Corazón y pasitos cortos

Van 17 días de cuarentena, aunque parece un siglo. El regreso a la normalidad asoma lejano y complejo.

El viernes arrancamos recién la tercera semana encuarentenados. Parece un siglo, ya lo sé. Pero apenas van 17 días. Una desgracia. Se acaba la comida, los pasatiempos, las series de Netflix, la plata, la paciencia. La solidaridad se pone en juego, la capacidad de adaptación del ser humano empieza a entrar en una etapa difícil, que amenaza con durar muchos meses, tal vez con una cuarentena algo más flexible para que el mundo siga girando, pero también con más contagiados y muertes, con necesidades que nos empujen a la calle y cifras que nos asusten y nos empujen otra vez a casa.

Durante dos semanas fuimos Suiza. Hasta que la necesidad de tener un mango en el bolsillo y un error inadmisible volcó a decenas de miles a la calle, justo los más vulnerables, los más necesitados, a hacer todo lo que está mal. Para ellos, y para el resto. Fue solo el primer ejemplo de lo complejo que puede ser seguir viviendo encerrados en casa. Por ahora, la única solución para bajar los contagios, la única vacuna para no perder a miles y miles de los nuestros.

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Hay que aguantar. No queda otra. Mientras nos preparamos para estar mejor preparados, habrá que hacer de tripas corazón y dar pasitos cortos en casa, dando la vuelta al perro en la mesa del comedor, celebrando cumpleaños virtuales, quemando el crédito del celular a pura videollamada, pero, sobretodo, aceptando con responsabilidad los permisos que se vayan dando para salir de la cuarentena y volver, de a poco, a cierta normalidad en la producción. Serán días en los que habrá que hacer carne esa idea que comprendimos a fuerza de una pandemia de que lo primero es la salud, y la familia, y que para cuidarlos hay que cuidarnos.

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