A pura energía, Olga le da pelea al cáncer de mama

"Este tumor no sabe dónde se metió", asegura la mujer de 68 años.

POR SOFIA SANDOVAL / ssandoval@lmneuquen.com.ar

“Este tumor no sabe dónde se metió”, se repite Olga antes de cada una de las innumerables citas para tratar su cáncer de mama. Aunque su enfermedad fue descubierta hace dos años en un estado avanzado, no logró corromper su actitud positiva para darle batalla. Ahora, recomienda estar siempre alertas para detectar el problema a tiempo.

Olga vivió 66 años lejos de cualquier enfermedad. No sabía de gripes ni de dolores de estómago, por lo que solía saltearse las visitas a los consultorios médicos. “Mi último control fue hace 35 años, cuando nació mi hijo más chico”, explica y admite que los chequeos preventivos podrían haber cambiado su historia. Hace dos años, la docente jubilada sintió un fuerte dolor en el ciático con no cedía ante ningún intento por lograr la calma. Tomó ibuprofeno, desinflamantes y hasta consultó a un médico de guardia que le recetó inyecciones. El dolor seguía y optó por pedir un turno para hacerse una simple radiografía, que le permitió ver una mancha en la columna vertebral.

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La noticia de que tenía un tumor de cuatro centímetros en la mama izquierda cayó como una bomba y pareció afectar más a su círculo cercano que a la propia Olga, que aceptó su destino con resignación y una actitud optimista que la lleva a cumplir a rajatablas las indicaciones de Luciano Piazzoni, el oncólogo que la atiende en el Centro Oncológico Integral (COI).

“Como ya está en estado de metástasis y le gustan mucho los huesos, me recomendaron no hacerme cirugías para no molestar más al organismo”, explica la paciente, y aclara con orgullo que su tumor se redujo hasta tener sólo 1,5 centímetros de tamaño. Pero los buenos resultados también tuvieron su precio: el cáncer llegó a devorar una de sus vértebras y eso la obliga a usar bastón y un corset para sostener la columna, su calendario de vacunas no le permite hacer viajes y la agresiva quimioterapia le robó su pelo y sus uñas fuertes.

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Sin embargo, Olga prefiere no quejarse y se aferra a los tratamientos avanzados que ofrecen en el COI. También al cariño de Luciano, su oncólogo, que la reconforta con un calor humano que parece curar más que las drogas y los rayos. Cuando la saluda llamándola Olguita o le pregunta por su papá de 99 años, la mujer siente la contención necesaria para renovar la esperanza y apostar un día más a mejorar su calidad de vida.

“Tengo familia en Córdoba y en Buenos Aires que me ofrecieron mudarme allá, pero yo elijo seguir en mi ambiente y tratarme en Neuquén”, señala Olga, que recibe el apoyo incondicional de su marido y cuenta con ayuda doméstica para cuidar de su padre anciano. “Hay cosas que ya no puedo hacer, como pasar el trapo o rotar los colchones, pero ya me merezco descansar a los 68 años”, bromea.

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La mujer insiste en la importancia de hacer los controles anuales que nunca se hizo, aunque afirma que el cáncer no ofrece garantías. “Conozco gente que se hizo los chequeos y el tumor los sorprendió igual”, señala. Por eso, recomienda también estar en alerta permanente. “Cuando aparece cualquier dolor, no hay que dejarse estar, una simple radiografía puede detectar el problema”, asegura.

Después de dos años de tratamiento y sin cirugías previstas, Olga no puede considerarse curada, pero sí satisfecha por haberle dado pelea a la enfermedad y haber reducido su tumor. Para el futuro le esperan tres meses de vacunas y el cariño inalterable de su médico y su familia, que consigue refundar a diario sus ganas de seguir peleando.

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