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La Mañana

"A Amalita le gustaba que la quieran"

A un año de la muerte de Amalia Lacroze de Fortabat, las autoras del libro "Amalita: la biografía" cuentan los detalles de la vida y la personalidad de la mujer más rica de Argentina.

No se sabe si es una gracia que hacía en público o una costumbre cotidiana. Pero muchos de los que compartieron cenas y cócteles con Amalia Lacroze de Fortabat dicen que la dueña de Loma Negra no apoyaba las copas; simplemente las soltaba en el aire. Lo mismo con el tapado cuando llegaba a un evento. Pero ni las copas ni el tapado llegaban nunca a rozar el piso: siempre había alguien atento para atajarlos. Pero en otra escena, tan o más habitual que esa, la misma mujer estaba sentada en la sala de espera de un hospital de niños con una madre angustiaba esperando el resultado de la operación de su hijo, o sentada en la cama de un ex combatiente de la guerra de Malvinas en Campo de Mayo escuchando el relato del horror. “Amalita era eso. Podía ser la más sensible y humana, y podía ser la más despiadada y caprichosa: incomodar a su familia diciendo que había sacado o incluido a alguno de su testamento; cansarse de un empleado y echarlo sin excusa ni explicación;  y parar el tránsito de Avenida del Libertador para subir hasta su departamento del piso 12 una alfombra de tres toneladas que se había hecho tejer por cuatro artesanas de Catamarca durante cuatro años”, dicen las periodistas Marina Abiuso (Noticias) y Soledad Vallejos (Página 12), autoras de "Amalita: la biografía" (Sudamericana). El libro cuenta todos los detalles de la vida de quien fue la mujer más rica y poderosa de la Argentina. Amada, odiada, temida y, sobre todo, mitificada, que falleció el 18 de febrero de 2011 a los 90 años.
 
¿Era tan filántropa como se decía?
S. V.:
Sí. Ya Fortabat había empezado en su fábrica con una departamento de Acción Social que se ocupaba de los problemas de sus empleados. Y cuando ella se casó con él, se interesó por esa área, la formalizó y se ocupó personalmente de muchos casos. Un tiempo después de enviudar, en 1976, la Fundación que había creado su marido pasó a tener su nombre y la obra no paró de crecer: en Olavaria hicieron escuelas, hospital de niños, donaron equipamiento a hospitales en Buenos Aires... En cinco años pusieron 20 millones de dólares. Era institucional y también en persona.
M. A.: Amalita fue una persona muy luminosa para mucha gente a la que realmente le cambió la vida. Hay una historia de una niña prodigio a la que le compró una casa para ayudarla a que pudiera seguir estudiando. Y nunca la conoció. Con Malvinas se comprometió personalmente: iba a Campo de Mayo a ver a los ex combatientes, les compró radios y televisores, les llevaba latitas de Coca Cola, que en ese tiempo era una rareza; y también se ocupó de hacer que muchas familias del interior, que vivían en el campo y sin medios, se enteraran de que sus hijos habían vuelto de la guerra. Una vez le dio plata a Lita de Lázzari para que los llevara a comer “al mejor lugar” de la Costanera.
 
Era amada por un lado, pero también temida.
S. V.
: No era una mujer fácil. Era muy caprichosa y ejercía el poder tanto dando estos toques mágicos de cambiar vidas como echando a un empleado simplemente porque se cansaba. Tenía muy poca gente de confianza y algunas buenas amigas, pero no tantas como ella decía, porque además era muy misógina.
M. A.: Encontramos gente que la amaba y que la odiaba. Ella establecía en general relaciones de verticalidad y poder, para bien o para mal. Y eso le impedía establecer relaciones de paridad con otros. Más allá del temor, a todos sus empleados les hacía firmar contratos de confidencialidad... Que por suerte para nosotras algunos no respetaron.
 
Por su casa pasaron políticos de todos los partidos y colores. Y se dice que siempre se iban con un sobre bajo el brazo. ¿Tenía una ideología política o los negocios estaban por encima de todo?
S. V.: Ella tenía muy claro que desde el poder económico tenía una perdurabilidad que no iba a tener nunca nadie en el poder político y que si ella sabía manejar fluidamente las relaciones con la política, con todo el espectro, le iba a ir muy bien. Esa era su filosofía. Nunca se afilió a ningún partido, pero fue amiga o tuvo relación con casi todos: desde (Arturo) Frondizi hasta Fernando (De la Rúa), pasando por (Juan Carlos) Onganía, que era amigo de su marido, (Álvaro) Alsogaray, de militares como (Albano) Harguindeguy, (Raúl) Alfonsín, (Carlos) Menem.... Todos pasaron por su casa.
M. A.: Y ella se divertía contándole a sus amigos que los invitaba como “a señoras a tomar el té”. Y a todos los hacía recibir por la mucama y los dejaba unos minutos esperando en el living, como para que apreciaran sus cuadros millonarios, su lujo. Hay una escena que ilustra su cintura política: en 1988, en pleno fin de Alfonsín, se casó su nieta mayor, Bárbara Bengolea con una fiesta impresionante. Ella armó su mesa con Enrique “Coti” Nosiglia, (Antonio) Cafiero y Menem. O sea, el poder del radicalismo y los dos candidatos del peronismo. Siempre, sin excepción, apoyó al poder de turno.
 
