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Vinos Bonaerenses: recuperan una tradición y se enfocan en blancos y espumantes

En la provincia de Buenos Aires se produce blancos y espumosos oceánicos con la mitad de las uvas, mientras que con la otra mitad se explora un terreno casi desconocido, el de los tintos de influencia oceánica.

Hace poco más de una década, cuando probé los incipientes vinos del sur de la provincia de Buenos Aires, al intriga era doble: por un lado, ¿qué motivaba a algunas personas a plantar viña en la pampa húmeda?; por otro, ¿qué clases de vinos podrían llegar a hacer en un mercado dominado por una oferta continental y desértica?

De las dos preguntas la segunda se responde hoy con bastante claridad. De las 11 bodegas elaborando los 159 hectáreas de la provincia, repartidas en 48 viñedos según la información del Instituto Nacional de Vitivinicultura, casi todas tienen algún vino con alcance comercial en un área razonable de la pronvincia. De ellas hay que discriminar las que no son viníferas –no porque no se pueda hacer vino, sino que juegan un partido propio– que son unas 25 hectáreas de Isabella, la variedad más plantada.

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Las que siguen dan el tono de lo que se puede beber en tierras bonaerenses: 20 hectáreas de Sauvignon Blanc, 20 de Chardonnay, 7 de Glera, 3 de Riesling y 2 de Albariño y 1 de Moscato Giallo, todo ello entre las blancas. Es decir, unas 53 en total. De las tintas, la más plantada es Pinot Noir con 14 hectáreas, seguido por 12 de Malbec, 12 de Merlot, 12 de Cabernet Sauvignon, 10 de Tannat, 8 de Cabernet Franc, 2 de Barbera y con 1 hectárea cada una siguen Sangiovese, Bonarda y Syrah.

Así tirados los números dicen menos que las botellas. Pero hay que prestarle atención una cosa. Por un lado, el 40% de las variedades son blancas. Eso, si no metemos el Pinot Noir que sirve para hacer burbujas, con lo que la base para vinos blancos y espumantes alcanza el 50% de la superficie, lo que convierte a la provincia de Buenos Aires en un caso único para la Argentina: produce blancos y espumosos oceánicos con la mitad de sus uvas, mientras que con la otra mitad explora un terreno casi desconocido, el de los tintos de influencia oceánica.

De hecho, al menos dos de los productores ponen foco en burbujas: el conocido ya Costa & Pampa, pertenece a Trapiche y pionero en el partido de General Pueyrredón en 2008, al que se suma ahora Castel Conegliano, de la familia Chies, con primera vendimia en 2021. Si los primeros están enfocados en método tradicional, Castel elabora Prosecco con acento italiano, lo que explica que entre las blancas estén Glera y Moscato Giallo (uvas que forman este estilo).

Otros proyectos ponen un pie en las burbujas, aunque menos ambiciosos. Se trata de Myl Colores en Pringles y Puerta del Abra en Balcarce. Este último además ofrece Riesling y Albariño son las dos blancas, en una vertiente similar a Costa & Pampa que produce además Sauvignon Blanc y Chardonnay. A ellos se suma Cordón Blanco, que elabora Sauvignon Blanc en Tandil. Es en este terreno donde queda muy claro que los productores de Buenos Aires tiene un camino propio por recorrer, con blancos que no se pueden conseguir en ningún otro lado del país. Justo en un momento en que los blancos parecen volver a las mesas.

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Tintos oceánicos

La movida de los productores bonaerenses nació al amparo del éxito tinto en Argentina. Lo que explica que los primeros productores apostaron por estos vinos. Pionero en la elaboración de Malbec en el sur de Buenos Aires, Bodega Aleste, en Médanos, plantó y destacó con Tannat y Malbec. Corría el año 2000.

Detrás de este primer empujón vinieron otros productores. Cerros Colorados y Bodega Saldungaray en Sierra de La Ventana; entre los partidos de Torquinst, Saavedra, Tandil y Tres Arroyos aparecieron algunos lunares de viña que fueron abriendo paso. Mientras que en el norte de la provincia volvía a la vida algunos viñedos en torno a Campana, como Bodega Gamboa o Antípodas, en Junín.

Los tintos ofrecen una paleta gustativa en la vereda opuesta a Cuyo, por ejemplo. Como el clima es húmedo, carecen de concentración pero ganan en frescura y una paleta de frutas vívidas, con taninos reactivos. En estilo más bordelés, si se quiere.

Resta contestar aquella primera pregunta de 2010: qué motiva a estos productores a hacer sus vinos. La respuesta tiene un matiz histórico. En la provincia de Buenos Aires se hicieron vinos hasta la prohibición de plantar viñas en 1934, que favoreció a Cuyo, lo que acabó con un rico patrimonio. Recuperar esa historia es una posible respuesta. La otra es la que ofrece Martín Abenel, un loco apasionado del vino que desde Bahía Blanca y en el garaje de su casa elabora SanteVins a contar de 2013. ¿Qué lo mueve? La emoción de hacer vino con sus manos. Partió con 13 botellas y hoy elabora varios estilos posibles, de los que hace 3 mil botellas, lo que lo convierte en un productor artesanal para la ley.

Con más o con menos dinero en los bolsillos, todos quienes plantan y elaboran en Buenos Aires se mueven por la misma magia.

Isabella. El vino de la Costa

En la zona de Berisso, a orillas del Río de La Plata, hay una tradición de elaborar vinos con uva Isabella, una uva nativa de américa, famosa por su sabor exótico. Las 25 hectáreas que hay en Buenos Aires se salvaron de la erradicación de 1934 porque para la ley no eran uvas viníferas. Así pervive una tradición a orillas del río. Se lo conoce como “vino de la costa”.

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