Jesús Soazo, el anticristo
Jesús Soazo llegó hasta los 27 años por pura fortuna. Su vida marginal podría haber expirado mucho antes porque, desde la adolescencia, las drogas lo llevaron a andar perdido, jugado y armado. Fue un peligro.
Su muerte no tuvo nada de épico. Simplemente murió en soledad, supuestamente producto de un cóctel de sustancias. Lo encontraron tres días después en avanzado estado de descomposición y pestilente. Si la noche anterior no le hubieran tiroteado la casa, tal vez hasta habrían pasado más días hasta que lo encontraran.
La biblia y el calefón
Jesús Emanuel Soazo no eligió nacer, pero lo hizo el 31 de marzo de 1996, y su nombre bíblico no surtió el efecto esperado por su padre, Felipe Soazo, que fue un puntero de la vieja escuela del MPN. Don Felipe y su esposa eran pura fertilidad, y con Jesús terminaron sumando ocho hijos.
Si los caminos de Dios son un misterio, los de los punteros políticos son un cambalache.
La vida de los Soazo siempre estuvo asociada al MPN y al delito. Hay una facción de los Soazo a la que se la conoce como los Felipitos, por ser los hijos de Felipe. La otra son los Bin Laden, que se radicaron en la toma La Familia. Esa facción también tiene en su haber historias de armas, drogas, robos y muertes.
Los Felipitos y los Bin Laden son primos y llevan la vida criminal en su ADN. Tras las rejas, aún hay algún que otro Soazo.
Criminogénesis
Cuando uno presta atención al legajo de Soazo, puede observar que todos los factores de riesgo estaban ahí presentes.
Provenía de una familia numerosa desorganizada, vinculada a la subcultura delictiva, y vivía en un barrio complejo donde las drogas y las armas estaban al alcance de la mano. Además, tuvo una pronta desvinculación escolar.
En lo personal, por los tempranos consumos de sustancias, tenía patrones repetitivos de conducta violenta. Había una necesidad constante de asumir riesgos en forma impulsiva y hasta con cierta torpeza. Vale aclarar que las drogas hicieron estragos en su vida y eso quedó reflejado en sus conductas.
Se puede afirmar que Jesús violó en forma completa el artículo 50 del Código de Faltas: “Provocaciones, riñas, escándalos y peligro para la seguridad de las personas”. A esto hay que sumarle las del Código Penal, “portación ilegal de armas, abuso de armas, robo, allanamiento de morada”, y la lista continúa.
Para la Justicia terrenal y la Policía, Jesús era el anticristo, un demonio, un dolor de cabeza.
Su expediente supera los 50 procedimientos entre detenciones, demoras, allanamientos y denuncias. Las causas judiciales rondan la decena tranquilamente.
De hecho, su muerte generó algunos suspiros de alivio y, a nivel judicial, la extinción de la persecución penal de varias causas.
Una vida de mudanzas
“Ellos vivían originariamente en una casa ubicada junto a un gran edificio a pocos metros de la plaza del barrio Bouquet Roldán. Ahí estuvieron hasta 2011”, indicó una fuente policial que conoce en detalle el devenir de los Soazo.
Si bien ya venían cometiendo delitos, los Felipitos aparecieron en escena en agosto de 2014 cuando una horda de vecinos iracundos les prendió fuego el departamento en el monoblock del sector TCI del barrio Canal V.
El motivo de semejante reacción fue el hartazgo ante la seguidilla de robos que habían padecido en el barrio. El viejo código delictivo “en el barrio que se vive no se roba”, Jesús y compañía no lo respetaron.
Tras convertirse el departamento en una hoguera, la familia se desmembró y comenzaron a boyar por distintas localidades donde sumaron problemas.
En las distintas detenciones que sufrió Jesús, brindó no menos de veinte domicilios distintos. Barrio Gran Neuquén, Provincias Unidas, Belgrano, Vista Hermosa, San Lorenzo. En Cipolletti estuvo en el Anai Mapu, en Plottier pasó por Chacay y Los Álamos. Anduvo refugiado por Senillosa y también en Centenario.
El lugar donde más tiempo pasó en los últimos nueve años fue la casa de una de sus hermanas en Valentina Sur, pero desde finales de 2022 se radicó en el Z1 hasta abril de este año y luego se mudó a su destino final: el sector El Nido en las 80 viviendas del oeste neuquino.
Por donde pasó, dejó su impronta criminal gobernada por su adicción a las drogas.
Condena en suspenso
Con 19 años, Jesús recibió su primera condena, que fue en suspenso, por un robo calificado y tenencia ilegal de armas.
Esto ocurrió a principios de 2015, cuando lo detuvieron junto con uno de sus hermanos y su padre por el robo de una moto.
