Mercados perfectos y sin tiempo
Por Humberto Zambon
El mercado es el lugar físico donde concurren compradores y vendedores de determinado tipo de mercancías, demandando u ofreciendo, respectivamente, sus productos. Es un encuentro entre personas y, por lo tanto, el mercado es un hecho social y no una autoridad superior y alienante que decide por encima de los hombres, como a veces parece suponerse.
De ese encuentro resulta una cantidad única de productos comprados y vendidos (por eso las relaciones se denominan de compra-venta) y un precio de operación que, en las medida que haya transparencia e información, tiende a ser único para un mismo producto.
Si los precios de equilibrio tienden a subir, es una señal para los productores que la oferta actual es insuficiente y los lleva a planear aumentos de la producción; al revés en caso de baja. También los demandantes ajustan sus planes en función de esta información que da el mercado. Hoy, con los avances informáticos y comunicacionales y la globalización económica, se puede conocer instantáneamente las cotizaciones y las tendencias de los principales productos, como si existiera un solo mercado en abstracto.
Montado sobre los principios que explican su funcionamiento, el liberalismo económico ha establecido como axioma que el mercado ajusta en forma automática los desequilibrios, logrando el óptimo económico. En otras palabras, se autorregula, por lo que siempre funciona como el mejor asignador de recursos para cualquier sociedad.
De ese axioma han deducido que la mejor política económica (en realidad, la única que admiten) es la no intervención del Estado, ni de ninguna otra fuerza externa, en el funcionamiento del mercado y, de esa manera; dejar que las fuerzas ciegas de la oferta y demanda logren el mejor equilibrio posible.
Lo que debe reconocerse al liberalismo económico es su constancia: desde 1776, fecha en que Adam Smith escribió su obra, vienen repitiendo lo mismo.
Perfección y tiempo
Desde el punto de vista general, hay dos objeciones fundamentales que se le puede hacer a la teoría económica liberal. La primera es que supone competencia perfecta, es decir, que siempre existen infinitos compradores y vendedores, de forma tal que ninguno en forma aislada tiene el mínimo poder sobre un mercado que, además, es transparente. Este supuesto no es cierto; en la sociedad industrial contemporánea dominan las grandes unidades productivas, que tienen poder oligopólico (incluso, a veces, monopólico) y son ellas las que fijan precios buscando maximizar sus ganancias.
La segunda objeción es que el análisis convencional elimina el tiempo. Se supone que si aumenta la demanda aumenta el precio y esto hace aumentar la oferta hasta restablecer el equilibrio. No aparece lo que los físicos denominan “la variable independiente”, el tiempo (sobre esto véase a Mario Bunge “A la caza de la realidad”, pag. 249). Por ejemplo, si se produce un aumento considerable en la demanda de viviendas, se traduce en un incremento del precio de los inmuebles, lo que genera un incentivo para que inversores y empresas constructoras aumenten la oferta de los mismos. Pero entre el aumento del precio de los inmuebles, la decisión de inversión y la finalización de la construcción transcurre un plazo considerable: digamos uno a dos años; mientras tanto, el exceso de demanda sigue presionando en el mercado y los precios subiendo. Como en el capitalismo no existe planificación de inversiones y estas son resultado de decisiones individuales, puede ocurrir que al cumplirse el plazo requerido para la construcción, el total de inmuebles ofrecidos sobrepasen al exceso de demanda y empiece un proceso inverso, de exceso de oferta, manteniendo el desequilibrio y la inestabilidad (aunque ahora con sentido inverso).
A pesar de reconocer estas “fallas” de mercado, algunos pueden sostener que sigue siendo mejor que no existan regulaciones y que continúe el libre mercado sin interferencias. Es un problema de creencias y, en última instancia, de posibles políticas económicas alternativas.
Inestabilidades
Lo que no deberían hacer los liberales es extrapolar las deducciones hechas para un mercado de bienes a otro mercado que funciona en forma totalmente distinta: el financiero. Sin embargo lo hacen.
Como lo demostraran el norteamericano Hyman Minsky, que ya vimos en estas columnas (véase La Mañana de Neuquén del 20/3/11), y luego el francés Michel Aglietta, en el mercado financiero las leyes de oferta y demanda funcionan en forma totalmente anómala: si el precio de un producto aumenta (determinadas acciones, por ejemplo) se lo suele tomar como una señal de la tendencia futura a la suba, por lo que las cantidades demandadas, en lugar de bajar, aumentan, ratificando el aumento inicial y creando un movimiento autosostenido de suba del precio; inclusive agentes ajenos al medio creen que es una forma de enriquecerse rápidamente, haciendo diferencias con esta suba de precios, por lo que se amplía considerablemente la demanda y, por lo tanto, el incremento en las cotizaciones. En este caso se produce una burbuja financiera. La burbuja dura hasta el momento en que los entendidos empiezan a vender sus tenencias, el resto del mercado se da cuenta y también quiere imitarlos por lo que bajan los precios y se desata una histeria vendedora: todos quieren salvarse vendiendo productos que nadie quiere comprar: aumenta la oferta y se reduce la demanda, con lo que los precios caen en picada.
En otras palabras, el mercado financiero no se autorregula; es intrínsecamente inestable y la posibilidad de “burbujas” y sus consecuentes crisis forman parte de su esencia. La solución posible con la actual correlación de fuerzas internacionales es la regulación con un férreo control estatal. Inclusive, dado el carácter globalizado que ha tomado el capital financiero, esa intervención debería ser internacional, con una tasa a la especulación financiera (tasa “Tobin” a la que ya nos hemos referido en esta columna) y la eliminación de los llamados “paraísos fiscales”.
Hasta que los gobernantes de las potencias mundiales y los organismos internacionales lo entiendan y obren en consecuencia, se mantendrá la inestabilidad del capitalismo financiero contemporáneo.


