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Matías, el testigo de las almas que se llevó la pandemia

Es funebrero del Cementerio Central, el único en la ciudad que tiene crematorio. Durante los picos, convirtió seis depósitos de herramientas en sala de espera para los ataúdes. Conocé su día a día.

Matías Castro se fue dando cuenta de la gravedad de la pandemia por la cantidad de cuerpos que entraban al Cementerio Central de Neuquén. Para él, los “servicios” que ingresaron marcaron el pulso de las dos olas de COVID que estremecieron a la provincia.

Hace algunas semanas no estaba así de tranquilo. En días cumplirá una década trabajada en los cementerios de la ciudad y camina entre las tumbas sin prestar mucha atención. Los muertos le hacen los pasillos que él transita a diario y va de una punta a la otra con ladrillos, carretilla o algún ataúd.

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Repite “este es mi trabajo y con el que llevo el pan a la casa” para dejar en claro de que ser funebrero es un trabajo más. Los mitos y los miedos quedan del otro lado del paredón y suspira cada vez que los prejuicios de su oficio salen en algún conversación fuera de su ámbito laboral.

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Matías trabaja de funebrero en el Cementerio del centro de la ciudad de Neuquén.

Matías trabaja de funebrero en el Cementerio del centro de la ciudad de Neuquén.

Para él, “los fantasmas” están en otro lado y el cementerio es un espacio tranquilo, pero con mucho tabú. “Este es un trabajo más, con sus cosas buenas y malas”, apuntó, mientras un silencioso cortejo fúnebre entró por la calle Córdoba 635 e interrumpió la conversación con LMN.

Al ver el auto estirado con un servicio dentro, salió disparado, pero sin hacer ruido. Sigiloso. Parece que el llamar la atención está prohibido dentro del único pulmón verde que está amurallado en el centro de la ciudad. Se dirigió al corazón del cementerio, en donde tres chimeneas se alternan con humo negro y marcan a dónde está la sala crematoria.

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Matías bajó el ataúd del auto a una estructura de hierro con ruedas y esperó a que decenas de familiares y conocidos se despidan el cuerpo. Los barbijos taparon la mitad de la cara de los presentes, pero resaltaron los ojos rojos de una despedida no deseada.Ingresó el cuerpo a la sala crematoria y las personas se van, a paso lento por la calle principal. Uno solo debe quedar como responsable para hacer certificar de que el muerto es el muerto correcto, antes de entrar al horno.

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En minutos, el funebrero vuelve. Su trabajo dentro de ese servicio ya terminó y regresó con la misma velocidad y silencio con el que se había marchado. “Ese no era por COVID”, aclaró, tras explicar que los fallecimientos con el virus llegan dentro de una camioneta de CALF especial, con personal con mamelucos y lo bajan ellos.

Es que el trabajo de Matías se divide dependiendo de los tres destinos posibles para el ataúd. Cuando es nicho, es decir cuando ingresa en un lugar en algunos de los panteones distribuidos en el cementerio, el hueco se lo tiene preparado con tiempo. Por eso, cuando ingresa a su jornada laboral a las 12 del mediodía, una de sus funciones es limpiarlos y dejar a punto varios, por “si llega algún nuevo servicio”.

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Cuando ingresa el ataúd, ya tiene un lugar asignado. La familia se despide y al dejarlo, Matías tiene 10 días para poner una pared de ladrillo y dejarlo sellado. Desde esa fecha, el cementerio avisa a quienes quieran “embellecer la tumba”.

Pero para que haya algún lugar “libre” debieron pasar una de las siguientes situaciones: o bien el cementerio construyó nuevos panteones y los nuevos servicios lo estrenarían esos lugares; o alguna familia decidió cremar algún muerto en nicho y dejó un lugar vacío. “Este trabajo lo tengo que hacer yo también”, apuntó y aclaró que cuando una familia quiere cremar al muerto, tiene que romper el pequeño mural que había construido, sacar el ataúd y llevarlo a la sala crematoria.

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El otro de los destinos que puede tener es bajo la tierra. Por la distribución de la ciudad, quienes desean el entierro lo deben enviarlo al del Barrio El Progreso, “pero a veces pasa que toca acá”. Esta semana una familia decidió exhumar un cuerpo que había llegado en 1994. Matías cavó el pozo hasta llegar al ataúd. En ese momento, dio aviso al turno de la mañana que son quienes se encargaran de sacar los restos que quedaron. Este trabajo se hace frente alguno de los familias y los funebreros del otro turno llegarán con guantes, mameluco y dos bolsas: una para la ropa que es lo único que “queda casi intacto”, y otra, para los restos óseos. Eso se lleva a la sala crematoria y la familia decide qué hacer.

