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La Mañana Fiesta de la Confluencia

Patto Martens: la historia detrás de la voz que enciende la Fiesta de la Confluencia

Empezó cubriendo recitales para una radio en Villa Regina y hoy se para sobre un escenario ante más de 400 mil personas, para animar la fiesta más convocante del país.

Parada sobre un escenario que ocupa casi una cuadra, está Patto Martens sola, con sus 1,67 metros de altura, sosteniendo el micrófono. Su voz se escucha alegre y clara entre los cientos de miles de personas que están en la Isla 132 esperando a sus artistas en la Fiesta de la Confluencia. Es una profesional: sabe que antes de subir debe dejar algo de alma abajo. Eso exige un trabajo que necesita tiempos, estructura y palabra justa. Sin embargo, cuando habla, en una suerte de intimidad sellada ante la multitud, la emoción le pide llegar hasta la última fila. Es esa pulsión vital la que logra trascender la formalidad y la vuelve cercana, familiar y valiente.

La primera vez que estuvo en la Fiesta fue como espectadora, viendo a Ciro y los Persas desde la valla. Siempre fue recitalera —dice— y Los Piojos era la banda de sus amores. En ese entonces no imaginó que un día le tocaría conducir esa y otras Fiestas Nacionales. Aunque esté hecha para eso, fue construyendo su camino con una certeza que no viene de los brillos fugaces, sino de lo genuino, y con muchísimo esfuerzo.

Patto es de Villa Regina, hija de un colectivero y una empleada de comercio. Fue mamá a los 17 años y crió a su hija con un padre ausente, pero acompañada por su familia. Al terminar el secundario empezó a estudiar Administración de Empresas, pero no se veía ahí y pensó en Comunicación Social.

Patto Martens 01

—¿Pero de qué vas a vivir? —le preguntó con honestidad su papá.

Entonces desistió y comenzó Abogacía en Roca. Aunque le iba bien y le gustaba leer, la vida no era sencilla entre los viajes, la economía y los avatares propios de maternar.

Un día su hermana llegó con el dato de que buscaban una locutora en una radio de la ciudad

—¿Por qué no lo intentás? —propuso.

Y Patto, que tenía una voz privilegiada y una frescura muy atada a la vida, fue. Recuerda que en su currículum vitae puso que le gustaban mucho los recitales, y con esas armas se presentó.

Era la época de la Fiesta Provincial de la Vendimia en Río Negro y en la radio pensaron que podía funcionar. Se aferró a esa oportunidad: empezó con un programa a la mañana y esa fue su primera escuela. La radio le abrió un mundo y, aunque no podía estudiar locución —porque implicaba irse a Buenos Aires o viajar—, se fue anotando en cada curso que aparecía.

Los años pasaron y ella empezó a moverse: de Regina a Godoy, de Godoy a General Roca, hasta llegar a Neuquén.

Patto Martens fiesta de la confluencia

Piba de radio

—Neuquén era como Disney para mí. Acá me encontré —dice—. Empecé a trabajar en medios y fue la oportunidad de conocer grandes maestros. A donde llegaba, pedía: enseñame, quiero aprender.

Se cruzó con Rubén Boggi, Alejandro López, Carlos Gamero, Laura Plaza, y con ellos fue dándole profundidad a su oficio. Un trabajo que trascendía los medios y empezaba a ubicarla también como conductora. Aunque estaba enamorada del estudio, del micrófono y de la radio, comenzó a disfrutar del contacto directo con la gente en los eventos.

—Yo decía: soy locutora, amo los recitales y conducir eventos. Si un día no puedo hacerlo más, quiero estar del otro lado o abajo del escenario: produciendo, generando la posibilidad de la felicidad, acompañando a la gente que trabaja, enchufando cables, corriendo sillas, moviendo mesas.

Cuando se quedó sin trabajo en la radio, no lo dudó y se puso a estudiar Producción de Eventos. Pero enseguida llegó la pandemia y cualquier posibilidad de dedicarse a lo suyo quedó pulverizada. Su abuela y su mamá la ayudaban a pagar el alquiler para ella y su hija. De noche, cuando su nena dormía, trabajaba en un kiosco. El resto del tiempo se inventaba lo que fuera para garantizar el pan de ambas.

Cuando la pandemia empezó a aflojar y las cosas volvieron lentamente a la normalidad, se reencontró con esa sensación placentera de estar cerca de la alegría de las personas. Los días amables regresaron, y llegó la oportunidad de oro: conducir la Fiesta de la Confluencia.

