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100 años de Piazzolla, el rebelde que cambió las reglas del tango

"No hay cosa más difícil para un pueblo que le quieran cambiar las cosas. Y yo las cambié, especialmente esa religión que se llama tango", fue su lema.

No importa si ataca o se defiende; el peleador, en definitiva, siempre pelea. Y Astor Piazzolla se movía en esa delgada línea que limitaba entre el hombre criticado por sus pares y el que, al mismo tiempo, los provocaba. Fue un revolucionario, modificó los paradigmas de un género musical que parecía había nacido en un ensamble perfecto de notas y arreglos que no necesitaba de ningún cambio, pero él, aquel joven (y arrogante) bandoneonista que se había acunado en los acordes históricos del tango, rompió de una patada el armazón de esa cuna y se consolidó en el mundo del “dos por cuatro” despeinando con el aire de su fuelle todos los tradicionalismos que habían gobernado la música rioplatense.

“Uno mira a esos Grandes Valores del Tango y se da cuenta de que son programas necrológicos -reflexionaba Piazzolla-. Porque la gente vieja está cansada, no tiene entusiasmo. Y ni hablemos del tango, donde parece que están pegados, clavados... Pero los jóvenes están con los 220 voltios enchufados y yo soy así”.

Un siglo ya pasó desde aquel 11 de marzo de 1921, cuando en Mar del Plata, Asunta Manetti dio a luz a un varoncito al que, junto con su esposo Vicente “Nonino” Piazzolla, llamaron Astor Pantaleón. La pareja decidió que ése sería su único hijo porque no podría soportar un nuevo sufrimiento: el pequeño Astor tenía una malformación genética en su pierna derecha que, con el paso del tiempo, varias operaciones y muchísimo dolor físico, terminó en un plano de relativa normalidad, aunque le quedó una pierna un par de centímetros más corta que la otra. Esto no fue un problema en el desarrollo motriz del niño, aunque con el tiempo sí se transformó en un cierto resentimiento, que lo llevó a convertirse en un joven y luego un adulto de un carácter difícil, de pocas pulgas, que odiaba especialmente que lo llamaran “rengo”. Con el correr de los años, lo aclamarían y le gritarían genio.

Pero en aquella niñez de los años 20, cuando la familia hizo las valijas y se mudó a Nueva York en busca de mejores horizontes, la música y el tango eran un sueño más de Nonino que de Astor. Y fue su padre quien le hizo dos regalos que, al cabo, resultaron decisivos en la personalidad de aquel pibe que rápidamente había tomado aires de “ítalo-americano”: un par de guantes para aprender boxeo (y ganar seguridad, entendiendo su padre que el carácter se reforzaba con un buen par de puños) y un bandoneón que compró en una casa de empeños.

Piazzolla aprendió pronto todo lo que le enseñaban. El manejo del instrumento, que una clienta a la que Asunta le hacía la manicura comenzó a enseñarle, y el rápido “1-2” del box que Nonino le había detallado. Pero también se familiarizó con velocidad y precisión con el idioma y el acento neoyorkino, y en el “Little Italy”, el barrio de italianos en el que vivía, se hizo conocido por su buena trompada de izquierda y se ganó el apodo de “lefty” (zurdito) cuando entre varones debían resolver las cosas a los golpes.

Pero, curiosamente, más le sirvió en su regreso a su natal, pero prácticamente desconocida, Mar del Plata. Tenía 9 años, el crac económico de la década del 30 que vivió Estados Unidos espantó a Nonino y Asunta que hicieron las valijas y pegaron la vuelta, aunque no fue la mejor de las experiencias para Astor, quien sufrió el bullying de sus compañeros de colegio, por su renguera y por su castellano americanizado. Los chicos, se sabe, suelen ser crueles en sus burlas, aunque éstas se terminaron “cuando lefty empezó a pegar”, según describió él mismo, y no sin orgullo, muchos años después.

