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Amor, trabajo y complicidad: la dupla detrás del Kiosco Carlitos, un ícono del bajo neuquino

Carlos Pardo y María Tarifeño repasaron la historia del puesto revisteril de Olascoaga, que fue escenario del flechazo que los unió y de la vida que construyeron juntos.

Son las nueve y media de la noche y ni las bajas temperaturas de un otoño invernal ni las ganas de un plato caliente para la cena le quitan el humor a Carlos Pardo, quien luego captar al gesto de su pareja, María Tarifeño, deja de barrer las inmediaciones de su legendario kiosco y puesto de revistas "Carlitos" - un ícono del bajo neuquino- y se acerca para presentarse, desarmando con un comentario y una sonrisa esa primera impresión adusta y la distancia habitual que implica -por lo general- todo primer contacto.

Con ritmo, precisión y simpatía, ella atiende a los clientes que se asoman por la ventana del icónico puesto de Olascoaga 180, sin dejar de acomodar mercadería y prestar atención a los movimientos de la calle y al relato de su marido, a quien le dejó el protagonismo. Con el oficio en su ADN, fluye en forma armónica y casi imperceptible sin dejar pasar la oportunidad - cada tanto- de chicanear a su compañero con picardía y dulzura.

"¿Qué te puedo contar del kiosco? Es mi vida. Yo no necesito trabajar, pero vengo. Yo no tengo estudios, no tengo nada, fui a la escuela hasta segundo grado, pero sí aprendí a trabajar. Yo me crié trabajando. Mis hijos nunca pasaron hambre y pudimos viajar. Nosotros somos católicos y hemos ido a Jerusalén y a Belén a agradecer a Dios por la vida mía y por la de mi nieto que nació con una discapacidad pero que está muy bien. Es muy inteligente, maneja la computadora y el celular mucho mejor que cualquiera. Yo creo en Dios y cuando tengo un problema me encomiendo a él", sentenció Carlos con orgullo y gratitud hacia su fuente de sustento, que le permitió tener un buen pasar, y haciendo alusión a una serie de ACV de los que logró reponerse sin perder el entusiasmo y las ganas de mantenerse activo en todos los ámbitos de su vida, incluido su histórico kiosco.

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Un resiliente de toda la vida que supo abrirse camino con el dolor inmenso de crecer sin padres y perder a su abuelo con apenas 13 años de edad, lo que lo llevó a rebuscárselas como sea, desarrollando desde muy temprana edad su faceta de vendedor y cosechador de fruta en su Vista Alegre natal.

El amor por los perros quedó en él sellado a fuego por el vínculo con aquel compañero incondicional que lo acompañó cuando partió su único referente. Por eso, al día de hoy, callejeros o no, los sigue defendiendo a capa y espada.

Una vez cumplida la mayoría de edad, Carlos se instaló en Neuquén Capital y comenzó a trabajar en la empresa Pérez Companc. "Empecé como peón. Siempre me tocó ser chuncho, como se decía vulgarmente. Y llegué a ser supervisor. Ahí estuve casi nueve años, pero renuncié porque me separé cuando quisieron trasladarme a Venezuela. Me pagaban la casa, todo, pero lo rechacé y me vine a trabajar a la Legislatura", contó Carlos, para luego recordar que gracias a esa experiencia laboral tuvo la oportunidad de conocer al ex presidente Domingo Perón.

"Lo conocí en la CGT Azopardo, cuando el ministro de trabajo era Ricardo Otero. Nos hizo entrar a un sucucho donde Perón nos saludó", recordó haciendo referencia a un aprentón de manos en uno viaje a Buenos Aires que realizó junto a dos compañeros de trabajo.

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"A mi nunca me han echado por vago, sí por política", continuó contando Carlos, haciendo referencia a su militancia peronista y su actitud contestataria que sigue manteniendo en estos días. "Después del golpe (militar de 1976) me llevaron en cana a cachetazos. Me salvó una persona que dijo 'a él no lo tocan'. Me largaron a las horas, pero perdí el trabajo", señaló para luego comentar que, pese a esa intimidante situación, no lo paralizó el miedo y que tiempo después, por un conocido, consiguió un trabajo de chofer en el Tribunal de Cuentas provincial.

