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Alguna vez fuimos crueles

Los viejos monumentos plantean dejar las disputas al desnudo o borrar la crueldad de la memoria.

No hace falta decirlo. Pasan los años y ya no pensamos igual. Quizás sea el clima social o la emoción popular que se modifica. Quizás significa que crecimos, que evolucionamos, y que por eso nos volvimos más sensibles. O quizás sea que nos lastimaron con heridas nuevas que todavía nos duelen demasiado.

No es que nos ofendemos fácil; es que estamos heridos. Y aunque muchos consideran que los hombres rudos del pasado dieron paso a nuevas generaciones de cristal, que son demasiado frágiles ante las ofensas, la opinión pública actual logra cuestionarlo todo: las fotos de las revistas, los piropos, las canciones, los monumentos. Todo corre el riesgo de volverse políticamente incorrecto.

En las últimas horas, las autoridades neoyorquinas retiraron una inmensa estatua del ex presidente Theodore Roosevelt del Museo de Historia Natural, que desde 1940 recibía a los visitantes en un caballo flanqueado por un hombre negro y un nativo americano. Las críticas sobre el mensaje racista y colonial que transmitía fueron tan abrumadoras que terminaron por derrumbarlo.

Para algunos, ver los monumentos del pasado con el prisma del presente es solo un juicio anacrónico que atenta contra el respeto a la tradición. Para otros, lustrar el bronce de una crueldad ya superada es demasiado hostil y doloroso, y solo refuerza mensajes que perpetúan esos gestos. Y sería imposible construir un pensamiento político más inclusivo levantando en andas a héroes cuyas acciones, hoy, nos resultan inaceptables.

Mientras que aquí dejamos las disputas al desnudo y hacemos que las estatuas de Julio A. Roca resistan las críticas y el vandalismo, en otras geografías borran de la memoria aquellos actos polémicos que supieron cometer. ¿Será bueno olvidar que alguna vez fuimos crueles?

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