De geóloga a abrir un taller de arte en Fernández Oro: Julieta Omarini encontró su vocación tras años en la industria petrolera.
Hay veces en que los mandatos familiares y sociales condicionan los verdaderos deseos interiores. A los cuatro años, Julieta tenía muy claro que quería ser actriz. Pasó 36 años postergando la voz interna que la invitaba a dedicarse al arte, hasta que, finalmente, entendió que nunca es tarde para cambiar de rumbo.
Julieta Omarini tiene 41 años, nació en Salta y estudió geología siguiendo los pasos de su padre, un investigador del CONICET reconocido a nivel nacional y mundial. Trabajó en la industria petrolera, hizo su doctorado y dio clases durante ocho años en la Universidad de Río Negro.
Hoy, sin embargo, lo que la define es otra cosa: es la creadora de Puncoviscana, un atelier de arte en Fernández Oro que en pocos meses pasó de ser un proyecto personal a convertirse en un espacio de creación y empoderamiento para otras mujeres.
Su llegada al Alto Valle
En 2011, recién recibida y con 26 años, Julieta fue contratada por una empresa petrolera que operaba en Vaca Muerta. Al principio iba y venía entre Salta y Neuquén, hasta que en 2012 se mudó definitivamente y se encontró con algo que no había anticipado: estaba sola en una ciudad que no era la suya, sin amigos, sin red de contención y sin sentido de pertenencia.
Tuvo que elegir. O volverse a Salta o encontrar algo que la arraigara a esa tierra desconocida. Fue el arte el que le tendió la mano. Se anotó en un seminario de teatro de cuatro meses y ahí encontró lo que estaba buscando sin saberlo: un contexto que la cobijara. En ese proceso conoció a Patricio, su actual pareja, quien se convertiría en uno de sus pilares fundamentales.
Siguió trabajando en la industria petrolera, pero su faceta artística seguía latiendo en su interior. En 2014 se fue a Buenos Aires a estudiar cine y teatro. La ciudad la recibió con todo su ruido y su intensidad, terminó siendo, como ella misma dice, "la verdadera ciudad de la furia".
Volvió a Neuquén y cuando lo hizo, tomó una decisión que en ese momento le pareció correcta: continuar el legado de su padre y doctorarse en geología.
Una historia marcada por el vínculo padre e hija
Para entender a Julieta, hay que entender la figura de su padre. Ricardo fue geólogo del CONICET, investigador reconocido, docente entregado con sus alumnos y becarios. Una figura enorme, admirada, que en casa era tan cercana como lejana.
Cuando Julieta terminó el secundario anunció que quería irse a estudiar teatro a Córdoba. Sus padres la miraron en silencio y esa falta de respuesta dijo todo lo que necesitaba saber. Entonces eligió entrar al mundo de su papá, su héroe, y decidió estudiar geología, un poco por gusto y otro poco para acercarse aún más a él.
Lo que encontró en la carrera no fue exactamente lo que esperaba. Su padre, dedicado con su profesión y sus alumnos, marcó distancia. Sin embargo, aunque en el momento no lo comprendió, con los años entendió que en realidad, Ricardo buscaba que ella fuera la protagonista de sus propios logros. Y así fue, Julieta construyó su camino, sin usar el apellido como ascensor y sin la espalda que hubiera podido tener.
Pero esa hija, con "complejo de Edipo", como se define a si misma, seguía buscando la aprobación de su padre. El doctorado fue, en parte, otro intento de demostrar su valía.
El cierre de una etapa
En 2015, su padre murió de un cáncer de colon fulminante, dejando abierta una pregunta que nunca tendría respuesta: ¿cómo hubiera sido si hubieran podido compartir ese camino? A pesar de la ausencia, Julieta siguió adelante con el doctorado.
Lo terminó el 14 de agosto de 2024. Ese día tuvo un sentimiento agridulce y revelador: “Hice todo esto y él no está acá”. Pero junto al dolor apareció algo más. Una sensación inesperada de liberación.
El mandato se disolvió. Ya no había nada que demostrarle a nadie. En el vacío que dejó esa búsqueda de aprobación, hubo por fin espacio para su propio deseo.