Patto Martens 06

Una vida que confluye

Patto comenzó a conducir la Fiesta en un momento histórico. La Confluencia fue una de las primeras fiestas masivas en reactivarse pospandemia y se convirtió en una oportunidad para promover la vacunación y otras políticas de cuidado.

—Neuquén se puso al hombro algo humanitario. Había que hacer la fiesta sin dejar de cuidarnos, sin generar un riesgo para la ciudadanía. Y se logró.

Años después le tocó conducir la edición más masiva con Argentina tricampeona y un público que permanecía aferrado a la efervescencia de un Mundial que puso de relevancia la necesidad de pueblo unido que veníamos arrastrando.

Todo eso fue una formación intensiva: usar el micrófono con responsabilidad, para contener y no para el desborde; para dar mensajes positivos y no generar miedo.

—En el hecho de que sea una fiesta nacional siento la responsabilidad de contarles a quienes vienen de afuera qué es Neuquén en materia cultural, industrial y de desarrollo. Pero, sobre todo, de respetar a la gente que viene a ver a su artista favorito: la que llega temprano, viaja y lo da todo.

También habla del equipo: más de 70 personas que trabajan durante meses, que esos días no duermen ni comen y están lejos de sus familias.

—Terminamos armando una microfamilia. Y después, claro, está lo que la fiesta significa para la ciudad, para la provincia. La fiesta es nuestra.

Pero también, o sobre todo, es un trabajo que hace desde el disfrute, desde la posibilidad maravillosa de ver a tanta, tanta gente regocijarse con la música, de los encuentros con el artista que los moviliza; de las familias conectadas; de sentir orgullo por las bandas nuestras que suben a ese escenario gigante, de ver a una Neuquén que abraza a quienes llegan de afuera. Y es tan genuina esa sensación, tan poco forzada, que es fácil sentirla cercana, ver en Patto a una de las nuestras.

Patto Martens: la historia detrás de la voz que enciende la Fiesta de la Confluencia

Buenas tardes, Neuquén

Prepararse para la Fiesta no es sencillo. Tres semanas antes empieza a estudiar cada banda: mira entrevistas, busca curiosidades, conoce a los artistas. También trabaja con un fonoaudiólogo y con una profesora de oratoria —la gran Cecilia Rodríguez—, que la ayuda a hilvanar mejor las palabras sin que la emoción se la lleve puesta.

Después está la logística: llegar al menos tres horas antes, maquillarse, vestirse, chequear que todo esté en orden. Trabaja con Andrea, una maquilladora que la acompaña desde el comienzo y ya conoce sus mañas, corridas y sobresaltos. Este año la vestirá Guillermo Del Prete, responsable de Neuquén Enhebra, lo que abre la posibilidad de hablar también de la industria textil y la moda local, pensadas desde la identidad y los procesos responsables.

Y entonces llega la hora de salir, ante unos pocos, cuando el sol todavía es un dragón furioso en el cielo.

—Para mí el mejor público es el de las 5 de la tarde. A las 10 de la noche ya está lleno, no te escucha nadie. El de las 5 es el que te hace el aguante, y es al que vos también le hacés el aguante, llevándole agüita, haciendo que todo pase más rápido, porque a veces son muchas horas de espera. Con esa gente yo me río mucho, encuentro reciprocidad y si encontrás complicidad ahí, lo que pase el resto del día está ganado y podés dedicarte a disfrutar

Patto Martens fiesta de la confluencia

Patto acumula anécdotas, conoce eso que se esconde en el bolsillo del escenario, antes que sea todas luces, éxito y show. Sabe que Dillom usa un perfume regio; que Duki y YSY A, cuando se encuentran, vuelven a ser niños; que Adrián Dárgelos, Juanes y Chano son muy caballeros.

—Eso sí —dice entre risas—, con el único que tengo una foto es con Pedro Aznar.

Pero lo que más conoce es el trabajo inmenso detrás de cada detalle. Cuando se baja del escenario y llega el silencio, suele decirse a sí misma y a quienes ama:

“La vida me escuchó, la vida me escuchó”.

Patto es una laburante. Sabe que la Fiesta es una circunstancia que hoy la hace muy feliz, pero que le pertenece a la gente e irá tomando formas distintas. Que los seguidores en redes no pesan tanto como el orgullo de que a su hija nunca le faltó nada. Que los brillos duran un ratito y lo que queda es otra cosa: el trabajo, la palabra tejida con otros, y una gratitud profunda que sigue latiendo cuando las luces se apagan.

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