La impunidad que envenena

La necesidad de poner la culpa en algún lado ha quebrado lazos de amistad y alimentado sospechas.

La impunidad es tan cínica que termina envenenando el corazón de las víctimas, de aquellos que sin respuestas buscan, por necesidad e impotencia, poner la culpa en algún lado.

Eso es lo que pasa en la causa Aigo, donde hay ciertos manejos non sancto.

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Pese a lo que exprese la Justicia, para la familia del sargento, ellos se enfrentan contra “un monstruo guerrillero y narcotraficante con vínculos en el poder y con la capacidad de pagar políticos y jueces”.

Y cómo arrebatarle a la familia esa hipótesis, si las matemáticas del caso no cierran por ningún lado.

En el crimen de Aigo es cierto que hubo errores operativos y de coordinación, en parte porque muchos quedaron sorprendidos y golpeados por el brutal asesinato y eso anuló la capacidad de reaccionar con la mente despejada.

Pero la Justicia merece un capítulo aparte con el juicio a Juan Marcos Fernández, el hijo del intendente de San Martín que llevaba en su camioneta a los guerrilleros.

Primero lo condenaron por falso testimonio y encubrimiento, pero luego lo absolvieron. Esto se debe a que las leyes siempre tienen media biblioteca para explicar una cosa o la otra. Será por eso que las leyes nunca terminan de definir para qué están. Lo cierto es que quien tenga más habilidad a la hora de construir un relato será quien se imponga.

Es por esto que los Aigo esperan más de la justicia divina o de la Madre Tierra, que de la justicia de los hombres.

Toda esa impunidad ha sembrado sospechas, quebrado lazos de amistad y decepcionado no solo a la familia sino también a los compañeros del sargento, que por todo lo vivido optaron por retirarse de la Policía.

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