Tras ser imputado en esa causa, a los dos días intentó robar otra moto en el barrio Gran Neuquén.
Jesús no cuidaba ni los modos ni las formas, actuaba intempestivamente y ponía en riesgo a las personas cercanas. En esa ocasión, se refugió en la casa de una amiga y, si la Policía no acudía, los vecinos lo linchaban.
Tras zafar de esa situación, a la madrugada siguiente se tiroteó con la Policía cuando intentaban identificarlo durante un operativo de rutina donde lo vieron en una situación sospechosa.
Soazo sacó el arma, una 9 milímetros, y disparó siete veces. Algunos proyectiles perforaron la chapa del móvil.
Finalmente, lo detuvieron en Racedo y Lago Muster. Cuando le preguntaron la dirección, no la recordaba, solo mencionó que dormía en una casa en Valentina Sur.
Tras ese raid, donde lo detuvieron dos veces en menos de 48 horas, le dictaron dos meses de prisión preventiva.
A la audiencia llegó con un vendaje en la cabeza y dijeron que se había caído durante el intento de fuga, aunque también se insinuó que la Policía lo había golpeado.
Cierto es que hubo charlas entre policías y funcionarios judiciales donde coincidían en que Jesús “estaba muy pasado y se va terminar mandando una cagada”, confió una fuente. Es decir, temían que cometiera un homicidio en medio de su frenesí criminal, que incluía algunos brotes por la abstinencia.
De apriete con la Cuchi
En julio de 2016, Jesús y la Cuchi, una suerte de novia o pareja con la que pasó una temporada en el barrio Gran Neuquén Sur, se vieron implicados en algunos enfrentamientos con otros pibes de la barriada: el Manu y el Fede.
Estos muchachos le cayeron al departamento cuando la Cuchi estaba sola y les dieron unos tiros a las paredes. Cuando llegó la Policía, por llamados de los vecinos, la Cuchi “no brindó información” y solo se limitó a decir que eran jóvenes con los que tenían “problemas personales”.
En ese ambiente, denunciar está mal visto. En ese territorio no manda la Policía y los problemas se resuelven con otros métodos.
Fue así que la Cuchi le avisó a Jesús que con su hermano y su padre fueron a visitar al Fede.
Cuando llegaron a la casa, el Fede no estaba, se había ido al boliche. Había un amigo que cuidaba la vivienda porque la puerta de calle no cerraba, por lo que le atravesaba un mueble.
Tras empujar la puerta, la primera en asomarse al interior de la casa fue la Cuchi. Ella medía 1,55 metros, era de tez morena, teñida de rubio, robusta y muy áspera.
Irrumpió con un cuchillo de carnicero en la mano, el joven que estaba cuidando la casa quedó blanco como un papel y lo único que atinó a hacer fue un movimiento rápido para esquivar el facazo que le arrojó la Cuchi mientras con voz imponente le preguntaba por el Fede y el fierro (el arma).
El episodio terminó de forma bizarra, porque el joven se escapó tras empujar a uno de los apretadores que estaba con muletas. Después se puso a resguardo en la casa de una amiga que fue la que denunció el episodio. Lo único que le dijo este joven a la Policía fue: “La Cuchi me amenazó con que me iba a buscar si llamaba a la gorra, y que se iba a meter en mi casa y me iba a matar a mí y a mi familia”.
A los pocos días, se procedió a la demora de Jesús, su hermano y el padre. A la Cuchi no la encontraron.
Sigue girando
Jesús no paró de cometer delitos, pasa que no siempre lo detenían. A fines de julio de 2017, los vecinos de la calle Belmonte al 900 llamaron a la Policía porque observaron a dos jóvenes con intenciones de ingresar a una vivienda.
Cuando apareció el móvil de la Comisaría 41 del barrio Don Bosco, Jesús y su hermano, de 16 años, intentaron huir del lugar, pero sin éxito.
Los jóvenes fueron atrapados in fraganti tras forzar una ventana para ingresar a robar en una casa.
“Mirame bien, yo sé quién sos vos, sé dónde vivís, te tengo identificada, te voy a meter un cuetazo”, le dijo Jesús a la vecina que llamó a la Policía. La mujer quedó aterrada.
El joven volvió a caer tras las rejas con preventiva y su abogado defensor presentó certificados médicos en los cuales se manifestaba un diagnóstico vinculado a la salud mental, a lo que se sumaban las adicciones. Todo ello lo convertía en una bomba de tiempo.
La fiscalía aprovechó esa detención para sumarle el robo de un Ford Escort que estaba estacionado y con las llaves puestas en el barrio Santa Catalina. Jesús se subió al auto y aceleró a fondo, tanto que chocó contra un poste y terminó en el hospital.
