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La Mañana Rusia

Vendía torta fritas en Neuquén y ahora enseña español en Moscú

Tiene 27 años y desde el 2018 vive en Rusia. Vendió comida de camino a Mari Menuco y con eso financió el viaje de ida. Conocé su historia.

Álgebra lo frustró y vender torta fritas lo catapultó a una de las partes más frías de Rusia. En cinco años, pasó de ser un desertor de la Universidad Nacional del Comahue a estar esperando un hijo con su esposa en Moscú. “Volvería a Centenario solo de vacaciones”, sentenció Juan Sambueza de 27 años, quien enseña español en una de las “capitales más prejuiciosas”.

Desde enero de 2018 se radicó en el país con más usos horarios del mundo. Ahora, y luego de vivir en Siberia y en San Petersburgo, reside en la capital. Atiende a LMN a las 3:56 de la madrugada: “Recién desperté. Me desvelé”.

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Arranca con un tono tranquilo y tímido, marcado por una crianza familiar distante. El amor de sus padres “pasó por otro lado” y ser “simpático” no es una de sus fortalezas. “Para qué entiendas mejor tengo que arrancar del principio”, anunció.

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En diciembre de 2015, decidió abandonar la universidad. Entre la culpa y la necesidad de generar ingresos, comenzó a trabajar en el comercio de sus padres: un puesto de comida en la ruta. Está de camino a Mari Menuco, en donde pasan varios petroleros y despachaba torta fritas durante todas las mañanas.

Recuerda, con cierto regocijo, que cada trafic que paraba eran dos o tres docenas que vendía y que se iban para lo que años después sería su comida en Siberia.

Su rutina era “plana”: amanecía, cocinaba, cobraba y al mediodía “obtenía la libertad”. Se sentía con ganas de hacer “algo más”, pero no encontraba qué. Le interesaban las lenguas y probó primero con alemán, pero como en Neuquén no hay ningún docente nativo, el mercado de idiomas le puso solos dos opciones: ruso o chino.

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La elección fue por descarte. El chino no le atraía así que se puso a estudiar ruso como un hobby, sin saber lo que pasaría años después. Tímido, sin participar en clase, pero absorbiendo los conocimientos de a poco.

Al comprender de que no tenía un perfil “abierto” y que le costaba en cierta medida relacionarse, se descargó aplicaciones para practicar el idioma. Probó, pero en un principio, no le gustó.

Durante algunos meses, las notificaciones que le fueron apareciendo fueron ignoradas hasta que una le llamó la atención, en octubre del 2016. Era un chico danés que lo invitó a un café en el centro de Neuquén. "Llamativo", describió. Pensó que era imposible, pero se equivocó.

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Al confirmar que el europeo realmente estaba en la capital de la provincia, Juan descartó sin pensarlo. Creyó que debía ser una movida para robarle y le respondió: “No gracias, no quiero aprender danés”. El extranjero le aclaró que la idea era hablar en inglés y que quería intercambiar cultura local. “No le respondí, pero no se dio por vencido”, añadió.

Al volver a pedirme que nos veamos, Juan lo volvió a pensar y ya lo interpeló. "Por qué no", se preguntó. Propuso de ir a un café en el centro, frente al Monumento por “cualquier cosa que pase”. Tímido, fue. Al llegar, observó un “vikingo con cicatrices en la cara”. “Me reí y esa charla me abrió un mundo. Una cultura, una forma de ver el planeta”, contó.

Se volvieron a ver dos veces más. El danés continuaba su viaje, pero antes le regaló el libro El Principito, en versión para chicos. “De alguna manera era arrancar a leer y viajar”, le dijo el europeo. Saludo frío de por medio y esa despedida fue el inicio de una curiosidad con la que Juan cambiaría su forma de vivir.

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Continuó vendiendo torta fritas y estudiando ruso, pero quería conocer más extranjeros. Esa sensación, de conocer nuevas vidas, pasó a ser un estilo de vida. Descargó otra aplicación para recibir en su casa extranjeros de larga duración y los mantenía: les daba un hogar y comida, a cambio de charlas e historias de todas partes del mundo.