De todos modos, se sintió plenamente feliz cuando, al poco tiempo, nuevamente la familia se mudó a Nueva York. Ahí comenzó su etapa de adolescente, vivió su única experiencia del tipo “gángster” cuando robó una armónica de la tienda Mancy´s de Manhattan y la policía lo atrapó. Camino a la Comisaría, pudo zafarse y correr, dándose cuenta de que semejante estupidez no iba con él, el mundo del delito no era lo suyo por más que aquello haya sido apenas una travesura de niño. En la escuela le enseñaban y en la calle aprendía, y el pentagrama surcaba su vida. El jazz, la música americana, la ópera… Y el tango, claro, gusto que se le potenció cuando conoció a Carlos Gardel, que se hizo amigo de la familia y lo invitó a ser parte de la película “El día que me quieras”, que se filmó en enero de 1935 y en la que hay una escena en la que Astor, de casi 14 años, personifica a un canillita. El “zorzal criollo” murió unos pocos meses después, el 24 de junio, pero dejó una fuerte huella en Piazzolla, quien siempre lo consideró “el número 1”.

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Piazzolla y Gardel, dos estrellas del tango.

Piazzolla y Gardel, dos estrellas del tango.

Fue en los años 40 cuando Piazzolla empezó a ser Piazzolla, el intérprete virtuoso y el compositor distinto. Acompañó a la orquesta de Francisco Lauro que, como todo tanguero de época, tocaba en los cabarets porteños, algo que más pronto que tarde incomodaría al gran Astor. Pero entonces, en aquellos inicios, no dejaba de ser un joven travieso, que fue capaz de aflojarle los tornillos al bandoneón de Lauro para que se le desarmara en el escenario, en plena función, o encerrar con llave a los bailarines en el camarín para que no puedan hacer su número en el momento pautado. O hacer estallar petardos en los sectores reservados de las “boites”, donde los clientes iban a tener sexo con las prostitutas del lugar, las que servían los tragos a los hombres y eran llamadas “coperas”.

También en los primeros años de aquella década en la que el tango reinaba en todo Buenos Aires, se dio el gusto de vida: tocar con su admirado Aníbal Troilo, representativo del más tradicional de los tangueros.

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Piazzolla y Troilo.

Piazzolla y Troilo.

El tango de Pichuco o el tango de Piazzolla, marcaría la grieta de los años siguientes, aunque en aquellos momentos lo que más hacía sufrir al gran Astor era que los músicos de la orquesta le tacharan los arreglos que él hacía porque los consideraban tan modernos en algunos casos que casi no era tango. ¿Fue tango lo que hizo Piazzolla cuando disparó su carrera como primer bandoneón? Esa pregunta lo persiguió, y lo disgustó, hasta el último de sus días, porque la gloria y el reconocimiento lo acompañaron tanto como quienes refutaron su estilo, porque “el tango es lo que es, y lo que hace Piazzolla es una mezcla de jazz, sinfónico… no es tango”, decían los tradicionalistas.

“Sin dudas mi profesora en París, Nadia Boulanger, me hizo girar 180 grados. El Piazzolla que volvió en 1955 a Buenos Aires, revolucionó todo el tango y ahí se armó el gran despiole, el gran cambio. Que era lo que hacía falta”.

Boulanger doblaba en edad a Piazzolla y también en conocimientos. Tenía una enorme experiencia como compositora, como directora de orquesta y concertista, y como pianista, pero especialmente como profesora. Eso y sus conocimientos conquistaron a Piazzolla, que en 1954 se había mudado a París y que supo que sabía poco a pesar de que sabía mucho, y que tenía por delante un terreno propicio para hacer crecer su música, tanto su capacidad interpretativa y como compositiva. Su retorno a la Argentina y la cercanía a la década del 60 fue para pisar el jardín marchito de un tango que se moría tal como había sido concebido. La juventud ya no le pertenecía como antes, los chicos y las chicas bailaban rock. Y Astor no incorporaría el rock al tanto, pero sí el jazz, que es parte de la génesis del rock. Por sobre todas las cosas, la palabra modernidad fue la que acompañó sus exquisitas composiciones, que se ganaron un enorme campo internacional y no tanto nacional. El tango de Piazzolla era para escuchar más que para bailar y se hizo más famoso afuera que adentro, una postal de la vida del bandoneonista marplatense, que creció y se sintió muy cómodo en Nueva York y tuvo su gran alumbramiento musical en París.

