La mañana del 23 de junio de 1987, Wendy Knell, una joven de 25 años, fue encontrada muerta en el dormitorio que alquilaba en Tumbridge Wells, Inglaterra. Su cadáver, hallado sobre una cama llena de sangre, estaba desnudo y presentaba signos de golpes en la cabeza y estrangulamiento, al mismo tiempo que restos de semen. Los forenses determinaron que había sido violada post mortem.
Cinco meses después, más precisamente el 24 de noviembre de 1987, Caroline Pierce, una joven de 20 años que vivía a tan solo una milla de distancia del domicilio de Knell, desapareció luego de que un taxi la dejara en la puerta de la propiedad en la que vivía, donde alquilaba una habitación. Nada se supo de ella hasta el 15 de dicimbre de ese mismo año, cuando su cadáver desnudo fue encontrado en una zanja de una zona rural. Al igual que el de Wendy, presentaba traumatismos de cráneo, marcas de estrangulamiento y restos de semen. Y sí: Caroline también había sido violada luego de haber sido asesinada.
La Policía no tardó en ligar ambos crímenes y se puso a la caza del doble femicida. La prensa, como es habitual, le puso nombre al caso: los Crímenes del Dormitorio. Pero no duró demasiado en el ojo público. A excepción de algunas huellas digitales y la marca de un zapato, las autoridades no tenían ninguna pista firme de quién podía haber matado a las mujeres. Claro, faltaban años para que los rastros genéticos fueran determinantes en las investigaciones policiales. Así fue que los meses pasaron, y como ninguna otra chica apareció asesinada bajo los mismos parámetros ni se encontraron indicios nuevos de ningún tipo, la pesquisa se estancó... por más de treinta años.
Pero el caso nunca fue cerrado. Tampoco olvidado.
Fue recién en 2019 cuando los persistentes investigadores pudieron lograr un avance significativo. Para ese año, los científicos forenses habían conseguido desarrollar nuevas técnicas que permiten detectar el ADN de muestras de esperma dañadas, como las recolectadas de aquellas víctimas de la década de los ochenta. Esto, sumado a otra técnica relativamente nueva con la que se puede linkear el ADN de alguien con el de sus familiares de sangre, abrió la puerta para, por fin, dar con el asesino.
Finalmente, tras más de un año de intensa búsqueda, la Policía logró determinar un sospechoso principal. David Fuller, un electricista de 67 años que vivía en Heathfield junto a su tercera esposa y el hijo adolescente de ambos. El 3 de diciembre de 2020, los detectives se presentaron en su casa y lo detuvieron. Él negó haber conocido jamás a Knell y a Pierce, pero la ciencia demostró lo contrario: su ADN era exactamente el mismo hallado en el semen recolectado del cuerpo de Caroline, décadas atrás.
Finalmente, el impune femicida había sido descubierto. Pero lo que las autoridades no se esperaban era que no solo habían atrapado a un asesino difícil de atrapar. También tenían en sus manos a un aberrante necrófilo serial.
El más sórdido hallazgo
Cuando Fuller fue detenido, los efectivos procedieron a allanar su domicilio. Allí, se sorprendieron al descubrir la cantidad de registros que el asesino tenía de su propia vida: miles de fotografías impresas, computadoras viejas, teléfonos celulares, CDs, DVDs, diskettes y discos rígidos repletos de datos. Un verdadero tesoro para la investigación. Nunca se imaginaron, sin embargo, que darían con un secreto tan oscuro, macabro e indignante.
Almacenados en cuatro discos duros, encontrados escondidos en un compartimento detrás de una alacena, la Policía visualizó con horror decenas y decenas de videos. Habían sido filmados dentro de una morgue, y eran protagonizados por el mismísimo sospechoso. En ellos, David Fuller aparecía desnudo. En ellos, David Fuller violaba cadáveres.
“No podía entenderlo. Yo estaba ocupado buscando justicia para las familias de Wendy Knell y Caroline Pierce. Pero ahora también teníamos que ocuparnos de las tantas familias que iban a descubrir que sus seres queridos habían caído en las garras de David Fuller, cuando deberían haber estado seguros y afrontando una muerte digna”, dijo el detective Noel McHugh a la BBC. Y esas familias eran, verdaderamente, muchas. Una vez que todo el material fue revisado, las autoridades pudieron confirmar que el depravado criminal había abusado de, al menos, 99 cuerpos femeninos. De niñas hasta ancianas. De cualquier raza, fisonomía y condición.
