Primera señal de progreso

El tránsito en las calles eran muy difícil por la gran cantidad de cañadones que había en todo el ejido municipal

Puede parecer impensada que alguna vez la ciudad de Neuquén estuviera con las calles desérticas, sin ruidos de motores de automóviles, motos o camiones y sin más que el traqueteo de ruedas de carros o golpeteo del trote de los caballos.

La “tranquilidad” en la capital del territorio duró apenas ocho años. En 1913 el Concejo Municipal entregó la patente de automóvil número 1 a un vecino llamado Carlos Féliz, el primer neuquino que había adquirido un vehículo con motor a explosión.

El hombre ingresó y planteó la inquietud y los funcionarios se mostraron sorprendidos y alegres a la vez. El pueblito que recién daba sus primeros pasos para convertirse algún día en una ciudad tenía en sus calles el primer auto.

Es cierto que transitar por aquellas épocas no era una tarea sencilla, puesto que las irregularidades del terreno hacían casi imposible la circulación de cualquier transporte que tuviera ruedas. Cada vez pasaba una tormenta de lluvia o de viento, los cañadones que se habían tapado quedaban al desnudo y las dunas se movían de un lugar hacia otro impidiendo el paso de cualquier transporte.

Con el montado de vías para transportar piedras, material calcáreo y cualquier cosa que sirviera para relleno, de a poco se fue emparejando las primeras cuadras del centro para que pudieran ser transitables, teniendo en cuenta que en el caserío ya anticipaban que en poco tiempo comenzarían a llegar los autos.

El día que Carlos Féliz ingresó al Concejo Municipal para patentar el suyo, los funcionarios lo felicitaron y le dieron una muy buena noticia: sería eximido del pago de la patente por considerar que aquel automóvil era la primera señal clara de progreso para la flamante capital.

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