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Apuros, nervios y expectativa por la nueva capital de Neuquén

Momento histórico: todo el pueblo estaba ansioso por el acto. El interminable viaje en tren del ministro Joaquín González, la apretada agenda de actividades y hasta la preocupación por el asado.

“¿Llegará puntual o tendrá mucha demora?”. La pregunta se repetía una y otra vez en el grupo de funcionarios y vecinos que había llegado hasta la estación del ferrocarril para esperar el tren que venía de Buenos Aires. En la formación viajaban los funcionarios nacionales que participarían del acto de fundación de Neuquén como nueva capital del territorio.

Recién habían transcurrido los primeros minutos del lunes 12 de septiembre de 1904, y en el pueblito dominaban la expectativa y el nerviosismo debido a que se habían programado muchas actividades para compartir con el ministro del Interior Joaquín González, el máximo representante del gobierno que encabezaba el presidente Julio Argentino Roca.

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Se sentía el frío en el andén y el viento soplaba desde el oeste como lo venía haciendo en los últimos días, incansable y poderoso, como recordándoles a los presentes que esa época del año era su preferida para reinar sobre cualquier lugar, por más que ese paraje hubiese sido el elegido para levantar una futura ciudad.

Se sabía que el tren había partido de la estación de Constitución el sábado 10 en horas de la noche y que haría escala en algunas ciudades de Buenos Aires para buscar a otros invitados. Pensaban que llegaría a Neuquén cerca de la medianoche del domingo 11, aunque el tiempo transcurría y las agujas del reloj ya marcaban un nuevo día.

“¿Escuchan? ¿Ese no es el ruido del tren?”, preguntaba alguien. Todos quedaban callados durante varios segundos. Pero no, las vías se perdían en la oscuridad de esa noche sin luna, sin que a lo lejos apareciera máquina alguna. La ansiedad y los nervios hacían que cualquier chiflido del viento se convirtiera de golpe en un espejismo sonoro y finalmente frustrante para todos.

Entre los pasajeros del tren, además del ministro, figuraban funcionarios públicos, los integrantes de la banda militar del Regimiento 2 de Infantería de Bahía Blanca y periodistas de los diarios La Nueva Provincia, La Nación y La Prensa.

Además de los actos formales, el protocolo incluía un gran asado con cuero para todos los asistentes y una serie de números musicales y actividades camperas para amenizar la jornada.

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Figura clave. El ministro del Interior Joaquín González fue uno de los que más defendió el traslado de la capital.

La preocupación entre los organizadores –además del retraso que podría tener la agenda que se había programado- era el tema del suculento festín que se ofrecería a los invitados, debido a que la carne que se pondría al fuego demandaría una cocción de al menos 12 horas. Es decir, no había que carnear las vacas con mucho tiempo de antelación ni había que colocarlas a la parrilla tan temprano hasta no saber que los visitantes llegarían a tiempo al almuerzo del otro día.

Todavía permanecía en la memoria de los funcionarios el papelón que había tenido lugar 12 años antes con motivo de la fundación de la ciudad de La Plata, donde por un mal cálculo de tiempo y un calor sofocante e inesperado se echó a perder toda la carne que se había comprado para aquel acontecimiento. Y como si fuera poco, tampoco se había tenido en cuenta la cantidad de agua fresca necesaria para atender a los desfallecientes asistentes en aquella jornada infernal.

Las crónicas de los diarios de la época habían sido lapidarias con los organizadores. Los diseñadores de la futura Neuquén se habían inspirado en la ciudad bonaerense de las diagonales, pero lo que menos querían era que también se la comparara con aquellos desafortunados desaciertos.

“¡Escuchen, escuchen… ahora sí!”, gritó alguien. Los asistentes volvieron a hacer silencio y desde lejos comenzó a sentirse cada vez más fuerte el silbido de la locomotora. Eran las 3:10. Después de un interminable viaje, los invitados habían llegado.

Apenas se detuvo la formación y el ministro del Interior pisó el andén, un especialista en pirotecnia que había llegado el día anterior desde Buenos Aires lanzó 21 bombas de estruendo que despertaron a todo el caserío. Es cierto que aquellos fuegos artificiales estaban previstos para más temprano, pero todos querían cumplir con el protocolo que habían programado. Qué importaba si se había despertado alguien.

