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A la escuela a caballo: el sacrificio de una madre rural para educar a sus diez hijos

Así debía trasladarse para que sus chicos fueran a una escuela de Manzano Amargo. Se llama Lucila González, vive en el paraje El Pino, del norte neuquino, y esta es su historia.

Construir una vida donde falta de todo y no sobra nada, no es tarea fácil pero no imposible. Y los hombres y mujeres del norte neuquino que nacieron hace varias décadas atrás lo saben y mucho. A ellos les tocó como misión empezar a establecer los cimientos de los pueblos prósperos que hoy las nuevas generaciones tienen y disfrutan. Lucila González (de 63 años) es una de esas vecinas que a fuerza de garra y corazón supo salir adelante primero sola y después con toda su familia. Hizo y hace de todo para colaborar y sostener la economía familiar.

Unos 40 años atrás unió su destino con David Morales (de 70 años) y juntos le dieron vida a una de las familias más reconocidas de este rincón neuquino al pie de la majestuosa Cordillera del Viento.

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Lucila sabe del campo como ninguna. Todas las actividades le son propias. Al lado del Cerro Villegas pasó las primeras etapas de la vida junto a sus padres. Allí aprendió a descifrar el campo y todo lo que aprendido aún lo lleva en sus manos y en su alma. Con los años llegaría al paraje El Pino, un área de bosques a 8 km de la localidad de Manzano Amargo.

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En El Pino con los años pudieron establecer la invernada de los animales que junto a su esposo comenzaron a criar y a desarrollar. Desde esa época también se animó a arrancarle la riqueza a las tierras fértiles. Muy pronto choclos, zapallos, arvejas, ajos, porotos, zanahorias, acelgas y todo lo que se diera comenzaron a darle vida a la tradicional huerta a cielo abierto. Y con el tiempo empezó a incursionar en producción en invernaderos. “Siempre me gustó sembrar y tener mi propia verdura. La producción es para nuestra casa y para convidarle a nuestros hijos y a aquel que nos visita”, relató Lucila con orgullo. En la actual temporada la producción de gran cantidad de zapallos y de considerable tamaño le dieron la razón de que hay que animarse a producir.

“Vivir en el campo es lo que me gusta, yo no me hayo (sic) en el pueblo, cuando voy me quiero volver enseguida. Aquí junto a mis plantas y mis animales soy feliz”, agregó.

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Lucila, junto a su esposo, le entregaron 10 hijos al norte neuquino. “Cinco varones y cinco mujeres. Hice de todos por ellos y hoy estoy muy feliz y orgullosa porque todos son personas de bien y muy trabajadoras”, aseguró.

Sus hijos fueron criados cuando todo era más difícil y con menos recursos. Algo similar había pasado con ella en su lugar natal. “Yo recuerdo que me iba a caballo a la escuela de Manzano Amargo, era muy sacrificado”, dijo. Quiso la historia que la misma faena la tuviera que repetir con sus propios herederos. “Los llevaba a caballo hasta la escuela albergue los lunes bien temprano y los iba a buscar los viernes por la tarde”, cuenta con la mirada en el recuerdo de aquel sacrificio. “Después, cuando más hijos iban a la escuela, los llevaba también con la compañía de otro caballo sillero”, resaltó. Por fortuna con los años las cosas fueron mejorando y un medio de transporte ya cumplía esta “procesión escolar” en este paraíso neuquino.

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Lucila contó que dos de sus hijos, a pesar de tener sus propios trabajos, heredaron la pasión por el campo y hoy colaboran en la crianza de los animales. “David Jesús y Lucas andan en el campo siempre, quieren lo que hacen y nos hacen mucha compañía al igual que todos mis hijos. Algunos hicieron su vida lejos (Junín de los Andes, Aluminé, Neuquén) y otros están muy cerca. Somos una linda familia y eso se lo agradezco mucho a Dios”, contó con emoción.

Junto a David, el compañero de vida de casi 40 años, componen una pareja emprendedora y luchadora hasta estos días. Desarrollan sus labores de campo en su invernada y también en la veranada que tienen en Mallín Arriba. Hasta ese lugar, Lucila montada a caballo es parte esencial del ritual de estas tierras que es la trashumancia. Tampoco le esquiva el cuerpo a la época de parición o a las tradicionales marcación y señalada de cada animal que componen su capital. “Desde amamantar a un chivo guacho hasta hacer pan casero en horno de barro, hacer mote y juntar ñaco de la molienda de un molinillo hasta hacer queso de vaca es lo que hago aquí en mi casa en mi querido puesto”.

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Por último y en relación a la pandemia que acontece contó que la viven tranquilos y con bastante seguridad. “Aquí tenemos dos puestos vecinos nomás y casi que no vamos al pueblo, siempre nuestros hijos nos asisten. Igual nos cuidamos mucho”, dijo.

Así, con toda esta historia, Lucila pone bien en alto el temple, la valentía y el empuje de la mujer campesina. No mezquina esfuerzos y celebra los logros de sus hijos y de su familia como suyos.

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