Bodegas y museos: cinco destinos imperdibles

En nuestro país hay bodegas a las que se puede visitar por algo más que vinos.

Joaquín Hidalgo
ESPECIAL

El vino es considerado un vehículo de civilización: allí donde quiera que se plantara un vid, crecía una comunidad. Y como el vino, a su vez, trae consigo el genio del conocimiento, no es descabellado pensar que, con el rodar de los barriles y los años, museos y bodegas llegaran a tener una buena relación. Ahí está la flamante Citadelle du vin, inaugurada este año en Burdeos, como la obra cumbre de esta historia: un museo que se anuncia como total para el vino, con recorridos históricos, experiencias sensoriales y también el valor simbólico.

Dinos Cuando se construía la bodega Familia Schroeder se halló un titanosáurido.

En nuestro país, sin embargo, museos y vinos tuvieron una prolífica relación que ganó fertilidad y extravagancia en los últimos años. Así es que, puestos a emprender un viaje al conocimiento, lo mejor es tener un buen GPS para la ruta.

La Rural: una historia. La antigua bodega de Felipe Rutinin, en Coquimbito, Mendoza, conocida desde siempre como La Rural, ofrece un museo singular con la historia de la familia y de los pioneros del vino. Organizado como un recorrido por la maquinaria y las herramientas de tonelería del siglo XIX, en sus pasillos uno se entera de que los primeros hacedores de vino usaron un cuero de vaca como lagar, o bien que las grandes bodegas de la época funcionaban como factorías en donde se fabricaba todo: desde los toneles a las herramientas y desde las carretas a las propias instalaciones. A escasos 30 minutos de la capital mendocina, es un buen paseo que toma unas tres horas y que termina con una degustación (más en www.bodegaslarural.com.ar).

Killka: el arte hecho construcción. El valle de Uco, al sur de la capital mendocina, es rico en arquitectura de vanguardia aplicada al vino. Mientras que bodegas como Diamandes o Furnier destacan por la osadía, Salentein es el plato fuerte: ofrece a su vez un centro cultural llamado Killka, en donde el arte moderno consigue un sitio de exquisita exposición. Con una arquitectura de escala, que rinde homenaje a la técnica huarpe de encofrado y apisonado, ofrece una exposición permanente –la colección de pintores holandeses del propietario– junto a otras obras itinerantes de buena curaduría. El recorrido ofrece también un restaurante y wine bar en el que hacer un alto en el camino. Dato: desde Mendoza, ida y vuelta toma poco más de medio día (más en www.bodegasalentein.com).

Colomé: la luz hecha museo. El vino es luz atrapada en líquido. Sin embargo, el Museo de la Luz, de Bodega Colomé, en Salta, reduce al más poético de los pensamientos. Dedicado íntegramente a la obra del artista norteamericano James Turrel, se trata de un edificio emplazado en la mitad de la cordillera –a 5 horas de Salta capital– en el que adentrarse en los misterios de la luz: desde estructuras ilusorias construidas sólo con proyecciones hasta escenarios que cambian de forma, tamaño y color en la medida en que se los recorre. Lo más impresionante, sin embargo, es la última sala, llamada Sky: una venta abierta al cielo de la tarde –se visita en el crepúsculo– en el que toda la habitación interactúa de forma tal que el cielo cambia de color, profundidad y hasta textura. Con reservas (más en www.estanciacolome.com).

Graffigna: la meca está en San Juan. Santiago Graffigna es un pionero del vino y un pionero de San Juan. Construyó en el siglo XIX la bodega más moderna y al mismo tiempo un imperio vitivinícola que hoy persiste en el llano de la provincia cuyana. A metros del centro de la ciudad capital, el museo ofrece un recorrido fotográfico y didáctico sobre la historia del vino, la de Graffigna y San Juan en particular. Entretenido, es una buena parada para quienes busquen hacerse una idea de cómo fue el arranque de una industria precisamente allí donde ninguna otra triunfó. Al final del recorrido, se pueden beber los vinos de la casa (más en www.graffignawines.com).

Familia Schroeder: paleontología y vino. Se sabe que la Patagonia norte fue habitada por grandes dinosaurios. Y se sabe también que esos suelos que pisaron los gigantes fueron enterrados por la historia y vueltos a desenterrar en el presente. Es el caso de Familia Schroeder, que se encontró con un titanosáurido mientras iniciaba la construcción de la bodega, en San Patricio del Chañar. Por ello, al terminar el recorrido, luego de la sala de barricas, se accede a un pequeño museo que rinde homenaje al saurio y cuenta sintéticamente cómo fue la historia paleontológica de la región y sus vinos. Para conocer más de este singular museo, conviene darse una vuelta por la bodega (más info en www.familiaschroeder.com).

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