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Con las fuerzas que le dan sus 8 años, Candela bate huevos en un bowl; Benicio y Catalina se turnan para rallar el queso muzzarella y la paleta mientras Imanol, de 12 años, no deja de estirar la masa a la que luego le dará forma de rectángulo y pincelará con manteca a punto pomada, para después ponerla a cocinar en el horno unos 15 minutos y así convertirla en deliciosos pancitos arrollados espolvoreados con semillas de amapola.
La mayoría asiste incentivados por los programas de televisión -especialmente Master Chef Junior- o porque en sus casas ayudan a sus padres a cocinar.
"A mi mamá no le gusta cocinar, a mi papá sí, y acá aprendí a hacer desde tarteletas capresas hasta alfajores", dice Camila, de 10 años, quien sueña con ser una reconocida cocinera.
El objetivo es que los chicos aprendan a familiarizarse con los distintos productos que se utilizan en la cocina y las técnicas culinarias que se aplican en cada plato. "Que ganen seguridad a la hora de cocinar e improvisar en la cocina, que sean creativos y curiosos con sabores nuevos y que experimenten sin miedo a equivocarse", explica Adriana Benzadón, coordinadora general de la institución, que desde 2001 se dedica a la enseñanza de gastronomía y bebida, y donde se pueden cursar dos carreras, Técnico Superior en Gastronomía y Técnico Superior en Sommelier, avaladas por el Consejo Provincial de Educación.
Los cupcakes son sus favoritos, dice Candela, quien no se pierde una sola emisión de Master Chef Junior. Valentina, de 11, comenta que se interesó por la cocina porque veía a su padre cocinando: "Eso me encantó". Mientras dobla la masa al medio y la vuelve a estirar infinitamente, predice que cuando sea grande va a tener su propio restaurante.
Al igual que su padre, a Antonela, de 10 años, le gusta la pastelería. "Mi papá trabaja en una pastelería en Cipolletti. Además me gusta elaborar platos salados, hacer los rellenos", cuenta mientras espolvorea las semillas de amapola sobre la masa con jamón y queso rallados.
900 pesos por mes cuesta un taller de cocina para chicos. Incluye insumos, recetarios y utensilios.
Agustina, la asistente de María Eugenia, recorre cada una de las mesadas para supervisar lo que hacen los chicos y responder las dudas y consultas.
"No es una prioridad que algunas cosas no queden muy prolijas o estéticas, sino que el chico realmente se lleve el concepto principal de cada clase y para que pueda reproducirlo luego en casa", acota Benzadón.
En una punta de la larga mesada, Benicio se concentra para cortar el rollo en rodajas. Se esmera en que cada porción tenga la misma medida. "Me gusta mucho cocinar. Mi mamá es cocinera, aunque ahora no trabaja de eso, y siempre la ayudo en casa", comenta y picotea un pedacito que sobró.
Los especialistas aconsejan motivar a los chicos cuando expresan interés en la cocina.
"Es muy importante y bueno que los chicos se relacionen con la cocina porque aprenden a compartir y también a comer mejor, variado y sano", asegura María Eugenia, quien antes de empezar el año pasado en la escuela de la calle Juan XXIII brindó talleres gratuitos para chicos y adultos en Colonia Nueva Esperanza y en Parque Norte.
Durante las dos horas que dura el taller, todo es creatividad, imaginación y empeño. Los chicos aseguran que se divierten cocinando y aprendiendo nuevas recetas.
"Mi objetivo es que ellos realicen sus sueños y, si son en la cocina, mejor todavía", concluye María Eugenia, quien convoca a los chicos a poner las bandejas con los pancitos arrollados en el horno que luego de unos 15 minutos probarán y llevarán orgullosos a sus casas para disfrutar en familia.


