Las autoridades municipales ya admitieron que no pueden garantizar un control exhaustivo de la venta clandestina de los productos pirotécnicos de dudoso origen que se harán explotar en Nochebuena y en Año Nuevo.
Se puede decir que de milagro los depósitos de mercadería, que vaya a saber dónde se encuentran exactamente y cuántos son, no hayan sido noticia estos días.
Nadie sabe exactamente quiénes los manipulan. Y los inspectores, a menos que cuenten con una orden judicial, no pueden ingresar a los domicilios donde se guardan las tortas, los petardos y cohetes. Por eso mismo, es un misterio lo que depararán esta vez las detonaciones masivas.
Se dice que en las últimas fiestas se usó menos pirotecnia que el año anterior. Pero así y todo, hubo heridos graves, algunos de muy corta edad, como consecuencia de la manipulación de artefactos de estruendo.
El fenómeno de la venta clandestina de pirotecnia parece haber adquirido tal magnitud que hasta la propia cámara que agrupa a los fabricantes de fuegos de artificios ha subido a su sitio web un formulario para que quienes están a favor de su uso contribuyan a evitar la competencia desleal y los eventuales perjuicios económicos que les ocasionaría.
Todas las reglamentaciones, leyes y ordenanzas que rigen para el uso de la pirotecnia no han ocasionado más que polémicas y trampas entre quienes están a favor de su uso y quienes lo rechazan.
El Estado naufragó en sus intentos de arbitrar las diferencias, por eso sólo la responsabilidad de cada uno hará la diferencia entre pasar unas fiestas en paz o con gente lastimada por una detonación caprichosa.
Las normas sobre pirotecnia no han causado más que polémicas y trampas que cada año se renuevan.


