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Cristina, la odontóloga que trabaja por la inclusión

Cristina Uriarte se interesó desde muy joven por la inclusión, garantizando los derechos de atención odontológica de niños y adolescentes con discapacidad severa. Por qué ama su trabajo y lucha para que la tarea sea tomada por más profesionales

Cris recibe con alivio el sol de mediodía que le da de lleno en la cara. Se apoya en la pared externa de los consultorios de calle Carlos H. Rodríguez y Fotheringham y sonríe tras el barbijo rosa. La dulzura se le cuela por los ojos que se le achinan: si hubiera un premio al dulce de leche, ella se lo ganaría.

“Mis manos y mi cabeza todavía sirven para algo más que hacer el punto cruz del crochet”, dice Cristina Uriarte, odontóloga, 74 años, neuquina por adopción, casi una vida entera dedicada a la odontopediatría. Es por eso que, aunque se haya jubilado, sigue atendiendo pacientes. Más precisamente se dedica a las urgencias de personas con discapacidad severa que requieren ser operadas bajo anestesia total por la magnitud de sus afecciones bucales. “Ahora con la pandemia sólo me ocupo de emergencias, no hago consultorio por una cuestión de cuidados; pero si hay alguien que requiere una intervención urgente, pedimos quirófano y lo hacemos”, explica.

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Desde 2012 en que se dedicó exclusivamente a la atención de niños y adolescentes con todo tipo de TGD, parálisis cerebrales, trastornos motores y otras afecciones que les impiden la comunicación verbal y en algunos casos la no verbal, Cristina intenta que otros profesionales se involucren en la tarea.

“En nuestro hospital provincial, en el Castro, también en el Heller, hay un equipo que realiza atención odontológica con foco en las personas con Riesgo Médico y Discapacidad, pero debiéramos ser más odontólogos garantizando este derecho a la salud de los niños, niñas, jóvenes y adultos”, recalca. Su preocupación viene dada por sus pacientes que ya cumplieron la mayoría de edad y no puede seguir operando en una clínica infantil. “Necesitamos que alguien los reciba”, recalca Cris.

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En Argentina, recién hace aproximadamente dos años se abrió la primera especialización de la Carrera en Odontología integral para Personas con Riesgo Médico y Discapacidades en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Antes de eso, las posibilidades de formación de los odontólogos corrían por su propia cuenta. Como le pasó a Cristina que basa su capacitación en dos pilares: todo cuanto curso y congreso existe en odontopediatría, y en la profunda y comprometida tenacidad de su experiencia. “Estamos muy atrasados en inclusión y también en accesibilidad, porque no ha habido una política pública de salud bucal de prevención fuerte; tenemos un índice de caries altísimo, por ejemplo. Trabajar en la prevención de todos los niños y todas las personas sin importar su condición es fundamental y eso se lo debemos a la población”, afirma la odontóloga.

“Estamos muy atrasados en inclusión y también en accesibilidad, porque no ha habido una política pública de salud bucal de prevención fuerte; tenemos un índice de caries altísimo, por ejemplo. “Estamos muy atrasados en inclusión y también en accesibilidad, porque no ha habido una política pública de salud bucal de prevención fuerte; tenemos un índice de caries altísimo, por ejemplo.

Comunicación, solidaridad e inclusión

Si hay algo en lo que nos parecemos las personas es en que no elegimos ir al odontólogo. Ir al dentista es más bien una rutina de una vez al año, o algo que hacemos cuando las papas queman. Y más, cuando sos chico. Pero eso parece no ser un problema para Cristina que es inmensamente solidaria. Y que además tiene todas las cualidades que le gustan a los niños: una paciencia de maestra enseñando a dividir por dos cifras, una ternura de abuela sentada en el piso dispuesta a jugar otra vez.

“Lo importante es no forzar una situación, es intentar una comunicación con el chiquito o esa persona que está sintiendo dolor y explicarle que nos acercamos para que ya no lo sienta más”, relata. Por eso, ya sea en la vereda del consultorio porque el paciente no quiso ingresar, o en el auto porque le es dificultoso bajarse, o en su propia casa -no importa dónde-, Cris atiende igual. “Le busco la vuelta; a veces con la mamá o con el papá, o con la presencia de un hermanito en el consultorio, puedo ver sus boquitas y saber qué es lo que los aflige. Y si no podemos acá voy a la casa, para saber si con sus olores, en su cama, en su ambiente, se deja mirar”.

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La realidad de muchas niños y jóvenes con afecciones severas es que deben ingerir jarabes o soluciones medicamentosas, que son alimentados con papillas o por sondas que debilitan su sistema bucomaxilofacial, que dependen de otra persona para poder tener una higiene bucal y aún así, a veces no logran tenerla. Y cuando la odontóloga no logra hacer el diagnóstico en consultorio o en el hogar, las urgencias se derivan a quirófano y es allí, donde por primera vez, -y bajo anestesia total- puede ver las patologías bucales. Entonces se traslada a la clínica infanto-juvenil San Lucas y junto al instrumentador quirúrgico, un anestesista y una joven odontóloga que aprende a su lado, realizan la cirugía.

“En el quirófano uno hace lo mejor para el paciente, siempre tratando de traerle una solución que sea la menos dolorosa y que le reporte la mejor calidad de vida en el máximo de tiempo posible”, explica Cris, y agrega que así le haga cuatro conductos a un paciente en la misma cirugía y le lleve cinco horas de atención, lo hace “para que no deban volver a ser intervenidos en mucho tiempo”.

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“En nuestro hospital provincial, en el Castro, también en el Heller, hay un equipo que realiza atención odontológica con foco en las personas con Riesgo Médico y Discapacidad, pero debiéramos ser más odontólogos garantizando este derecho a la salud de los niños, niñas, jóvenes y adultos”. “En nuestro hospital provincial, en el Castro, también en el Heller, hay un equipo que realiza atención odontológica con foco en las personas con Riesgo Médico y Discapacidad, pero debiéramos ser más odontólogos garantizando este derecho a la salud de los niños, niñas, jóvenes y adultos”.

La memoria del exilio

Cristina se recibió en la universidad pública de Odontología de Uruguay en 1972. Pero antes de hacerlo, ya como practicante, hacía trabajos comunitarios en los Hogares de Don Orione en Montevideo. Se casó en el país hermano y junto a su anterior compañero, se fueron a vivir a Salto donde pusieron su primer consultorio y también hacían trabajo solidario. Pero llegada la dictadura uruguaya su ex marido cayó preso por doce años, y asediada por los militares, Cristina dejó Uruguay en el otoño de 1974 para atracar en la capital rionegrina de nuestro país. La vida, o el miedo impiadoso quizás, la obligó a migrar de vuelta: esta vez llegaría a un pueblo ubicado en la margen sur del Río Negro -desértico y de vientos calurosos- de nombre Lamarque. Allí estuvo muchos años atendiendo personas de todo el Valle Medio y si alguien no podía llegar, Cristina iba hasta ellos. Cuando en 1984 se restauró la democracia en Argentina, se radicó en Neuquén. Trabajó en Salud Pública provincial y también fue pionera en los inicios del centro de atención pediátrica integral San Lucas. Allí se jubiló, pero de alguna manera sigue. “Amo mi trabajo, voy a seguir hasta que mis manos y mi cabeza me lo permitan, pero voy a cumplir 75 años y deseo que cada vez más profesionales se interesen por realizar una atención inclusiva, sin importar la condición del paciente que tengan delante”, concluye.

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