Escenario del primer flechazo y de toda una vida

En medio de los comentarios al margen de Carlos dando detalles de alguna anécdota, María intervenía para que no pierda el hilo cronológico de su relato. "En el 76 también me enganchaste a mi, fuiste como un golpe de Estado", le recordó la mujer con una sonrisa, mientras concluía una venta, dando pie a que cuente cómo surgió la historia de amor que los tuvo como novios por más de 40 años -antes de que decidieran pasar por el registro civil en 2014-, siendo el kiosco de Carlos el escenario del primer contacto y donde se afianzó la relación.

A mediados de la década del 60' Carlos decidió apostar por un kiosco que le diera "una entradita más", independientemente del trabajo que pudiera tener. El emprendimiento fue lanzado con el nombre Los lirios en la esquina de Perito Moreno. Luego lo trasladó a la calle tierra del Fuego y, más tarde, por sentidos de circulación de las calles y de las paradas de colectivos, lo instaló en Alcorta, "cerca de donde estaba el viejo destacamento de Gendarmería".

Fue justamente allí donde María tuvo el primer flechazo con Carlos. "Fue muy curioso porque yo no hice otra cosa que ser kiosquera", comenzó diciendo la vendedora, antes de hacer un breve repaso por su historia y contextualizar su encuentro con su compañero de vida.

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"Con mis papás vivimos en la calle La Pampa y luego nos fuimos a Plottier. Mi mamá tuvo la licencia comercial 002 allá. Tenía un bar que todavía está", comentó. "Yo luego pasé mi adolescencia en Cipolletti con unos tíos, quienes me iniciaron como kiosquera. Ellos tenía uno y yo iba y los ayudaba. Eso fue en el sesenta y pico. O sea, cuando él (Carlos) inauguró su primer kiosco, yo también empezaba como kiosquera", enfatizó celebrando la coincidencia.

"Con los años volví a Plottier y tuve la suerte de conseguir mi primer trabajo en el kiosco de la Universidad del Comahue acá en Neuquén. El dueño del kiosco sabía que yo venía de Plottier y que tenía que correr desde acá hasta allá arriba, no había colectivo en ese tiempo, entonces me trajo a una rotisería y fábrica de sándwiches que tenía en la Juan B. Justo. Macoco se llamaba, Yo trabajaba ocn Jorge Indra. Y de venir a tomar el colectivo lo conocí a Carlos porque su kiosco siempre estuvo en las parada de colectivos. Igualmente ante de que yo lo conociera, él ya me venía viendo. Fijate esas cosas de la vida", añadió con una sonrisa y un brillo en los ojos. "Era difícil de que se me escapara alguna liebre a mi", remató él entre risas.

"Mirá la liebre que te agarraste", sumó ella, antes de remarcar: "Siempre le digo que antes de darme un beso me dio las llaves del kiosco. Yo nunca trabajé como empleada de él", aclaró. "Desde que lo conocí estuve ayudándolo. Sin querer, despacito, despacito. Cuando nos quisimos acordar estábamos juntos", añadió.

Tras los años en sobre Alcorta, el kiosco Carlitos pasó un período en la calle San Luis hasta encontrar, a mediados de los 80', su actual ubicación en Olascoaga 180, en pleno Parque Central.

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"Seguíamos las paradas de colectivos. El kiosco nos lo hicieron hacer cuando cambió el Parque Central y nos instalamos acá. Antes teníamos un puesto de chapa. En esa época había menos gente y menos comercios, era otra cosa. Se vendían muchas más revistas y diarios, no como ahora. Los de Buenos Aires llegaban a la noche casi", advirtió María.

"A mi me gusta lo que hago, siempre me gustó. Me gusta el trato con la gente. Tenemos generaciones de clientes. Algunos vienen con sus nietos en brazos y me dicen 'Yo iba al jardín cuando usted me atendía en la calle Alcorta'. Por suerte tengo bastante memoria. Tuve un cliente que estuvo quince años afuera y apareció un día y le digo: '¿Cómo le va? ¡Tanto tiempo!'. 'Me reconoció señora', me dijo sorprendido. Luego de charlar un rato me dice: 'Simplemente quiero cigarrillos'. Y yo manoteé un atado de Imparciales. No podía creer que me acordara la marca que llevaba. Me pasó lo mismo con un hombre que me robó cuando teníamos el kiosco en Alcorta", dijo antes de contar una anécdota curiosa que tuvo tras un desagradable episodio.

