¿Cuándo es el momento ideal para una copa de vino?

Aunque muchos consumidores no dudan nunca a la hora de descorchar una botella, te damos una variada lista de ocasiones excelentes para saborear un buen vino.

Por Joaquín Hidalgo

Los consumidores de vino no se hacen preguntas de este tipo, porque nunca faltan las excusas para beber un vino. Sin embargo, buena parte de los no consumidores, es decir, una inmensa mayoría hoy, a veces se pierde entre las recomendaciones de expertos y los deseos propios y queda envuelto en una confusa maraña de ansiedad y dudas. Y así se priva de beber una buena copa por falta de mérito, como diría la justicia. Atentos a esto, listamos momentos clave en que un vino es parte de la magia.

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La hora indicada. No existe un acuerdo, pero están los que sostienen que la hora del vino arranca a las 19 y los que establecen el momento del descorche a las 20:30. En todo caso, con una hora y media de diferencia, lo mejor es tener en cuenta cuándo hay antojo. Como el vino va siempre con algo para picar, es seguro desde el momento en que pinta almuerzo o cena.

La comida. Definitivamente la comida gana mucho con el vino y viceversa. En eso, no hace falta hacer un curso de maridaje para que el asunto funcione. Lo que sí conviene tener en mente es que cualquier plato acompañado con un vino simple, tinto o blanco, multiplica puntos de sabor con poco más que una copa. La regla simple sería: carnes rojas, vinos tintos; carnes blancas, vinos blancos. Pero como toda regla conoce excepciones, está bueno aventurarse fuera de esa caja.

Para animar una reunión. Una conversación de amigos con mate es una reunión. Un encuentro con una copa de vino es una fiesta. De eso que no quepan dudas: compartir una copa con amigos, como aperitivo, de sobremesa o jugando al truco es crear vínculos. En eso, sea Malbec, Cabernet Sauvignon, Chardonnay o Sauvignon blanc, una cosa es segura: al cabo de unos minutos, la charla estará encendida.

Para olvidar. Pero así como enciende la conversación, el vino también ayuda a dejar atrás los pensamientos. Es verdad: no es la manera más sana ni la más recomendable, pero también es una de las razones por las cuáles una copa de vino es un fiel amigo desde casi tanto tiempo como el perro. Si de lo que se trata es poner los pensamientos en otros asuntos, lo mejor es enfocarse en el sabor, si es o no frutal, si es o no especiado y si el sabor o la textura se acompañan entre sí. De esta forma, sin entrar en asuntos de manicomio, se dialoga de otros temas con la vida.

Para recordar. Es curioso esta otra condición del vino. Si unos evaden los pensamientos, el gusto de un tinto o un buen blanco tiene una notable capacidad evocativa. Lo saben de memoria quienes viven lejos de casa y, de pronto, una noche en un restaurante o solos en la cocina prueban un Malbec: ahí reviven las charlas de asado, las risas de los amigos, las conversaciones con antiguas parejas. Ahí hay un embrujo especial en el vino que pocas cosas tienen.

Para brindar. Cuando hay que brindar por un éxito, por un logro, por un encuentro, por un hijo nacido o por uno que abandona la casa, una botella de vino condensa todos esos sentimientos en su corta estatura sobre el mantel. Y así como los enanos de jardín son célebres por cuidarlo, este otro enano de mantel pone especial celo en salpicar de sabor y gracia todos los brindis. No hay ocasión de chin chin que no lleve un plop previo de descorche.

Para agasajar. Dentro de la compleja lógica de regalos y ofrendas que nos hacemos cuando vamos o venimos por la vida entre congéneres, la botella de vino es una de las ofrendas que valoran incluso los abstemios. ¿La razón? Nunca está del todo clara. Sin embargo, cuando se regala una buena botella, se están diciendo muchas cosas: se habla de valoraciones, de estimas, de profundos, livianos y hasta profanas razones para el encuentro con el otro. En eso, el vino es el mejor símbolo para cualquier agasajo.

Para todo hay un límite

La única situación que no marida con vino -y con ninguna bebida alcohólica– es el manejo: si hay que conducir no hay que beber. Razones hay muchas. La fundamental es de cuidado y seguridad propia y de terceros. Fuera de eso, siempre hay un buen motivo para saborear un vino.

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