"Me critican por una cuestión estética"

Escritor, poeta y editor, Washington Cucurto se define peronista, dice que la literatura oficial lo rechaza porque escribe “feo” y cree que los mejores años del país están por venir.

Por PAULA BISTAGNINO

Buenos Aires > Washington Cucurto es en realidad Santiago Vega y, aunque ya casi no se lo preguntan, aclara que es argentino pero que se define mejor como latinoamericano, descendiente de norteños y paraguayos. Nació en Quilmes, hijo de una familia de trabajadores que, como máximo, aspiraban a que su hijo tuviera un empleo fijo, y llegó sólo hasta tercer año del secundario. Fue entre góndolas de supermercado que descubrió “el mundo de los libros”, como él lo llama. Hasta ese momento nunca había leído uno siquiera. Pero un compañero repositor de Carrefour, apasionado de la literatura, lo invitó a probar. Y en  semanas se convirtió en un lector voraz. Cuando podía, se compraba uno nuevo; cuando podía menos, uno usado y, si no, se iba a una biblioteca a la salida del trabajo y salía cuando lo echaban. “Ahí podía saltar de un autor a otro, leer la revista Sur... tenía el mundo adelante”, cuenta ahora en la plaza Almagro, enfrente de su casa. Así empezó a escribir, con desesperación. Todavía era repositor cuando ganó el primer premio. Fue por "La máquina de hacer paraguayitos", su segunda novela, y para recibirlo llevó a todos sus compañeros del supermercado. “Fue emocionante. No por el premio, sino porque en el trabajo todos empezaron a mirarme diferente. Mis jefes también”. Luego escribió cuatro novelas más y diez o doce -no lo recuerda- libros de poesía. Además, debutó en el ya extinto diario Crítica como cronista deportivo, nuevo vicio que hoy despunta en ESPN (web) y que le ha valido ser reconocido por el público futbolero más joven. Pero también es conocido por haber fundado, en el peor momento del país (2002), la editorial Eloísa Cartonera, con la que logró instalar un modelo de producción de literatura que juntó su necesidad de ayudar a cartoneros con su flamante pasión por las letras. Hoy el modelo se replica autónomamente en todo el país -en Neuquén está Cartonerita Solar- y en otros países de Latinoamérica y el mundo. Además varios de sus libros han sido reconocidos en los más diversos ámbitos y ya se traducen al portugués, el inglés y el alemán.  Los más famosos con "Cosa de negros", "El curandero del amor" y "Veinte pungas para un pasajero". En estos años, mientras crece la cooperativa y cada vez más autores de renombre ceden derechos para que editen alguno de sus títulos, Santiago recibió una beca en Sttutgart de la Akademie Schloss Solitude y ha sido comparado con Roberto Arlt por el mismísimo Ricardo Piglia. “Yo soy un agradecido de todo lo que me pasó, porque no lo imaginaba. Pero sé que son como excepciones que se permiten y que la literatura oficial, al menos los que creen que existe una, no van a aceptarme nunca, por una cuestión estética básicamente. No escribo como ellos, no soy como ellos ni pienso como ellos. Con lo que logré ya estoy hecho y no pretendo más”, confiesa.
 
Sus libros hablan de un submundo a los ojos de la clase media: se mete en los boliches de Constitución, en el sexo real, en el lenguaje de la calle. ¿Qué es lo que molesta?
Yo hablo de Buenos Aires, de la ciudad que me enamora y me apasiona, de sus rincones, sus calles y su gente. No sé si hay algo que molesta. Creo que el rechazo viene por una cuestión estética sobre todo, en lo que digo y en cómo lo digo. Pero está bien, porque yo no pretendo ser incluido en ningún lado ni ser parte de nada. Igual creo que es otra de las maneras de discriminar que tiene esta sociedad en la que vivimos.
 
¿Ha sufrido la discriminación en carne propia?
Todo el tiempo. No sólo en la literatura, sino en la calle. Me pasa habitualmente que voy caminando y me doy cuenta de que la gente cree que le voy a hacer algo. O creerán que les quiero robar. No sé. Tampoco sé por qué. Quizá porque soy morocho, o grandote, o por como me visto. Me enojo bastante con eso, pero lo ignoro, porque si reaccionara les estaría dando la razón. Igual no siento que la discriminación sea hacia mí solamente. Creo que como sociedad somos prejuiciosos con lo diferente: sea el color de piel, la manera de hablar y vestir o las ambiciones. Nadie se banca al que es distinto. Hasta discriminamos a las mujeres. Así que es habitual. De todas maneras, creo que está sucediendo un cambio social en la Argentina de hoy y que, quién sabe, en veinte años eso también pueda cambiar.
 
¿De qué se trata ese cambio social?
Hay como una revalorización de lo argentino. Creo que hemos hecho como un clic y que hoy lo argentino, la manera de ser, de hacer, de pelearla y de buscarla, hasta de pensar, es algo en lo que creemos y defendemos y que toma valor en el mundo. Eso es un cambio social y creo que es determinante en el cambio del país que, de todas maneras, estoy seguro de que no llegó todavía a su mejor momento. Me parece que lo mejor todavía está por venir. Y no hablo de lo económico, sino de esto que te digo, que es sociocultural.
 
¿Cómo definiría este género que inventó bautizado “realismo atolondrado”?
Nace de algo negativo, porque a nadie le gusta que le digan que es atolondrado. Y a mí me lo dijeron muchas veces otros escritores profesionales: “Mmm, está bien, pero es una escritura atolondrada, como escupida, falta pulirla, darle forma y profundidad”. Al principio me angustiaban esas críticas pero con los años empecé a defenderla como un estilo. Yo ya sé que no soy un talento ni un profesional. Ni lo seré. Eso es negativo, pero yo lo convertí en algo bueno y propio. Porque esta sociedad tiende a que sólo se puede buscar la excelencia y el que no es bueno, que haga otra cosa. Y no es así, porque de esa manera quedan muchos afuera. El tema es hacer las cosas, como uno puede, quiere o le salen.
 
¿Qué le interesa generar con su literatura?
Los libros para mí son para que se lean. Y listo. Yo no escribo para provocar ni para despertar conciencias. Mucha gente cree que hay como una militancia ideológica en lo que escribo y que uso determinadas palabras para generar un cambio. Le ponen como un análisis que no va. No tengo esas aspiraciones. Yo escribo lo que escribo porque es lo que siento, veo y vivo. Sí soy peronista y de familia peronista de siempre, pero nada más. Y tengo algunas ideas socialistas. Pero no más que eso. Y cuando hablaba de las tikis de Constitución no lo hacía para decirles: ésta es la Buenos Aires que no ven. Nada que ver. Si bien es cierto que mi Buenos Aires no es la que aparece en la literatura argentina, mucho más blanca y europea, es la que yo vivía y vivo.
 
¿Qué libro recomienda para entrar en “el mundo Cucurto”?
No sé qué decir. Lo que puedo decir es que si uno no les gusta, seguro no les va a gustar ninguno.

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