De ayudar a los pobres en África a organizar las cartas de Don Jaime
Pablo Montanaro
Sus padres le contagiaron ese deseo de ayudar a los demás. A los 18 se fue a misionar a Salta.
En marzo de este año volvió de Mozambique y ahora evangeliza en la parroquia del barrio Villa Ceferino.
Amor y entrega por los necesitados son los rasgos que distinguen a María Silvia Caresani, nacida en Buenos Aires en 1964, quien al cumplir 18 años empezó a misionar en tareas humanitarias. Primero llevó la evangelización y la palabra de Dios a Salta y luego, en representación de la Diócesis de Neuquén, estuvo once años en Andacollo. Más tarde, entre 2011 y marzo pasado pasó por Mozambique, país situado al sureste de África.
Dice que sus padres le contagiaron esa vocación solidaria y que en su casa del barrio de Caseros, junto a sus cinco hermanos, "siempre vivimos a pleno la fe", motivos que la llevaron a querer integrarse a la congregación de Hermanas Misioneras Redentoristas. “Ser misionera es haber tenido la experiencia de ser amada por Dios. Ese amor es tan grande en la vida de uno que no puede dejar de expresarlo a otro y darle sentido a toda su vida. Si uno sabe eso, después todo lo que puede traer la vida, entre ellas las dificultades, lo puede enfrentar de otra manera”, explica.
En el año 2000, ese carisma itinerante de las misioneras la llevó a Andacollo, en el norte neuquino. "Había 17 capillas, la más cercana a tres kilómetros y la más lejana a 100. Hacía siete años que la parroquia donde fuimos a misionar no tenía sacerdote, así que hicimos un trabajo intenso de formación de catequistas. Fue hermoso conocer la cultura del norte neuquino, desde las cuecas pasando por la religiosidad, sentir la fe de la gente y vivir la Fiesta de San Sebastián", cuenta.
Desde que sintió que su vocación era ayudar a los más necesitados, siempre se puso como horizonte África. En marzo de 2011, María Silvia arribó a Mozambique, situado al sureste de África, junto con la hermana Hortencia Medina y la trabajadora social Mariana Bader.
Era una de las 32 misioneras de trece países distintos que se enfrentaron a una difícil realidad: un país con una baja esperanza de vida, una mortalidad infantil que se encuentra entre las más elevadas del mundo y uno de los más bajos índices de desarrollo humano.
La situación de la mujer en Mozambique fue una de las cuestiones que más la golpearon. "La postergación que vive la mujer en Mozambique atenta realmente contra la dignidad de la persona", comenta. Pone como ejemplo lo que pasa cuando una mujer enviuda. "Como la sociedad es machista, patriarcal, al casarse la mujer se va a vivir a la casa de la familia del marido, y cuando este muere, la mayoría de las veces la familia del marido le saca todo, la deja sin nada y la echa de la casa, cuando en realidad la ley protege su derecho a la herencia".
Además, su tarea incluyó la formación de cooperativas de viudas para que puedan mantener a sus hijos, la organización de encuentros de matrimonios por los casos de violencia, la creación de un internado para las jóvenes que venían desde el interior para estudiar, la atención de los niños desnutridos y charlas a las mamás sobre alimentación, higiene y la importancia de la vacunación de los menores. "Había una salita de salud con dos enfermeras porque el médico no existía en la zona, apenas cubrían las necesidades básicas", explica.
Al regresar en marzo pasado a Neuquén comenzó a misionar en la parroquia del barrio Villa Ceferino. Por la mañana trabaja en el Obispado organizando y catalogando la correspondencia de Jaime De Nevares. Comenta que hay más de 500 cartas que escribió Don Jaime. “Es una hermosa tarea que estoy realizando con mucha alegría y compromiso. Las estoy organizando por año y la idea es escanearlas. Don Jaime respondía todas las cartas que recibía, es impresionante el tiempo que le dedicaba a cada una, y en el verano se iba a Ruca Choroi para contestarlas”.
Resalta que hay muchas cartas de la época de la dictadura militar. “En esos años recibió muchas cartas que le enviaban familiares de desaparecidos, tantas que había preparado un modelo de respuesta y agregaba una nota personal. Para mí, trabajar con estas cartas de Don Jaime es poder ingresar a su historia a través de ellas”, concluye.
Hay más de 500 cartas de De Nevares y muchas de familiares de desaparecidos que recibió en los años de la dictadura".
"Somos hermanas de la gente"
"Gracias a Dios muchos jóvenes que están metidos en la droga se abren y nos piden ayuda", comenta María Silvia Caresani tratando de contextualizar el trabajo que desarrolla junto a otras hermanas en la parroquia del barrio Villa Ceferino.
Cuenta que la situación social "está muy difícil, por eso pensamos nuestro rol como hermanas de la gente".
Su labor cotidiana también incluye la visita de "los abuelos y ancianos que están solos".
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