Complicidad edulcorada
Héctor Alfredo Coñuel tiene 44 años y en agosto fue condenado a 5 años de prisión por abusar sexualmente de un chico con discapacidad en la provincia de La Pampa. También fue acusado por cometer otro abuso en la localidad de Trelew, Chubut. El martes el personal de la Brigada de Investigaciones de Chos Malal lo sorprendió en la iglesia María Auxiliadora, donde los efectivos lo detuvieron por disposición judicial. Un detalle: Coñuel es nada menos que un cura, y uno que tuvo a su cargo la educación de niños.
A raíz de que su detención se convirtiera en noticia, Fernando Croxatto, el obispo de Neuquén, elaboró un comunicado que dirigió a la “comunidad diocesana” y en el que explicó por qué se encontraba allí alojado. “En 2017 la Inspectoría Salesiana solicitó al entonces obispo de Neuquén, Mons. Virginio Bressanelli SCJ, autorización para que el sacerdote resida en la comunidad salesiana de Chos Malal”, detalla, y señala que el pedido se fundaba en que aguardara “los resultados de ambos procesos (el penal canónico y el penal secular por la acusación del abuso de Trelew) en una obra salesiana en donde no se tenga la responsabilidad institucional de un colegio”.
Una decisión eclesiástica para una solución eclesiástica, porque el abuso por el que ahora fue detenido data de hace un mes. Algo no cuadra. A pesar de que no es un caso aislado ni tampoco el primero, la Iglesia no debate por qué no negocia su estructura de creencias, aunque algunos de sus representantes sean abusadores. “Para que estos casos, en todas sus formas, no ocurran más, se necesita una continua y profunda conversión de los corazones (…)”, recuerda el obispo al finalizar el comunicado, haciendo suyas las palabras del papa Francisco.
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