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Y por último, el tercer destino de los cuerpos es la sala crematoria directo. Esta parte es la que menos intercede Matías, pero tiene que estar presente. Es quien controla quién llegó y ayuda a ingresar el cuerpo al edificio, en donde tres hornos gigantes y una trituradora volverán cenizas los restos físicos. “A veces suena duro, pero es mi trabajo, con el que llevo el pan a casa”, repitió.

Funebrero el silencioso oficio testigo de las consecuencias de la pandemia.mp4

Si bien recalcó que en esta profesión “conoció muchas personas”, lo peor de su oficio es lidiar con la tristeza. “Tengo que ser fuerte”, repitió más de una vez y se lo repite todos los días, pero a veces se quiebra. “A mí me tocó sepultar a la nena de once años que murió por el rayo en Plottier. Eso me liquida, me conmovió mucho…¿por qué una nena tan chica? Esas preguntas te destruyen, además de lidiar con el dolor de una madre que llora desconsolada”, relató.

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Más allá de “esas injusticias”, el sufrimiento Matías se agudizó con la pandemia. Primero, por la soledad. Si bien el cementerio atrae tristeza, también atrae rituales. Familias y conocidos que se juntan a llorar, a despedir a alguien que no volverán a ver más. “Pero lo peor es que durante muchos meses, no se podía llorar con alguien más. Acá hubo un tiempo que solo entraba el ataúd y nosotros teníamos que estar en la puerta frenando a las familias y no las podíamos dejar entrar por protocolos. Yo la entendía a esa persona, pero no podía dejarlas entrar…. y esa dicotomía también me afectó mucho”, desarrolló.

Y, en segundo lugar, por la saturación y el colapso. Hubo guardias de fin de semana que recibieron en cuestión de horas más de 16 ataúdes, de los cuales 10 habían ingresaron en las camionetas de CALF, con mamelucos y “el virus dentro”. Durante varios días de los picos de las dos olas que sacudieron a la provincia, el cementerio del centro se saturó. No había lugar ni espacio para dejar los ataúdes mientras esperaban su turno para el horno. Fueron tantas las muertes, que no daban abasto.

Cementerio funebrero Neuquén

Uno a uno los seis depósitos de herramientas se convirtieron en sala de espera para los ataúdes. Sacaron las palas y los elementos de trabajo, para poder poner a vecinos muertos por COVID que no podían quedar a la intemperie. Es más, se debió agregar un nuevo turno por las noches para poder dar abasto a la alta demanda. “Eso fue terrible, una de las peores cosas que ví”, dijo Matías, al criticar que mucha gente, en aquel momento y ahora, no se da cuenta de la gravedad de esta pandemia. Él, desde su rutina de trabajo, podía darse cuenta de cerca cómo estaba la situación epidemiológica de la provincia. “Y fijate hoy… en este rato no llegó ninguno en la camioneta con los mamelucos”, aseguró.

Matías a los 21 años se convirtió en funebrero. Trabajó cinco años en el cementerio de El Progreso y en los últimos cuatro en el Central. El día a día es diferente en cada uno de ellos. En el que está ahora es el único de la ciudad que tiene crematorio y, por eso, el movimiento es mayor. En cambio, en el del oeste, los fallecidos los tienen que enterrar y por eso tenía “palear todo el día”.

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Más allá de las particularidades, cuando se aleja de los muertos y finaliza su horario laboral, el cementerio vuelve a aparecer en las conversaciones con desconocidos. Llama la atención su profesión y despierta las teorías o mitos, a los que desactiva de inmediato. En cierta medida, le molesta que se generen esos prejuicios, aunque el apodo que le pusieron sus amigos lo delata: Matías, “el funebrero”.

Su círculo lo conocen, y ya evacuaron todas las dudas y miedos. “Ahora es más fácil porque hasta yo lo tengo asumido, pero antes me jodía que todo el tiempo recalquen dónde trabajo”, contó. Si bien los muertos son más tranquilos que los que están vivos, a Matías le molesta y le duelen las injusticias de algunos fallecimientos, pero recalca: “Es mi laburo, es lo que me toca”.

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Sin temor a caminar por las noches dentro, fue un protagonista más de esta pandemia. Estuvo en contacto con el virus y fue testigo de las consecuencias que generó. “Hoy tenemos más información y seguridades, pero en aquel momento sabías que el servicio tenía COVID y te daba mucho temor, pero había que hacerlo”, planteó.

Sin estar directamente en la trinchera luchándole al COVID la vida o la muerte de un vecino, le tocó lidiar con la peor parte: con el dolor de las familias. Tanto Matías como todos los funebreros de la Provincia testearon de cerca las curvas de contagios de esta pandemia. Y, como muchas personas, también tiene “miedos y temores” a qué pasará una vez que fallezca, pero como canta La Renga: “La muerte está tan segura de vencer, que nos da toda una vida de ventaja”.

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