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Tuvo que empezar de cero: hoy cocina frente al Lacar comida buena para la salud y el alma

En San Martín de los Andes, junto a sus pequeños hijos, Macarena Nordhal creó Chaltu: un lugar mágico para quienes buscan gastronomía vegana y sin TACC.

Es una mañana de sol radiante frente al lago Aluminé. Un niño de 6 años juega con su hermana de 4 en la vereda, pero cada vez que pasa alguien caminando, dejan sus autitos y muñecos para invitar a esas personas a probar las “ensaladas más ricas del mundo”, las que hace su mamá. Y aunque quizá suenen grandilocuentes, en las palabras de Teo y Guada hay mucho de realidad. Colores, sabores, texturas: la cocina de Chaltu pone en juego todos los sentidos y eso ya la hace única.

Macarena tenía 17 años cuando llegó a San Martín de los Andes desde La Pampa para vivir con su mamá, que un tiempo antes había elegido Neuquén para empezar una nueva vida. Enseguida salió a repartir curriculums por todos lados hasta que el “Tano”, de Mi viejo Pepe, la contrató como camarera. De pronto, esa adolescente que jamás había descorchado un vino, tenía a cargo un salón con más de 120 cubiertos y empezaba un largo camino en la gastronomía.

Apenas un tiempo después, motivada por una oferta laboral y una gran corazonada, se fue a trabajar a El Chalten y allí se quedó enamorada de la belleza del paisaje. Durante once años, Macarena no paró de trabaja jamás. Algunos inviernos, volvía a San Martín de los Andes a hacer la temporada de invierno en el Chapelco; otras veces intentó emprender con un pequeño bar de rock y reggae; y aunque siempre estuvo del lado de las bandejas y no frente a los fuegos, nunca dejó de mirar y aprender lo que pasaba en el mundo de la cocina.

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Cuando Teo era un bebe y Guada estaba en la panza, las cosas por El Chaltén empezaron a complicarse. Una situación de profunda violencia de género la llevó a perder todo lo que había juntado durante años y a tener que pedir ayuda para salir de ahí. De regreso en San Martín de los Andes, Macarena tuvo que tragar saliva, secarse las lágrimas, tomar coraje, recuperar la identidad y volver a ponerse de pié. Empezó la odisea de intentar trabajar teniendo dos hijos muy pequeños. Un tiempo después, le pareció que Villa Pehuenia era un mejor lugar para eso y allí se fue, sin saber que ahí iba a encontrar la forma de volver a enamorarse de la vida.

“De pequeña, jamás me imaginé cocinando”, explica Macarena. Sin embargo, a los 30 años, fue la cocina la que le permitió empezar de nuevo. “A mí los que siempre me gustaron son los caballos. Recuerdo cuando iba al campo de mi abuelo y les hacía unas tortas hermosas con pasto y florcitas”. Quizá sea un poco lo que hace ahora, jugar a que cocina, cocinar con cariño.

Una forma de agradecer la vida

Juntó el dinero para irse a Pehuenia vendiendo ensaladas. “Hacía 20 por día, salía a ofrecerlas en los negocios del centro, en la calle. Muy pronto descubrí que me encantaba hacerlas”, explica. Maca, Teo y Guadi se mudaron en el 2019. Enseguida, consiguió trabajo por la mañana en Verde Violeta, una tienda de ropa, y por la tarde, en la mueblería del pueblo. En el interín y mientras los niños estaban en Piñoncitos, el jardín maternal del municipio, salía a comprar verduras y otros insumos que en las madrugadas convertía en ensaladas.

Las cosas venían muy bien, pero después del verano, llegó la pandemia y todo volvió a complicarse. Una vez más, tuvo que reinventarse. Empezó a hacer hamburguesas de legumbres congeladas que vendía a pedido y platos elaborados que le compraban desde el Centro de Salud y otros organismos del estado. “Siempre voy a estar agradecida con Vivi, de la farmacia, Laura, de la escuela, Celeste del ISSN, Claudia Reyes y tantas otras clientas que no se si tienen idea de todo lo que nos ayudaron”, recuerda emocionada.