Lo que ganaba lo invirtió en su casa en Centenario. Compró camas y se armó una especie de hostel. Recibió unos diez extranjeros, entre los que estuvo una pareja alemana de 65 años, hasta otro joven europeo que se quedó durante siete meses.

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Recibir a turistas fue una forma que tuvo de viajar, ya que nunca había salido de la provincia y hasta le daba pereza ir a Neuquén. Las visitas le inculcaban que salga de la provincia y del país, pero la respuesta de él siempre fue: “¿Para qué? Si acá estoy bien”.

Esa lógica cambió cuando un par de rusos llegaron a su casa. Eran dos amigos que salieron desde su país, recorrieron Asia y África, y querían recorrer la Patagonia. Arribaron con la idea de quedarse una semana, pero convivieron tres. Pegaron “mucha onda” y le mostraron la cultura de Rusia.

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Hubo una despedida luego de esos 21 días, pero -posteriormente- un reencuentro. Los rusos fueron al sur, recorrieron varias ciudades hasta Ushuaia. Al subir, con el objetivo de cruzar a Chile desde Río Negro, invitaron a Juan a verse en Bariloche. “Esa fue la primera vez que viajé en mi vida y fue una locura llena de miedos”, aseguró el joven que, en ese momento, tenía 24 años.

Al volver de la vecina provincia, la motivación de viajar inició. Estos rusos lo volvieron a invitar a Juan, pero esta vez no era a 450 kilómetros de distancia sino que a miles de kilómetros. “Me hicieron la cabeza para que me vaya para Rusia”, aclaró.

Antes del 24 de diciembre de 2017, ya lo había decidido. Su madre le habilitó la tarjeta para sacar el primer pasaje de avión de su vida. Un viaje de 44 horas. Salió en febrero de 2018, ticket sin vuelta. De Ezeiza llegó a Qatar, tras 18 horas. Esperó 7 horas más para el próximo vuelo a Moscú. Luego, 10 horas y tomó un tren hasta Tomsk, en Siberia.

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En marzo ya estaba estudiando el curso de ingreso de ruso y vivía en una pensión de estudiantes. “Me salía 60 pesos argentinos el mes, muy barato”, recuerda sorprendido. Es que durante los últimos dos meses en Neuquén ahorró todo y con eso vivió los primeros tres meses de los casi cuatro años de su residencia en Rusia.

Pidió una beca, que cubría todos los costos de estudios, y se la dieron. Fue gracias a la Casa de Rusia en Buenos Aires, que gestionó y lo ayudó, pero debió cambiarse de universidad. “Estudié en la misma que Vladimir Putin, en la Universidad Estatal de Leningrado”, aclaró.

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Ahí conoció a una rusa, que estudiaba español. Meses después se casaron, lo que permitió que Juan logre conseguir trabajos y establecerse en Moscú. “Pasó todo medio rápido, pero acá estamos. Acá me siento bien, tengo estabilidad y no me iría de nuevo a vivir allá”, aseguró.

Más allá de que su trabajo de enseñar a rusos el castellano, intenta demoler prejuicios. Desde la perspectiva en que se crió y se rodeó, hay una percepción de un ruso modelo que no es tal. “Se relaciona con el comunismo, con lo violento y con no sé cuántas cosas más”, dice, casi enojado.

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Con una familia establecida, mostró el colchón que tiene para sus visitas. Cuando llega alguien, lo tira en la cocina para que quienes ingresen en sus vidas puedan soñar igual que él. Lejos de las raíces y con la posibilidad de pensar en grande, vuelve a acordarse del Principito.

"Ahora ya no me vuelvo a dormir. Ya arrancó mi día en una vida que elijo en Moscú", dijo mientras el sol en Rusia está saliendo e invita, como aquel danés, a que los neuquinos se atrevan a viajar.

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