“Adiós Nonino”, un homenaje a su padre cuando se enteró que éste había muerto en 1959, se convirtió en una obra visceral para Piazzolla, según él la mejor porque “me propuse hacer mil veces una superior y no pude”. Quizás jamás pudo hacerla competir con otras composiciones de alto valor como Libertango, La suite del ángel, Las cuatro estaciones porteñas o Concierto para bandoneón -por citar solo algunas- justamente por la trascendencia emocional que, naturalmente, Nonino tuvo en su vida.

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Astor se radicó para siempre en la Argentina aunque, con su música, se convirtió en un ciudadano del mundo, que llevó al tanto, a “su” tango, a todos lados. Ya poco le importaba la grieta tanguera porque en definitiva su estilo sobrevivía a los tiempos, incluso a los suyos. Igual, siguió peleando, aquel niño “lefty” continuaba en su interior, aunque en otro formato. Como aprendió de su papá, había que saber trompear para hacerse respetar y ganar seguridad. Por suerte, Piazzolla hizo supo componer música de manera brillante y no dejar las disputas supeditadas sólo a la ley del más fuerte. Con su talento tenía material suficiente como para imponerse con la ley del más creativo.

Con una mirada de antipatía hacia el fútbol, adoró a Diego Armando Maradona; fue antiperonista pero no le gustó ser gorila; desconsideraba a la clase política y sindical aunque se arrepintió de haberle dedicado a Alfredo Astiz el tema “Los Lagartos”; se hizo amigo de Borges y después se peleó, cuando el escritor dijo que Astor no sabía nada de tango y éste contestó que Borges era sordo; se hizo amigo de Cortázar también pero se desencontró para siempre luego de aceptar una invitación del entonces presidente Jorge Videla, aunque sobre aquella cena con el dictador aclaró en sus memorias que “no fue una invitación: me mandaron a buscar. Vinieron dos tipos de negro con un sobre y una carta donde decía que el presidente Videla me esperaba tan día a tal hora. En ese momento me di cuenta de que hacerse el machito no servía de nada”. Sin embargo, tiempo después analizó que “nos faltó un personaje como Pinochet; quizá a la Argentina le faltó un poco de fascismo en un momento de su historia”. Él, en cierto modo, dio la talla acerca de esa definición, porque enojado con su guitarrista Tommy Gubitsch, después de que éste hablara mal desde Europa de los militares en tiempos de la dictadura -Piazzolla le había pedido que no lo hiciera- calificó al músico de “ególatra, drogadicto e izquierdista”: con ese comentario hecho ante autoridades militares, le cerró las puertas del país mientras duró el gobierno de facto.

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Fumaba entre tres y cuatro atados de cigarrillos por día. Su salud se fue deteriorando con el correr de los años y los problemas empezaron desde joven, dado que en 1973, cuando tenía 52 años, sufrió un infarto y 15 años después le hicieron cuatro by-pass. Hasta que en el último tramo de su vida, a partir de 1990, padeció un infarto cerebral producto de una trombosis y ya no pudo levantarse más de la cama donde permaneció hasta su muerte, en julio de 1992.

“¿Vos sos Piazzolla? ¡Chupame las bolas, ja!”, contó Charly García que alguna vez le dijo a Astor, en un encuentro casual que tuvieron en Nueva York. Al rockero le habían molestado algunas críticas impiadosas, excesivamente sarcásticas, del bandoneonista contra el rock nacional, incluidos él y Spinetta. Aun así, Charly lo describió como a Piazzolla más le hubiese gustado escuchar: “Era un tipo que iba para adelante como loco y criticado por los jóvenes se ayer. Tenía ideas nuevas, no se le caía el pelo y sabía tocar mejor”.

Como el propio Piazzolla fantaseaba: su música perduraría y sería escuchada en 2020… Y en 2021, un siglo después de su nacimiento, también.

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