Por ambos hechos, fue acusado de tentativa de robo agravado por escalamiento y de tentativa de hurto agravado, y se le dio una preventiva por un mes y medio por riesgo de fuga.
En esta ocasión, el juez accedió a imponerle una fianza de 53 mil pesos con prisión domiciliaria, además de la obligación de iniciar un tratamiento.
Otra de película
La temporada que pasó tras las rejas en la U11 demostró que la cárcel no está hecha para recuperar ni reinsertar a nadie. Es un depósito temporario de personas, principalmente jóvenes, pobres y adictos.
A los dos meses de estar en libertad, para la Navidad de 2021, Jesús volvió a las andadas.
La madrugada del 24 se tomó un taxi en Pérez Novella y Racedo con destino al barrio Z1. La tachera fue recibiendo distintas indicaciones muy precisas sobre las calles que debía tomar.
Al llegar al fondo de la barriada, al pie de la meseta neuquina, le pidió que parara y que lo esperara. Jesús se bajó y fue hasta una casa.
En segundos, la conductora fue sorprendida por dos jóvenes que le abrieron la puerta, la bajaron del auto por la fuerza y la arrojaron al suelo.
Por instinto, la mujer tomó la manija de la puerta del taxi y cuando Jesús salió a toda velocidad, la arrastró un par de metros.
Raspada y con mucho dolor en el cuerpo, la mujer llamó a la Policía desde su celular y, cuando dio la dirección, a todos les cayó la ficha de que era la casa de Jesús Soazo.
El aviso del robo del taxi se irradió entre los demás trabajadores del sector y luego a la Policía. En Cipolletti, un taxista les confirmó que vieron pasar al vehículo, por lo que le avisaron a la Policía rionegrina, que inició la persecución.
Todo fue medio de película, con distintas maniobras evasivas y mucha velocidad.
Con toda la Policía en alerta, llegando a Allen lo cruzó otro móvil y Jesús terminó detenido. En su poder tenía los 3 mil pesos de la recaudación de la tachera.
Volvió a ser acusado y le dictaron cuatro meses de prisión preventiva, por lo que pasó las fiestas de fin de año en una celda.
Robar por droga
Desde fines del año pasado, Jesús entró en una espiral de deterioro tremenda y recibía muy poca ayuda.
En enero de este año, lo detuvieron por un robo calificado. El 1° de marzo fue atrapado cuando corría de noche con un televisor robado envuelto en una sábana en jurisdicción de la Comisaría Tercera.
A los pocos días, el 8 de marzo, personal de la Comisaría Segunda lo demoró dentro de Red Sport. Jesús estaba en un probador cuando llegó la Policía. El joven se puso intenso y, en medio de insultos al encargado y los uniformados, se fue sacando las prendas que pretendía robar. Eran alrededor de 10 remeras deportivas de distinto talle.
El 5 de abril fue su última detención oficial. Lo atraparon in fraganti dentro de una casa en jurisdicción de la Comisaría Primera.
Su accionar era clarísimo. Robaba en forma compulsiva todas aquellas cosas que se pudieran transformar en dinero rápido, porque la abstinencia lo acechaba cada día.
Triste, solitario y final
“Hacía rato que andaba muy perdido (por las drogas), no estaba comiendo y tomaba pastillas (ansiolíticos)”, dijo su padre a los pesquisas, el viernes pasado, mientras los forenses ingresaban a relevar la vivienda y retirar el cadáver de Jesús.
Felipe, el papá, que poco ha leído a García Márquez, sabía que el final de su hijo era la crónica de una muerte anunciada.
Unos tiros la noche anterior pusieron en alerta a los vecinos y, cuando llegó la Policía, se encontraron con una casa que apestaba y el joven sin vida.
Se sospechó que podría haber sido alcanzado por una bala, pero tras la autopsia se descartó esta hipótesis porque el cadáver llevaba entre tres y cinco días y ya había comenzado el proceso de descomposición, retardado un poco por el frío.
Oficialmente, se trató de una muerte indeterminada, pero por los dichos del padre, se resolvió avanzar con un toxicológico porque la principal sospecha es que haya colapsado con un cóctel de sustancias.
Jesús, desde adolescente, fue una vida arrojada aire cual moneda. Podría haber salido cara, pero fue ceca.
El Estado lo abandonó en todos los planos y hay muchos jóvenes como él que se están hundiendo en los infiernos de las drogas y la delincuencia.
Un detalle esperanzador que dejó Jesús Soazo: a su hija le puso por nombre Génesis, tal vez anhelando que ella sea el primer capítulo de una vida que esté en las antípodas de la suya.
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