Hubo abrazos emotivos entre los integrantes de la Comisión de Festejos formada para tal fin y los invitados de lujo llegados desde distintos lugares del país.

Aunque ya era tarde y el viaje había sido extenuante, el ministro y parte de su comitiva se fueron caminando hasta el Chateau Gris, donde estaba esperándolos el gobernador Carlos Bouquet Roldán.

En la Residencia de Gobierno, los funcionarios cambiaron algunas palabras, pero el cansancio de los visitantes era enorme y, luego de algunos minutos de charlas, volvieron al tren donde pasarían la noche. En ese entonces, Neuquén no tenía un hotel como para hospedar a semejante comitiva. Los únicos lugares para dormir cómodamente eran los vagones.

Mientras tanto, en inmediaciones de los puentes, los encargados de hacer el asado prendieron un enorme fogón para comenzar a cocinar las vacas para el almuerzo del otro día. El viento seguía soplando, pero era tanto el entusiasmo de los cocineros que se mantuvieron en vela, mientras alimentaban los fuegos en un rincón cercano a unos árboles que les daban reparo.

Los visitantes durmieron en el tren hasta las 10 de la mañana. A esa hora los despertó la banda del Ejército que marchaba por las calles del pueblo con un amplio y variado repertorio de canciones. Neuquén se preparaba para la gran fiesta y la actividad en el caserío había comenzado temprano.

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El gobernador Carlos Bouquet Roldán pasó a buscar al ministro por la estación del ferrocarril con el objetivo de hacer una breve recorrida por el paraje que se convertiría en la nueva capital. Entusiasmado, le indicaba dónde se abrirían futuras calles, los lugares donde se levantarían los próximos edificios públicos y le señalaba la reserva de tierras donde se construirían las casas de los nuevos vecinos que llegarían a poblar “la capital del desierto”, como él llamaba a su proyecto.

La comitiva recorrió las huellas desparejas y polvorientas que dibujaban no más de una docena de manzanas despobladas y luego se dirigió hacia un emprendimiento industrial que sería clave para el futuro de Neuquén. Se trataba de un enorme horno de ladrillos, de la firma Pascual Claro & Cia., que se había puesto en marcha para abastecer de materiales a todos aquellos que quisieran edificar sus viviendas. Sería el motor del urbanismo, con una capacidad de fabricación de unos tres millones de unidades, en una primera etapa.

Los funcionarios charlaron con el propietario y los vecinos que se habían acercado, y finalmente emprendieron regreso hasta la estación del ferrocarril. El tren los llevaría hasta la costa del Neuquén, debajo del puente ferroviario, para disfrutar el almuerzo al aire libre o “picnic”, como lo nombrarían en las crónicas los periodistas que cubrieron el festejo.

A pocos metros del río se improvisaron mesas con tablones y los invitados disfrutaron junto a los vecinos el gran asado con cuero que se estaba cocinando desde la madrugada, pese a las ráfagas de viento que se mantenían con intensidad. Fue un momento de esparcimiento donde no faltaron los bailes populares al ritmo de las canciones que ofreció la banda del Ejército, una serie de destrezas criollas y una sobremesa que se extendió hasta cerca de las 14, hora en la que la comitiva volvió a subirse al tren para regresar al pueblo para la última actividad oficial.

En el chalet de la gobernación se realizó el acto de cierre para celebrar la fundación de la nueva capital, con encendidos discursos en los que se destacó la importancia y el progreso que tendría la futura ciudad.

Una mesa dulce con tortas, masas, bombones y bebidas espirituosas para el brindis final marcaron el cierre de la agotadora agenda, hasta que los visitantes se dirigieron a la estación para tomar el tren de regreso a Buenos Aires.

Cuando sonó el silbato y la locomotora comenzó a rodar por las vías, los anfitriones se sintieron exhaustos, pero aliviados porque la lista de actividades se había cumplido sin mayores sobresaltos.

El acto de la fundación de Neuquén había pasado. El proyecto de la gran capital ya estaba en marcha.

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