"Cambiamos los chalecos de fuerza"

El doctor y psicoanalista Néstor Braunstein, precursor de la crítica a las clasificaciones psiquiátricas, denuncia la apropiación del sufrimiento subjetivo por el paradigma de la medicina.

Por PAULA BISTAGNINO

La etimología de la palabra psiquiatría indica que se trata de la “medicina del alma”. ¿Un médico del alma impregna con drogas, trata con electrochoques, “lobotomiza” personas con clavos, encierra al “enfermo” y rechaza el diálogo con él? Tras vivir desde adentro la psiquiatría institucional en México entre 1975 y 1977, el psicoanalista cordobés Néstor Braunstein se dedicó a la investigación y al estudio crítico de las clasificaciones psiquiátricas. “Aquella vivencia me permitió conocer cómo la formación de los psiquiatras apuntaba a excluir la comprensión de las vidas de los pacientes para favorecer los tratamientos “organicistas”, dice el especialista radicado en México desde que se exilió en 1974. Médico y doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad Nacional de Córdoba, es además psiquiatra y psicoanalista, pionero en psicoanálisis lacaniano en México y autor de  libros como  "Psicología: ideología y ciencia" (1975) y "El goce. Un concepto lacaniano" (1990, reeditado en 2006), entre muchos otros, que fueron  traducidos al portugués, al inglés y al francés. A los 72 años, acaba de publicar en la Argentina "Clasificar en psiquiatría", donde expone y discute la última expresión (el DSM-5, Manual de Diagnóstico de la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos) de la gran empresa que resulta de encasillar las  “anomalías” como “desórdenes mentales” para, a través del diagnóstico, poner en manos de la medicina el cuidado de las “normas” y el “orden”.  “En el libro denunciamos -y no somos los primeros, por supuesto- esa falsa asimilación de la ‘anormalidad’ y del ‘padecimiento subjetivo’ como terrenos de los que pudiera apropiarse la medicina y su supuesta ‘especialidad’ que es la psiquiatría. ¿De dónde extrae el médico el saber que le permite arrogarse la condición de diagnosticar y tratar a los sujetos?  ¿Qué ha aprendido y quién le ha enseñado en su ‘carrera’ a entender lo que pasa en otras mentes, y cuáles son las razones por las que una persona elige vivir de una manera y no de otra?”, cuestiona.
 
¿Qué alcance tiene este manual en el mundo hoy?
Este manual de Diagnósticos y Estadísticas  que clasifica, unificando y digitalizando, a los "trastornos mentales" con una definición, un número y un "glosario" y que sirve a los fines de la industria, el Estado y las compañías de seguros, pretende trasladarse al resto del mundo. Y lo consigue, de hecho: es el instrumento en el que se basa la Organización Mundial de la Salud para elaborar su "clasificación internacional de las  enfermedades" aunque se reconoce que en psiquiatría no hay "enfermedades" y que hablar de "enfermos mentales" (por eso también de "salud mental") es un abuso del lenguaje.
 
¿Por qué no se puede hablar de “enfermedades mentales”?
Una "enfermedad", en medicina, se define por el conocimiento de las causas, de los mecanismos, de la anatomía patológica, de pruebas de laboratorio en sangre orina, heces, de estudios radiológicos y tomografías axiales computarizadas, etc. Es un hecho que ninguno de esos medios se aplica o puede aplicarse a los llamados "trastornos mentales".

¿Por qué se necesita etiquetar, clasificar o diagnosticar los trastornos psíquicos?
El médico tiene que justificar su prescripción de medicamentos (el modo dominante de tratar el sufrimiento subjetivo) y para ello se le pide que "objetive" sus impresiones clínicas sobre las personas. El Estado o la empresa o la compañía de seguros le pagará por sus servicios y reconocerá los gastos si se ha hecho un diagnóstico de acuerdo a esos parámetros decretados por los psiquiatras yanquis. Los especialistas que elaboran estos medios de clasificación son, en la mayoría de los casos, médicos psiquiatras que reciben emolumentos y participaciones en los beneficios de las compañías farmacéuticas.