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No eran tiempos fáciles en lo absoluto, pero Macarena nunca perdía las esperanzas de estar mejor. Un día caminando frente al lago Aluminé, miró que había un local desocupado y le encantó. Otro, le llegó la buena noticia que tenía una tarjeta del plan Alimentar donde se habían acumulado algunos meses. Con mucho esfuerzo, empezó a comprar cosas para el futuro: una heladera, un viejo horno pizzero. “Me dije a mi misma: va a suceder. Soy bastante de hacer eso, de intencionar y que las cosas resulten”, dice. Y resultaron, aún con la pandemia presente, aún con dos niños pequeños colgando de los brazos, de las piernas, del cuello, Macarena abrió su primer local gastronómico.

“La gratitud es la memoria del corazón”, brillaba en la pared de ese nuevo local lleno de colores, flores y belleza como todo gran milagro de las personas que logran lo imposible. Las viandas que en algún momento se habían llamado Riquísimas, empezaron a llamarse Chaltu: una de las formas de decir gracias, en mapudungun. Porque si hay algo que Macarena tiene muy en claro de sí misma es que es una agradecida de la vida. “Cómo no voy a tener gratitud, si mis hijos están sanos, si son respetuosos, si los lugares adonde llegué me abrieron las puertas, si puedo cocinar con todo lo que nos brinda la tierra”.

Una nueva aventura frente al Lacar

“Chaltu para mí es como un renacer. Es lo q me dio vida después de todo el horror. Hay gente que tiene una vida más tranquila, otra que tiene que luchar más. A mi Chaltu me dio y me da la fuerza, la confianza, la fe y la esperanza de poder seguir”, cuenta esta joven emprendedora sobre ese proyecto que se convirtió en una suerte de casita de caracol.

Un tiempo después, Maca empezó a ver que sus hijos no estaban tan felices en Pehuenia, que les estaba faltando familia. Con un poco de tristeza, pero siempre agradecida, se volvieron a San Martín de los Andes. Siguió cocinando desde su casa, consiguió otro trabajo muy distinto y muy formal, pero extrañaba Chaltu.

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Otra vez, con mucho esfuerzo y una gran cuota de suerte de su lado, logró reacondicionar un carrito en food truck y su emprendimiento volvió a brillar, esta vez frente a otro lago, al majestuoso Lacar, en la ciudad donde todo empezó.

“Para mí un plato de comida es amor y creatividad. Por alguna magia, la gente que llega aquí viene feliz y se va aún más contenta. Mis clientes son así. Quizá porque cocinamos con productos de la tierra, reales, quizá porque aquí se rompe con las lógicas de industria y podemos dar soluciones a las personas que no pueden o eligen no comer ultraprocesados”, explica.

Medallones de lentejas y verduras asadas; papas al horno con cúrcumas; ensalada de hojas verdes frutillas y almendras tostadas; milanesas de gírgolas con batatas especiadas, son sólo algunas de las delicias veganas y sin TACC que Maca cocina con mucho amor en el parador Slonjah. Ahí también Teo y Guadi salen a ofrecer orgullosos por las mesas las cosas ricas que hace su mamá, “pero con cuidado, porque esta vez el espacio es compartido”, aclara Maca.

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Soñar en grande

“Es un tiempo muy difícil, lo estamos dando todo. Es remar y remar sin parar, pero necesito que funcione, la vamos a bancar como sea”, dice Maca, que aunque todo se haga cuesta arriba no abandona sus sueños ni por un segundo.

“Mi deseo más querido es tener mi propio restaurante. Ya me lo imagino, lleno de plantas, arte y colores”, explica. Pero también, desde que se dio la oportunidad de volver a levantarse, se imagina creando un refugio para víctimas de violencia y jóvenes con problemas de adicciones. “Es difícil no abandonar esas ideas cuando se cierran puertas, pero no quiero dejar de imaginarlo. Me gustaría mucho poder trabajar con caballos que es mi otra pasión, con una huerta: las herramientas con las que yo salí adelante, que sé que hacen bien y a partir de eso poder ayudar a otras personas”, dice.

Hace un tiempo que Maca logró comprar una yegua para disfrutar junto a Guada y Teo cuando tienen tiempo de escaparse al campo un ratito. También para volver a la infancia, para reencontrarse con esa niña que hacía las preciosas tortas de pasto mientras la vida se trataba sólo de jugar. Si mira un poco para atrás, todo eso, todo, parecía imposible. Pero nada lo es para una mujer que lucha y Maca, recién empieza esta batalla.

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