Apadrinaron a 14 abuelos que nadie los visitaba

En el geriátrico Los Grandes, hay ancianos sin familia que dependen del Estado. Estaban solos hasta que un grupo de voluntarios los "adoptó".

Por Ana Laura Calducci - calduccia@lmneuquen.com.ar

Llevaban años en el geriátrico, olvidados por el mundo. Como no tenían familiares cercanos, no sabían lo que significaba recibir una visita. El único contacto con el exterior era saludar de lejos a la gente que veían del otro lado del cerco. Hasta que un día pasó por la vereda Julio Paz e hizo lo que muy pocos habían hecho: entró a compartir un rato con ellos. Desde ese momento, la vida de 14 abuelos cambió para siempre.

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Julio vive en Plottier y suele andar en bicicleta por la Avenida del Trabajo. Una tarde, hace tres años, vio a un grupo de abuelos que le hacían señas desde el jardín de una casona. “Me saludaron, así que paré y me acerqué a verlos, entonces, me encontré con un lugar que no conocía”, recordó.

Así se enteró que el hogar se llama “Los Grandes” y ahí viven 29 personas mayores, la mitad de ellas bajo la tutela del Estado provincial. Entre mate y mate, se fue haciendo amigo de la dueña, Ruth, y la mayoría de los residentes.

Con el paso del tiempo, a Julio le llamaron la atención 14 abuelos que jamás recibían visitas. A muchos los encontraron abandonados en alguna localidad del interior y, tras el paso obligado por el sistema de salud, los derivaron al geriátrico por no tener obra social ni una red familiar de contención.

La orfandad de esas personas lo impactó. “Me dolió que no tuvieran a nadie, porque a los otros los van a ver sus hijos y nietos, pero ellos están tremendamente solos”, recalcó.

Los encuentros con los padrinos se llevan a cabo después de las 17, cuando en el hogar los abuelos terminan de tomar el té y salen al jardín.

Indicó que las enfermeras y asistentes sociales se ocupan de cuidarlos, “pero les faltaba el contacto con una persona que vaya a conversar, a llevarles alguna cosita, un momento de cariño que va más allá de tener comida y cama”.

Después de darle la vuelta al asunto, pensó que sería bueno que tuvieran alguien en el mundo que piense en ellos, alguien a quien esperar cuando se levantan por la mañana. Así nació la idea de los “padrinos”, voluntarios que adopten a un abuelo como si fuera de su propia sangre. “No lo propusimos como una responsabilidad legal, sino ir de visita las veces que quieras, como un contrato de cariño”, aclaró.

El problema era dónde encontrar gente dispuesta a un compromiso a largo plazo. Julio inundó su página de Facebook de mensajes explicando la propuesta del padrinazgo e invitó al que quisiera sumarse.

En una primera etapa, reunió a nueve personas, que rápidamente se integraron en la comunidad de “Los Grandes”. Julio adoptó a Juan, un viejito de más de 80 años, que está feliz de ser su ahijado. Pero no quedó conforme; seguía habiendo abuelos solitarios.

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Se le ocurrió hacer una segunda convocatoria por Facebook, con fotos de quienes ya habían adoptado a un ahijado. Esa vez, la respuesta fue increíble. “El mensaje se viralizó, lo compartieron más de 800 personas y unas 300 me llamaron, así que invité a todos a ir el día que festejamos la llegada de la primavera, para inaugurar oficialmente el programa de padrinazgos”, indicó.

Ahora, hay madrinas y padrinos suficientes e incluso sobran manos para ayudar en lo que haga falta. Los encuentros son después de las 17, cuando en el hogar terminan de tomar el té y salen al jardín. En vez de saludar de lejos a la gente que pasa, como antes, los 14 abuelos que no tenían familia esperan ansiosos el momento en el que les avisan que llegó la visita.

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--> Una tarde de risas con payasos que derrochan solidaridad

Este fin de semana, en el hogar “Los Grandes”, celebraron la llegada de la primavera y, de paso, inauguraron oficialmente el programa de padrinazgos. El número central de la fiesta estuvo a cargo del grupo neuquino La Gran Payasada, que regala risas de manera solidaria y espontánea en cualquier lugar donde los llamen.

El elenco estable de La Gran Payasada son Alberto, Richard y Carmen, pero siempre suman a alguien más. A diferencia de los payamédicos y los artistas profesionales, no tienen una rutina programada y tampoco hay reglas, sólo se disfrazan y salen a repartir alegría a quienes la necesitan.

Alberto contó que empezó con el disfraz de payaso solo y después formó un equipo. “Arranqué en 2013, cuando falleció mi vieja, y esta fue la forma de llevar mi duelo, haciendo reír”, recordó.

El grupo no se identifica con banderías políticas, religiosas ni institucionales. Eso sí, tienen un ritual de iniciación para los que se animan a compartir escenario con ellos.

“La primera vez que maquillamos a alguien, les pintamos una estrella, un corazón y una lágrima”, remarcó Alberto.

Explicó que “la estrella es para recordar que todos tenemos un sueño, el corazón porque todos tenemos a quien amar y la lágrima para no olvidarnos de llevar nuestros dolores con una sonrisa”.

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