"Fue un tipo que me hizo una seguidilla hasta que me enganchó. Pasó... y al año y pico, cuando ya estábamos acá en Olascoaga, vino a comprar cigarrillos y se asombró al ver que sabía que cuáles quería. '¿Cómo sabe que fumo Parisiennes?', me dijo y le contesté: "Señor, yo me puedo olvidar a lo mejor de las cosas buenas, pero de las malas no me las olvido nunca. Usted estuvo durante mucho tiempo controlándome'. Enseguida dijo: 'Deme, deme, deme' y se fue. Después nunca más lo vi", remató.

Una etapa a concluir

Para María y Carlos el kiosco fue su vida. Escenario de su cotidianidad y de los vínculos sociales que fueron entablando con figuras de la escena pública como Horacio Pechi Quiroga, a quien Carlos recuerda con cariño, e incluso "el viejo Felipe" Sapag. Lazos con gente de a pie, esos extraños conocidos que en muchas ocasiones terminaron siendo amigos.

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El kiosco fueron horas de esfuerzo y trabajo. Una fuente de sustento que los llevó a no poder compartir momentos con sus hijos pero como recompensa les permitió tener un buen pasar, tener revancha con los nietos y consolidar una familia.

"Tenemos tres hijos hermosos, trece nietos y dos bisnietas", detalló María antes de recalcar que si bien son una familia ensamblada los vínculos entre todos son como si los lazos fueran de sangre.

"Afortunadamente pudimos formar una familia. Creo que le dimos todo y creo haberles dado buenos ejemplos porque salieron buenas personas y porque entre ellos se quieren, se cuidan, se acompañan y se pelean como cualquier hermano. Nunca vas a escuchar a mis hijo decir 'la hija de Mari' o 'la mujer de mi papá' o 'mi padrastro'. Jamás. Para ellos yo siempre fui 'la vieja' o 'Mari', de última. Sí tengo muchas deudas con ellos por trabajar mucho. Trabajé para darles lo mejor, pero les hice faltar un montón de cosas, en especial mi presencia. A ellos no les faltó nada y tuvieron una linda vida pero no tenían un cumpleaños con fiesta tal como yo disfruto con mi bisnieta. Nosotros brindábamos en el kiosco en Navidad y Año nuevo. Eso me pesa y mucho. No lo puedo revertir, es lo que nos tocó, los que nos salía hacer y lo que pudimos hacer. Ellos igual no tienen rencores. A mi me queda la tranquilidad que nunca me han cuestionado. Ellos aceptaron y vivieron lo que nosotros pudimos darle en ese momento", reflexionó.

"Lo hicimos por el bien de ellos, nunca les faltó nada". sumó Carlos entendiendo el sentir de su compañera. "Yo le tengo mucho amor al kiosco. Lo que más destaco es que yo soy una persona sin estudio y esto me ha dado para vivir bien. Pudimos viajar... Todo se lo debemos al kiosco", resaltó.

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"Yo lo quiero mucho realmente, pero si me tengo que ir me voy porque no da para más realmente. No nos da para mucho más el cuero. Si nos dieran la autorización para venderlo lo haríamos, pero la Municipalidad no nos deja. No es porque no querramos trabajarlo, pero estamos grandes", reconoció el hombre.

"Más que alquilarlo quisiéramos venderlo porque cuando ya no es tuyo, listo. Más allá de que lo sigamos queriendo toda la vida, pero no queremos tener más la responsabilidad. Si lo alquilas y luego ves que hay cosas que no te gustan, es para problema. Igualmente tampoco lo podríamos alquilar porque la ordenanza municipal no lo permite", agregó María destacando que, a diferencia de otros emprendimientos familiares, sus descendientes optaron por abrirse camino por otros rubros y desarrollando sus carreras como profesionales. Una decisión que ellos respetan y que deja al kiosco sin candidatos para tomar la posta.

Más allá de ese deseo, todos los días a las 7 de la mañana María sigue abriendo el negocio y atendiendo a sus clientes con una sonrisa, disfrutando de ese oficio que supo amar desde pequeña. Carlos se suma a la tardecita, antes del cierre, luego del turno a cargo de un empleado. Más allá del cansancio y de sentir que es una etapa cumplida, mantiene el cariño y el entusiasmo intacto, agradecidos de ese emblema que los llevó a construir una vida.

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