo hay alguien que quiere subir. Sólo abrís la boca para preguntar cómo estás, y todos te van a decir ‘cansado, pero esto es espectacular’.

Cada vez la nieve más dura, y de pronto en un pequeño llano de 50 metros te dicen ‘arriba está la cumbre’. Y cuando llegás no lo podés creer. La mitad se olvidó que iba a filmar y se larga a llorar. La otra mitad abraza al de al lado, le da gracias al guía y se da cuenta: mira cómo lo pude hacer.

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