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Octavio Pico, el pueblo que vive alejado del coronavirus

La comisión de fomento tiene 300 habitantes en la frontera entre 4 provincias. Cómo se adaptaron a la vida en cuarentena y lejos de otras localidades.

En el extremo nororiental de la provincia, una curva pronunciada marca el final del asfalto. A partir del paraje Piedras Blancas, el camino de ripio se presenta ancho y tumultuoso, con banquinas difusas y unos álamos que crecen desde el suelo con ramas fuertes pero que llegan a la altura como troncos desnudos y raquíticos. Después del segundo giro, una ruta de canto rodado permite llegar hasta Octavio Pico, el pueblo neuquino de 300 habitantes que no registra oficialmente casos de coronavirus.

Luego de recorrer 50 kilómetros de ripio, en medio de una meseta hostil, el pueblo sorprende con sus espacios verdes. Una sucesión de fresnos, sauces y aguaribays crecen de manera prolija sobre las veredas, y los cardos se cuelan entre las piedras de la plaza como desafiando la aridez del terreno.

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Octavio Pico es pura quietud. Un perro de pelo dorado se acuesta en medio de la calle de tierra y se refresca en un charco del color del té que dejó una lluvia atípica, torrencial y reciente. Confía en que nadie transitará por ese camino a la hora de la siesta. Apenas un gallo tardío se anima a quebrar el silencio de las dos de la tarde. El perro puede dormir.

Como un oasis inaccesible e ignoto, esta población fundada en los años 30 parece ser ajena a un contexto mundial abrumador: una pandemia de coronavirus que azota de forma impiadosa a los habitantes de casi todas las localidades neuquinas y que se cierne como una amenaza creciente a partir del incremento en el número de contagios.

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Oficialmente, en este lugar no hay casos registrados de coronavirus. Silvana Fernández, presidenta de la Comisión de Fomento, explica que el aislamiento geográfico los ayudó. “También tenemos muchas personas que viven solas, y desde que comenzó la pandemia ya no nos juntamos como antes”, afirma.

No juntarse es difícil. Más que un pueblo, Octavio Pico es una familia grande, que se formó como fruto del linaje de José Fernández, un inmigrante español, y su esposa Aurora Cerna, que fundaron la localidad. Ahora, un 70% de los pobladores del lugar se apellidan Fernández. Como son todos tíos y primos, las celebraciones familiares y los eventos comunitarios tienen fronteras difusas. Ellos festejan por igual el aniversario del pueblo, un cumpleaños o un casamiento.

En los momentos más críticos de la pandemia, las actividades se redujeron a visitas ocasionales y más íntimas. “La vida social pasa por la Comisión de Fomento, los vecinos se levantan muy temprano y pasan por acá a pedir asistencia, o a plantear un problema, y después se quedan tomando mates”, explica Silvana. Ahora, los momentos compartidos cumplen con los mismos protocolos que se aplican en las grandes ciudades.

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Aunque Octavio Pico es una gran burbuja familiar, los habitantes cumplen con el uso obligatorio de tapabocas y apenas se lo sacan cuando desarrollan actividades en soledad. En ese poblado, la gente se dedica a la cría de animales y a la siembra de pasto que usan como forraje. Al arar y al enfardar, cuando están solos en la inmensidad del campo, la pandemia se avizora como una amenaza débil, y los barbijos se vuelven accesorios inútiles.

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Sin embargo, la violenta transmisibilidad del virus también hizo mella en Octavio Pico. La esposa de unos de los empleados de la Comisión de Fomento tuvo síntomas que coincidían con esta enfermedad. En seguida, la mujer avisó al resto de los pobladores y se aisló por completo. La Comisión cerró por 15 días y la vida social del pueblo se apagó otra vez. Sin llegar a confirmar el caso, los vecinos se blindaron ante la enfermedad.

Silvana, por su parte, trabaja como presidenta de la Comisión y asume funciones de embajadora del pueblo. Es la encargada de traer insumos de las ciudades más grandes, de asistir a puestos vecinos, como Rincón Colorado, y de hacer visitas a los funcionarios provinciales en la capital. Sus viajes constantes la pusieron en peligroso contacto con el virus, hasta que se contagió.

“Estuve 14 días aislada con pocos síntomas, pero después tuve una recaída y me atendieron en Neuquén capital con principio de neumonía”, detalla Silvana, que pasó dos meses afectada por la enfermedad. “Me asusté por haber dejado tanto tiempo la Comisión sola; aunque mis compañeros seguían trabajando, yo pensaba que no iba a poder volver a trabajar”, afirma.

Como Silvana fue tratada por su afección en la ciudad de Neuquén, no hubo casos de coronavirus en la salita de primeros auxilios de Octavio Pico, donde trabaja el enfermero Rubén Fernández. “Tenemos una ambulancia para hacer traslados pero, como somos todos familia, muchas veces se hacen los viajes en auto particular”, explica ella.

Para atenderse por un médico, deben viajar 80 kilómetros hasta Rincón de los Sauces, que también es la ciudad más cercana con un supermercado. Por eso, en las épocas de cuarentena estricta, proveerse de víveres era un desafío para los pobladores.

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Silvana explica que, ante la escasez de recursos, se decidieron a crear un invernadero frente a la plaza principal. A fuerza de riego y trabajo constante, hicieron crecer verduras y frutas para alimentar a gran parte de la población. Ella no se anima a medir la producción con un número, pero asegura que esa decisión permitió que se evitaran los viajes frecuentes para comprar alimentos, y así reducir el riesgo de contagios.

La escuela primaria Nº 271, que tiene una matrícula de 12 estudiantes, también se vio atravesada por el virus. En épocas normales, funciona como un albergue que recibe a alumnos de Octavio Pico y otros puestos cercanos. Ahora, desde el Ministerio de Educación se instauró la modalidad virtual, algo difícil de generar en un pueblo que no tiene telefonía ni Internet.

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“La gente está acostumbrada a pararse cerca de una ventana o en una plaza donde consigue algo de señal”, explica Silvana. Pero el servicio no tiene la potencia para desarrollar clases virtuales. Como el gobierno provincial les dio un minibús, optaron por trasladar a los alumnos a Valle Verde, otro poblado, para que pudieran hacer las tareas en línea. Si no, resolvían la educación con un tránsito de pendrives y carpetas impresas desde los parajes mejor conectados hasta Octavio Pico.

Aunque la pandemia los obligó a adaptarse a costumbres nuevas, los habitantes del lugar dicen que no le tienen miedo al coronavirus. Quizás sea por su ritmo tranquilo, como de otro tiempo, donde los encuentros son más íntimos y gran parte de la vida se transita en soledad. O quizás sea porque los protocolos se impusieron incluso antes de que los contagios fueran una amenaza cierta. Quizás por la lejanía geográfica, por el tamaño humilde del pueblo o porque sus habitantes se cuidan entre ellos como lo que son: una gran familia.

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