Usted dice que el diagnóstico es una sentencia, un estigma. ¿Se trata de castigar y disciplinar a aquellos que se alejan de un ideal?
Exactamente: de marcar la diferencia que hay entre un sujeto y aquellos que lo encuentran "diferente". La "normalidad" es presentada como un ideal y el que se aparta de esa norma es llamado a volver al redil por medio de una (des) calificación médica y la aplicación de "tratamientos" con sustancias que, en todos los casos, si "sirven", producen efectos secundarios de los que poco se habla. Tampoco los laboratorios farmacéuticos comunican a los especialistas los "resultados negativos", cuando se encuentra que el medicamento es igual o más peligroso que el placebo con el que se le compara.

¿Cuál es ese ideal de “normalidad” hoy?
Se ha pasado de las “sociedades de disciplina” abordadas por (Michel) Foucault a las “sociedades de control” denunciadas por Gilles Deleuze, donde al sujeto ya no se lo encierra sino que se lo controla física y mentalmente en el uso del espacio -GPS- y del tiempo -Internet, redes sociales, juegos y actividades, etc.- por medios cibernéticos.

¿Y la locura?
Casi siempre la locura ha sido la extravagancia de la ubicación del sujeto con relación a los demás mientras que la llamada "normalidad" es la locura de la mayoría aceptada por la mayoría. El anormal es exhibido como un ser potencialmente peligroso al que hay que controlar, antes con chalecos de fuerza textiles y hoy con chalecos de fuerza farmacológicos, preferentemente de “efecto prolongado”.

¿Cuál es el vínculo entre la ideología o el sistema de gobierno y el trato que una sociedad les da a los “locos”?
Hace bien en señalar la complicidad de la ideología dominante con el sistema de gobierno (el Estado) en el manejo de la "anormalidad". La definición del DSM habla de "apartamiento acentuado de los ideales de la cultura" para definir a los "trastornos de la personalidad". El diagnóstico en cuestión y, con más razón, el de locura ("psicosis") se reserva para los "diferentes" que necesitan ser medicalizados y reducidos en su diferencia.

¿Cómo analiza esta tendencia a que definiciones de la psiquiatría como bipolar, neurótico, histérico, psicópata y esquizofrénico formen parte del lenguaje más llano y cotidiano?
No hay "diagnóstico" en psiquiatría, ni uno solo, que no sea usado como estigma que se encaja sobre el sujeto, y eso desde la infancia. Un niño ya no es "travieso", "goloso", "díscolo", "inquieto", con "dificultades escolares" sino que recibe un diagnóstico y un tratamiento bajo la dirección o supervisión de un psiquiatra que actúa en conexión con servicios de "psicología escolar". El lenguaje supuestamente técnico es un arma devastadora cuando se aplica a una población indefensa que solo puede aceptar el juicio de los "expertos" con diploma.

La tendencia hoy, de la mano de las neurociencias, es encontrar respuestas biológicas a todo tipo de problema o anomalía en las conductas humanas.
No son respuestas, son modos de eludir la pregunta por las causas del malestar de un sujeto inmerso en la cultura.
Esta medicalización de la vida aspira a eliminar todo dolor y sufrimiento. ¿Qué consecuencias tiene vivir en esa utopía?
No es cuestión de decirle al sujeto: ¿Sufrís? ¡Seguí sufriendo! ¡Jodete! Más bien es cuestión de preguntarle: ¿Qué pensás de lo que te pasa? ¿Crees que tenés alguna responsabilidad en lo que te quejás? ¿Qué podrías y qué estás dispuesto a hacer para acabar con ese malestar? ¿Puedo hacer yo algo, puede ser posible que el hablar conmigo, que estoy dispuesto a escucharte digas lo que digas, te permita entender lo que sucede y romper con la cadena de las repeticiones a la que estás atado?

Desde este punto de vista, ¿qué es la felicidad?
La felicidad es la de encontrar con quién compartir respetuosamente la diferencia entre uno mismo y el otro y participar con ese otro en la empresa individual y colectiva que tiende -sin ninguna garantía de lograrlo- a la emancipación frente a los lazos sociales que nos impone el discurso. Puede que esa idea no esté muy lejos de lo que convencionalmente se llama "locura". La única , aunque fundamental, diferencia, es que la libertad del loco es la del hombre o la mujer en su aislamiento, mientras que esta emancipación de la que hablamos es la que une nuestra subjetividad, de manera crítica, a la subjetividad de la época.

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