Por ANA LAURA CALDUCCI
Neuquén > Las distancias son relativas. Las que nos separan al trasladarnos de un sitio a otro y las que nos alejan de los sueños, esos que siempre están en el horizonte. Entre siluetas de bardas redondeadas, el paisaje pedregoso del centro de la provincia devela un manchón de árboles que conforman el paraje Coihuecó. Allí, Pablo Melinao pasa los días en soledad, con la única compañía de los chivos que cuida para sus patrones. Sus jóvenes 20 años lo llevan de a ratos a viajar con la imaginación hasta uno de los sitios más lejanos que conoce, Loncopué, donde se sueña en un trabajo rodeado de personas, de conversaciones, de ruido.
“Sí, podría irme a otro lado, me gustaría. A otro pueblo, a Loncopué. Mi sueño, lo que me gustaría, sería poder trabajar de mozo allá, en Loncopué, porque sería más lindo que estar acá solo”, cuenta en un alto del trabajo, mientras sonríe con los brazos apoyados en la cerca que debe reparar.
Coihuecó apenas figura en los mapas. No tiene municipio ni plaza con la estatua de San Martín. Sólo algunas casas dispersas con su ganado, que se divisan diminutas a lo lejos, cuando circulamos por la Ruta Nº 40, entre Las Lajas y Chos Malal. Pero la familia de Pablo es de Cerro Mocho, un sitio más alejado aún, que no tiene un nombre formal y lo toma del paisaje. Allí vive con su abuelo y sus dos hermanos menores, pertenecientes a la comunidad mapuche Millaín Currical, a los que sólo ve los fines de semana, cuando no está trabajando en el campo.
En la casa que cuida, los dueños tampoco están durante la semana, por lo que la única voz humana durante los días de trabajo es la que llega a través de una radio de Chorriaca. Según explica, la mejor parte de la jornada es el rato de descanso en que se prende el transmisor “y ahí escucho música que me gusta; la cumbia, el chamamé, todo lo que se escucha acá”.
El cuidado de los chivos es un trabajo que todos realizan en algún momento, así sea para animales propios o ajenos. Es que gran parte de la dieta consiste en juntarse con la familia a compartir un chivo asado. Una costumbre que trasciende la mucha o poca plata que haya en el bolsillo. Como señala Pablo, “acá se come carne, mucha carne”, aunque responde que no sabe qué es la barrera sanitaria ni escuchó hablar jamás del asado sin hueso. “No, eso no pasa, nosotros comemos chivito”, recalca.
Hace dos años que Pablo trabaja en el campo, desde que terminó el secundario al que asistió junto con otros jóvenes de la comunidad, compartiendo los meses de clase y el paso por la adolescencia con la colaboración en las tareas de veranada e invernada de los puesteros. Las manos curtidas confirman esa trabajosa llegada a la adultez.
Los chicos de la comunidad pocas veces se alejan de la zona. Aunque Zapala está a poco más de 70 kilómetros, es un viaje que implica contar con ciertos recursos, escasos entre las familias de la comunidad. Así, la capital de la provincia se conoce por comentarios o por las noticias que llegan desde la televisión y la radio.
“Nunca estuve en Neuquén capital, no. Lo más lejos fue una vez que fui a Zapala y estuvo muy bueno, me gustó el pueblo”, relata Pablo y cuenta que lo más atractivo de una ciudad es la posibilidad de conocer lo nuevo, lo distinto. Es una puerta abierta a caminos que no están trazados.
En Coihuecó, las novedades y las sorpresas están casi siempre vinculadas con el clima. Es lo único que marca una diferencia en la rutina. Sin embargo, desde hace algunos años, también este aspecto se mantiene constante por la falta de lluvias y las escasas nevadas. Pablo relata que la sequía se convirtió en un problema permanente para crianceros y huerteros. “Nos afecta, porque hay que aguantar con poco agua”, señala.
Cuenta que, fuera de esta situación, la jornada laboral es sencilla: “Es levantarse temprano para llevar los animales, arreglar alguna cosa que haga falta y mirar por ahí si pasa algo”. En su caso, no obstante, el trabajo de peón se le presentó como un destino necesario, “para ayudar a la familia”.
“Terminé el estudio y vine acá; me tratan muy bien. Y estoy acá porque es lo que hay, muchos tienen chivos y cuidan los chivos. Las mujeres también trabajan con los chivos”, detalló. Los que se quedan en Cerro Mocho ayudan con la huerta o bien son tejedores de artesanías que después se venden. Como sintetiza Pablo, “acá no es posible hacer una carrera, no se puede; se trabaja de peón o se teje”.
Paraje Coihuecó
Su nombre en mapuche significa “agua de coihue” y proviene de un arroyo homónimo que serpentea uniendo a todos los habitantes del lugar.
Gran parte de los pobladores son integrantes de la comunidad mapuche Millaín Currical.
Viven dispersos en un área de miles de hectáreas.
El cerro Mocho es uno de los tantos que rodea el paraje y comparte el nombre con otras formaciones similares de la provincia.


