Un profesor de dicción y un libro de Yeats. Un duque británico devenido en Rey y un ex vicepresidente que se juega la chance de gobernar una de las grandes naciones del mundo. El rey Jorge VI del Reino Unido y el actual presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden. Dos protagonistas para una historia en común: una lucha exitosa para vencer la tartamudez.
Antes de alcanzar su lugar en la Casa Blanca, Biden se enfrentó en una serie de debates con su rival, Donald Trump, en encuentros llenos de interrupciones. El moderador se enfrentaba a la ardua tarea de regular los embistes verbales de Trump contra su contrincante, Joe Biden, que solía hacer pausas inexplicables en algunos momentos del discurso.
Algunos atribuyen sus titubeos y los frenos entre sus palabras a su edad avanzada, porque Biden no podría calificarse como joven. Cumplirá 78 años este mes. Sin embargo, la razón detrás de su modo de hablar es otra: una batalla contra la tartamudez que lo llevó del hostigamiento durante la infancia a participar de un debate que miraron millones de personas alrededor del mundo.
La niñez fue el momento más atroz. Las burlas y los insultos lo llenaban de rabia y humillación en la escuela. Sin embargo, Biden prefiere referirse a sus tartamudeos en tiempo pretérito, como si se tratara de un problema ya superado. Ante las preguntas de los periodistas, afirmó que desde la Universidad ya no se siente nervioso al tomar la palabra en público y que su arma no fue otra que la poesía.
En su juventud, el estudiante de Derecho leía y releía los poemas de William Butler Yeats. Después, se paraba frente al espejo para pronunciarlos en voz alta. Una y otra vez hasta que se acabaran los balbuceos, las vacilaciones y los frenos abruptos. Una y otra vez, hasta que las palabras se hilvanaran con un hilo fluido y lleno de confianza.
Aunque Biden habla de la tartamudez en tiempo pasado, su problema en la dicción se cierne como un fantasma sobre los discursos, a medida que estos se ponen más exigentes. Con la ferocidad de Trump en el atril contrario, es difícil no trastabillar. "Aún tartamudeo a veces, cuando estoy muy cansado", terminó por admitir el candidato, en plena campaña por ocupar el salón oval.
"Parte de eso es la confianza; debo pensar en no acelerarme", dijo a principios de este año en un acto televisivo. Aunque trata de mantener su tartamudeo a raya, los discursos no parecen ser su fuerte y hasta lograron convertirse, en el pasado, en un escollo para ascender en su carrera política.
En 1988, el demócrata también buscaba la presidencia de los Estados Unidos, pero su carrera a la Casa Blanca se vio truncada por un discurso, luego de que lo acusaran de haber plagiado las palabras ya pronunciadas por el líder laborista Neil Kinnock. El año pasado, surgieron denuncias similares: lo acusaron de haber tomado su discurso contra el cambio climático de una declaración publicada por el grupo ambientalista Blue Green Alliance.
Con esos errores sobre sus espaldas, Biden no tiene más opción que enfocarse con cuidado en cada palabra que quiera pronunciar. Sobre todo ahora, que se enfrentará nuevamente a la sagacidad y a los improperios de Trump en un nuevo debate televisivo. Su discurso puede sembrar las dudas del pasado o convertirse en un hito para su carrera, luego de una vasta experiencia como congresista y vicepresidente de esa nación.
En ese camino, el rey Jorge VI de Reino Unido puede enseñarle una lección. Albert Frederick Arthur George era un noble tartamudo que estaba cómodo en su posición de duque de York, donde podía mantener su bajo perfil a la sombra de Eduardo, su hermano mayor y aspirante a la corona.
Su escenario cambió, sin embargo, de una forma inexplicable. A pocos meses de ascender al trono, Eduardo abdicó para casarse con la actriz Wallis Simpson, una americana divorciada, y la corona pasó al duque de York, que tomó el nombre de Jorge VI. Corría el año 1936 y el nuevo rey debía convertirse en el líder de su nación con la carga de la tartamudez, que le impedía pronunciar letras específicas. Como la K no le salía de los labios, ni siquiera podía decir “duke” (duque), “York” o “King” (rey).
Con el desarrollo de la comunicación masiva a través de la radio, el rey Jorge no tardó en mostrar signos de debilidad. Cada vez que trastabillaba perdía el respeto de sus súbditos y sus contrincantes políticos. Su propia familia dudaba de sus capacidades y la población lo apodó “el rey tartamudo”.
Jorge necesitaba combatir su tartamudez y, a diferencia de Biden, no usó la poesía sino palabras groseras. Con la ayuda de Lionel Logue, un logopeda, profesor de dicción y de teatro en su tiempo libre, el noble trabajó en sus discursos hasta ganar cada vez más confianza y convertirse en un orador que llenaba de inspiración a su pueblo, en los momentos más álgidos de la Segunda Guerra Mundial.
En su libreta de notas, Lionel anotó que el duque era un hombre nervioso, que cerraba su garganta de manera mecánica cada vez que le tocaba hablar. Por eso, empleó métodos poco tradicionales, que incluían la pronunciación de chistes, canciones y groserías, con el fin de soltarle la lengua y dejarlo hablar con desenvoltura.
La relación entre Jorge y Lionel quedó retratada en la premia película “El discurso del rey”. Del vínculo entre Biden y sus libros de poesía aún no se han hecho registros. Pero sus próximos discursos, los que pronuncie de ahora en más serán observados por millones de personas, repetidos y analizados hasta el hartazgo. Como el 46° presidente de los Estados Unidos, deberá vencer su tartamudez para inspirar con sus alocuciones y liderar una de las naciones más grandes del mundo.
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