Durante los últimos meses de la tesis, Julieta había retomado un pasatiempo que, casualmente —o no tanto—, había aprendido de su padre cuando era chica: el tejido. En medio del agotamiento, la presión y la exigencia académica, encontró ahí un refugio. Un espacio donde bajar el ruido y ordenar lo que por dentro estaba enredado.
Y fue ahí donde empezó a entender algo que hasta entonces no había podido ver con claridad: esa parte artística que había postergado durante años no era un complemento de quien era, sino su esencia.
Nuevo comienzo
En 2025, con el doctorado terminado y una etapa oficialmente cerrada, Julieta tomó la decisión de animarse a empezar de nuevo. Así nació Puncoviscana.
Al principio, el proyecto era íntimo y personal. La idea era vender sus propios tejidos, esos que habían sido refugio durante el tramo final de la tesis.
El nombre no fue casual. Puncoviscana es la formación geológica que su padre estudió durante su doctorado: la base sobre la que se sostienen las montañas del norte argentino. Elegirlo fue una forma de integrar esas dos dimensiones de su vida que durante años parecieron separadas.
Finalmente, esa conexión con su padre que tanto había buscado en la geología, terminó estando —desde siempre— en el arte.
Un taller multidisciplinario
A medida que la idea iba tomando forma, Julieta se dio cuenta de que esos saberes no podía guardárselos para ella. ¿Por qué no compartirlos?
Así empezó a pensar el atelier no solo como un espacio de producción, sino también como un lugar de transmisión. Lo que había comenzado como un proyecto individual fue abriéndose, primero a otras personas y después a nuevas disciplinas.
Rápidamente, Puncoviscana dejó de ser únicamente un espacio de tejido para convertirse en un taller multidisciplinario, donde distintas técnicas conviven y se potencian entre sí. Hoy, el atelier reúne propuestas como cerámica, mosaico, bordado, macramé, pintura y distintas variantes de crochet, entre otras.
Pero más allá de la diversidad de actividades, el objetivo es común: generar un espacio donde las personas puedan reconectar con lo creativo, explorar sin exigencias y permitirse aprender desde otro lugar. En ese proceso, además, aparece otra posibilidad. Para muchas, el taller no solo es un momento de disfrute, sino también una puerta de entrada a futuros emprendimientos.
Fernández Oro, una apuesta desafiante
Elegir Fernández Oro no fue casual. En una región donde gran parte de la actividad cultural se concentra en Neuquén, Julieta decidió apostar por el lugar donde vive. “Quiero reivindicar esta ciudad. No es solamente una ciudad ‘dormitorio’, como se la ha solido definir”, sostiene.
Lejos de los circuitos más consolidados, el desafío fue claro: construir algo donde todavía no estaba dado y generar una propuesta que acerque distintas disciplinas a vecinos y localidades cercanas. “La ciudad está en pleno crecimiento y realmente necesitaba de un espacio así”, agrega.
La decisión implicó no solo iniciar un proyecto, sino también sostener una convicción: que el arte también puede crecer fuera de los centros tradicionales.
Nunca es tarde para empezar
A los cuatro años, Julieta sabía lo que quería. Tardó en animarse a escucharse a sí misma. En el medio hubo mandatos, caminos trazados, logros alcanzados y una búsqueda constante por encajar en un lugar que no terminaba de ser propio. Hasta que algo cambió. O, mejor dicho, hasta que decidió cambiarlo.
Hoy, en cada persona que entra a Puncoviscana con miedos o con la sensación de “esto no es para mí”, hay algo de esa Julieta que también dudó durante años. Y en cada proceso, en cada intento, en cada error que se transforma en aprendizaje, aparece una posibilidad: la de empezar de nuevo.
No se trata solo de aprender a tejer, pintar o crear. Se trata de animarse. De correrse, aunque sea un poco, de lo esperado. De hacerle lugar a eso que quedó pendiente. Julieta lo resume sin vueltas: "los sueños son en vida". Y a veces, lo que hace falta para alcanzarlos no es tiempo, ni experiencia, ni mucho menos certezas. Es animarse a empezar.
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