Pasaron 59 años desde que se lanzó el concurso que los habitantes de Neuquén participaran en el diseño del escudo que debía tener la provincia.
El 25 de febrero de 1958, poco antes de que se eligiera al primer gobernador constitucional de Neuquén, se hizo la convocatoria: se podían elegir los motivos y los colores que fueran con tal de que el escudo fuera realmente representativo del territorio.
Y así fue que todo aquel que tuviera alguna idea terminó plasmándola en una cartulina blanca para postularse como el creador de la flamante insignia neuquina y con la firma del seudónimo detrás, para darle mayor transparencia al certamen.
De todos los proyectos elegidos, el jurado quedó impresionado con uno en especial, debido a las líneas modernas y simples que tenía el diseño. Lo había dibujado Aldo Mástice, un joven que se dedicaba al dibujo de manera amateur y que, como tantos, soñaba con quedarse con el primer premio.
Dentro del escudo hexagonal, Mástice incluyó al volcán Lanín, el sol, dos manos abiertas, un pehuén y un grupo de estrellas.
“Su forma estilizada y el equilibrio todo que trasunta su figura, es el sentir del siglo que tuvimos, del adelanto y la superación”, fue parte del texto de la ley que oficializó el escudo de Neuquén.
Ayer se cumplieron 59 años de uno de los primeros pasos que dio el territorio antes de convertirse en provincia: la creación de una insignia que lo identifique, que tenga la esencia y el ADN del sentir neuquino, en un solo dibujo. Poco más de medio siglo de aquel concurso lanzado que tanto entusiasmo generó entre los habitantes de Neuquén.
Mástice incluyó al volcán Lanín, el sol, dos manos abiertas, un pehuén y un grupo de estrellas.