Fuller trabajaba como supervisor de mantenimiento en el hospital Tunbridge Wells, y había llevado a cabo sus siniestros actos durante años en la morgue de ese nosocomio (NdR: aunque solo se tiene conocimiento, gracias a sus videos y fotos, de lo que hizo desde 2008 hasta 2020). Debido a su función, a nadie le parecía raro que tuviera acceso a ese sector. De hecho, no parcía que entrara ahí tantas veces. Pero vaya que lo hacía. Aprovechándose de su cargo, de su horario de trabajo vespertino y de que la morgue, por una cuestión de respeto y privacidad, no contaba con cámaras de seguridad, Fuller pasaba hasta tres horas adentro de esa habitación sacando cuerpos de las cámaras de refrigeración para abusar sexualmente de ellos.
Cuando los policías le preguntaron por qué se filmaba cometiendo aquellos aberrantes actos, el necrófilo les respondió que no lo sabía. Tampoco dio sus razones acerca de por qué se preocupaba por conocer los nombres de sus fallecidas víctimas (los cuales anotaba en un cuaderno), ni, tampoco, por qué se ocupaba de googlearlos o de buscarlos en las redes sociales. “Me dijeron que mi hija había sido violada en tres ocasiones dentro del depósito de cadáveres. ¿Qué puede pensar una de esto? ¿Cómo comprender tal cosa”, dijo a Sky News la madre de una joven muerta en un accidente cuyo cuerpo fue atacado por Fuller. La mujer, quien para hacer frente a su dolor pasó horas junto a los restos de su hija, expresó asqueada e indignada: “Mientras acariciaba el pelo de mi hija, mientras dormía en su cabello, un hombre ya había recorrido toda su piel. Y ahí estaba yo besándola, abrazándola y dándole mi última despedida. Eso es terrible. Es terrible”.
“La psicopatología en juego aquí es definitivamente el sadomasoquismo. En esencia, se trata de ser incapaz de lidiar son sus propios problemas excepto a través de un comportamiento manipulador”, indicó a la BBC el Dr. Richard Baddock, un psiquatra y consultor forense, acerca del acusado, quien, previamente a todas las revelaciones que surgieron tras su detención, había sido detenido en su juventud por delitos de robo, voyeurismo y acoso. Según Baddock, ese comportamiento inicial empeoró al punto de ser llevado al asesinato y, luego, a la necrofilia. “Aunque estaba haciendo cosas extremas, probablemente se sentía vivo solo en el momento de sus ataques. Por eso pasa a la necrofilia. No hay nada más extremo que eso a nivel psicológico”, analizó.
En este sentido, no soprende tampoco que a Fuller se le haya secuestrado de su hogar una de las mayores colecciones de imágenes de abuso sexual infantil jamás encontradas por la Policía británica. Sí, además de asesino y necrófilo, David Fuller es pedófilo. Un verdadero monstruo que pasó toda una vida desapercibido bajo la fachada de un hombre responsable, tranquilo y hasta agradable, según lo describieron varios compañeros de trabajo.
Un juicio sin precedentes
El siniestro caso obtuvo repercusión mundial durante la última semana, cuando muchos de sus detalles se hicieron públicos en el juicio al que el pervertido electricista está siendo sometido en estos momentos en la Corte de Maidstone Crown, en el condado de Kent. En el mismo, además de las dos acusaciones de asesinato en su contra, Fuller enfrenta 51 cargos. “Penetración sexual de un cadáver”, “posesión de imágenes pornográficas extremas que involucran interferencia sexual con un cadáver” y “posesión de imágenes indecentes de niños” son algunos de ellos.
Para los fiscales, el juicio que se está llevando adelante “no tiene precedentes en la historia legal” y es una verdadera pesadilla. En gran parte, porque las leyes actuales contemplan condenas muy bajas para los delitos relacionados con los cuerpos de personas fallecidas: dos años de prisión son su máxima pena. Sin embargo, confían en que el criminal sea sentenciado a pasar lo que le queda de vida tras las rejas, por los asesinatos que cometió en 1987. A pesar de que el acusado rechace los cargos, como lo hizo: si bien admitió haber matado a Wendy Knell y Caroline Pierce, asegura haberlo hecho bajo un estado de “anormalidad mental”.
Mientras el proceso continúa y mantiene en vilo a Gran Bretaña, David Fuller cumple prisión preventiva en el penal de alta seguridad de Belmarsh, en Londres.
¿Será finalmente condenado a cadena perpetua como la fiscalía y la sociedad entera especulan? ¿Se le conocerán nuevos delitos, ya sean crímenes o actos necrófilos, teniendo en cuenta el período ventana de más de 20 años del que no existen pruebas ni registros de sus perversas actividades?
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