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Emocionada, Astorga aclaró: "No soy monja de clausura, soy monja de vida contemplativa, porque eso de clausura no me gusta".
En su discurso de agradecimiento, contó de qué manera comenzó a ayudar a las mujeres trans, el primer encuentro con una de ellas, Romina, quien le confesó que su sueño era "tener una cama limpia donde morir". Además comentó sobre la creación de los talleres de peluquería y costura, y de la casa refugio.
"Mucha gente me pregunta cómo puede ser que esté acompañando a travestis. Yo les respondo que para mí fue el regalo más grande de mi vida", afirmó. Por último, expresó que "siguen superándose cada día como el resto", y dedicó el premio a las mujeres trans: "A mis chicas, como les digo".
Un ejemplo de humanidad
Mónica Astorga Cremona nació hace 50 años en Buenos Aires. A los 7 despertó su vocación religiosa, a pesar de la oposición de sus familiares. Siendo adolescente se incorporó a la Parroquia de San Pantaleón del barrio de Mataderos. A Neuquén llegó en 1985 para incorporarse al Monasterio de Carmelitas Descalzas de Centenario. A ese lugar llegó hace diez años Romina, una travesti, para pedir ayuda. Conversaron y Mónica la convenció de que trajera al monasterio a otras compañeras que pasaban por la misma situación. Unos días después, un grupo de transexuales compartió con la religiosa sus experiencias de vida y sus dolores. La Iglesia la ayudó a iniciar un proyecto de taller de costura y a abrir una casa de residencia y tránsito.
El papa Francisco está al tanto de su labor y la alentó a seguir.
En diciembre pasado fue reconocida por la Federación para la Paz Universal (UPF) en la categoría Autoayuda y espiritualidad.
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