También a la dictadura militar, que fue el motor del gran crecimiento de Loma Negra.
S. V.:
Sí, claro. Ella debutó al frente de la empresa con la dictadura. Porque Fortabat murió a principios de 1976. Ella negoció con la dictadura, y Loma Negra se convirtió en la gran contratista de la obra pública de los militares: autopistas, estadios de fútbol, todo... A ella en 1980 le encantaba decir que en 4 años había hecho lo mismo que su marido en 40.
M. A.: De hecho, en 1980 Loma Negra tiene un pico de venta de cemento que no vuelve a igualar hasta 1999. Esos son los dos mejores momentos de Loma Negra.
 
¿Cómo era la relación con Fortabat? Hay una anécdota de que ella estuvo a punto de fugarse con un embajador español en la década del '70 y que volvió cuando Fortabat la llamó y le dijo: “Las joyas que te llevaste son las réplicas, las verdaderas están conmigo querida”.
M. A.: Tenían una relación apasionada y de mucho amor. Pero también discutían con vehemencia. Eso sí, en francés, para que los empleados no entendieran.
S. V.: El del embajador fue uno de los escandaletes más conocidos. Pero hay varias historias. Era muy común verla comiendo en el Hotel Plaza con amistades masculinas bastante más jóvenes que ella a los que presentaba y cambiaba muy seguido.
 
Además de los mitos a su alrededor, están los que ella misma se creó. ¿Mentía cuando contaba su vida?
S. V.:
La realidad era maleable para ella: Descubrimos, entre otras cosas, que le cambió la fecha al retrato de Andy Warhol porque se lo hizo en 1982, plena guerra de Malvinas, y en el catálogo de su museo, en Puerto Madero, dice que fue en 1980. Descubrimos que no creció en París, como decía para contar que el francés había sido su primera lengua. O que Federico Lacroze, el del primer tranway no era exactamente su abuelo, como ella decía, sino un tío abuelo... Su poder caprichoso, también, hacía sufrir a la verdad.
 
¿Cuál era la fortuna que tenía Amalita cuando murió y cómo se repartió?
M. A.:
Compuesta por muchas propiedades, mucho efectivo y toda su colección de arte, al momento de su muerte, la fortuna de Amalita estaba estimada en 1200 millones de dólares y era la cuarta de la Argentina. Ella solía hablar de su testamento y jugar con la idea de a quienes había incluido o sacado, pero la realidad es que en el expediente sucesorio no hubo testamento. Por lo que hay una sola heredera que es su única hija, Inés de la Fuente, de su primer matrimonio. De todas maneras ella fue una persona muy generosa en vida con sus tres nietos, así que muchas propiedades y dinero ya estaban repartidos. Por ejemplo, a cada uno les regaló para su casamiento, un piso en Libertador y un viaje alrededor del mundo.
 
¿Por qué vendió Loma Negra? ¿No confiaba en sus herederos para seguir con la empresa?
S. V.: En realidad la vendió porque estaba muy endeudada. Y lo hizo después de echar a su nieto Alejandro, que era el que había elegido como sucesor en la cuestión empresarial: le había contratado a Ricardo López Murphy como tutor y lo había mandado a formarse a Estados Unidos. Pero Alejandro, que se puso al frente en un momento de crecimiento de la empresa, abrió la segunda planta de Olavarría, enorme, modernísima y con una capacidad productiva descomunal que, llegado 2001, fue la causa del endeudamiento. Ahí las cuentas se fueron en picada y Loma Negra tuvo su mayor crisis, que también fue familiar. Alejandro pagó el precio de esa decisión de ampliarse que terminó siendo desacertada y se retiró de los negocios familiares por completo: se fue a estudiar psicología y a trabajar al Hospital Borda, literalmente. Después de eso, Amalita rearmó un equipo para sanearla y venderla, algo nada fácil. Finalmente en 2005 se la vendió al grupo brasileño Camargo Correa, con lo cual la principal cementera de la Argentina terminó en manos extranjeras.