Abrir los brazos

En un mundo que enaltece la vida nómade y la migración por placer, los migrantes pobres siguen siendo rechazados.

Nunca estamos quietos, somos trashumantes; somos padres, hijos, nietos o bisnietos de inmigrantes”, canta Jorge Drexler en su canción “Movimiento”. A salvedad de poquísimas excepciones, todos nos podemos identificar con esa frase y encontrar, en nuestro círculo más cercano, a un viajero que dejó su tierra natal en busca de otro porvenir.

El propio cantautor publicó en sus redes sociales un pedido a las autoridades de la Unión Europea para que habiliten un puerto que reciba a una embarcación de la ONG Open Arms con 121 inmigrantes africanos que fueron rescatados cuando estaban a punto de naufragar en el Mediterráneo, en un intento desesperado por escapar de la guerra y el hambre en sus países de origen.

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Las intransigentes políticas migratorias de las grandes naciones parecen no conocer esa canción. No reconocen que parte de su esencia está formada por una característica intrínseca de la humanidad: el desplazamiento. No se acuerdan de los miles de barcos que salieron de sus puertos hacia otras latitudes, cuando sus estómagos apretados empujaban a los propios europeos a arriesgarse a naufragar.

En un mundo que enaltece la vida nómade y las migraciones por placer, los migrantes pobres siguen siendo rechazados. ¿Será por su falta de recursos, por su desesperación o apenas por el color de su piel? ¿Por qué se los considera inaceptables cuando, detrás de ellos, impera la necesidad?

Reconocer el germen migrante que late en nuestra propia esencia es la única forma de comprender las motivaciones detrás del riesgo excesivo que hay en las balsas que naufragan en el Mediterráneo. Y la comprensión es el primer paso para abrirles los brazos.

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