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La Mañana pizzería

Adiós a Jorgito: "Buen viaje Viejo, se te va a extrañar"

"Me parece que hice las cosas bien", decía Jorgito orgulloso cuando veía la pizzería llena y manejada por sus hijos.

La noticia en apenas un par de horas golpeó en lo más hondo del corazón a los más cercanos y a muchísimos neuquinos. Jorgito Hernández, ese laburante incesante y alma mater de la pizzería Horacito, dijo adiós a los 85 años.

En estos tiempos complicados, de temor, incertidumbre y también con alguna cuota de esperanza, el COVID no dio tregua y entristeció a esta ciudad. El 23 de octubre de 1966, Jorge comenzó a escribir la historia de la pizzería más antigua de esta parte de la Patagonia cuando abrió sus puertas en la calle Perito Moreno 440. Desde esa fecha, a partir de las cinco de la mañana, el Viejo –como lo llamaban cariñosamente los más íntimos- comenzó con la tarea del amasado para satisfacer a su clientela, que fue mutando en más de tres generaciones.

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Es que Horacito (desde 1981 funciona en Félix San Martín 644) más allá de transformarse en una especie de museo de Boca Juniors (en su local se pueden apreciar láminas de jugadores históricos como Ubaldo Rattin, Roberto Mouzo, Hugo Gatti, Silvio Marzzolini, Pancho Sá y Maradona), se transformó en un espacio que es una visita obligada para llevarse ese manjar de media masa -en molde- lleno de muzzarella y otras especies.

Neuquinos de toda la vida, neuquinos por adopción, hijos y nietos de esa misma sangre se encargan de mantener ese ritual que no para. El encuentro cara a cara, las cargadas sanas (según los resultados del xeneize), la charla amena, son parte de ese clima descontracturado con aire familiar.

Y justamente, Jorgito, que por achaques del cuerpo les delegó el negocio a Horacio y Claudio (sus hijos), se volvió en ese actor protagonista que la gente quería ver para revivir anécdotas o para hasta llevarse una foto. Es que era muy común escuchar a jóvenes contarle a Jorge que llegaron a Horacito de la mano de sus abuelos cuando eran muy pequeños. Y era una sorpresa, para aquellos que se fueron y después de algunos años regresaron a Neuquén, el volver a reencontrarse con su fundador. Quizás esa fue y es la gran clave y virtud que tuvo para un negocio que es historia: la amabilidad, la entrega al laburo, el respeto, sacrificio y sobre todo el cariño recíproco para que Horacito sea algo más que una pizzería.

En cada visita que hacía en la semana, Jorge, desde un sillón –ubicado apenas a unos metros del pasillo que conecta la pizzería con su casa- observaba todo y en ocasiones se arribaba al mostrador. Ni bien ingresaba me iba directo al fondo. “Qué lo parió ‘Viejo’. Está a full la pizzería”, era el primer comentario después del saludo. Y mientras miraba satisfecho respondía con una sonrisa: “Me parece que hice las cosas bien”. Y si, Jorge. Hiciste más que eso. Hiciste que gran parte de los espectadores de esta tierra ayer se les caiga un lagrimón de esta película de vida que es Horacito. ¡Buen viaje Viejo! Se te va extrañar. Y mucho.

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