Nuestra guerra, la importante
Tengo que reconocer que me ilusioné cuando al principio de la cuarentena afloró en la Argentina ese mensaje de unidad nacional, de fraternidad, para hacerle frente al coronavirus. Tal vez sonaba triunfalista, pero parecía necesario con el objetivo de tratar de convencernos a nosotros mismos de que realmente éramos capaces de vencer a un enemigo poderoso que había cruzado nuestras fronteras. Teníamos un intruso bien identificado que no tenía nada que ver con nuestra vida, ni con nuestra historia. No era producto de nuestra responsabilidad. Teníamos que enfrentarlo entre todos, como cualquier nación que se siente amenazada o a punto de ser atacada en una guerra. Pero aquel mensaje épico se diluyó rápido y la hermandad necesaria se desvaneció en las trincheras, antes de que empezara la batalla. Fue un proceso gradual que en poco tiempo hizo que aquel objetivo importante terminara quedando en un segundo plano, al mismo tiempo que afloraba la política más rancia, esa que destruye y divide, que no sirve para nada. Y así de golpe, nos encontramos en esas mismas trincheras, peleando entre nosotros por temas que nada tenían que ver con aquella arenga, discutiendo sobre justicia o economía, o tratando de endilgarles culpas a los chetos, a los idiotas que no respetan la cuarentena, a los que toman tierras con o sin razón, o a los pobres, herederos de décadas de desidia, inoperancia o corrupción.
El eslogan de marzo decía: “Al coronavirus lo vencemos entre todos”. Pero no. Estamos perdiendo por escándalo. Y seguramente seguiremos así, revolcados en el odio, atrapados en nuestra propia guerra, sin que nos importe lo importante; sin que tengamos el respeto por los que todavía pelean por salvar vidas o por aquellos que mueren todos los días.
TAGS
- Columna de Opinión


