La inspiradora historia de un trabajador de Los Hornos. Se trata del hombre que convirtió el sacrificio en identidad y la tierra en milagro.
Hay hombres que nacen con las manos destinadas al barro. No por castigo, sino por herencia. Daniel Ceferino Panitrul, de 57 años, es uno de ellos. Desde su temprana adolescencia, ante la falta de oportunidades y siguiendo la tradición del paraje, decidió embarcarse en el duro trabajo de hornero. Eligió el pisadero, el molde y el fuego cuando otros caminos estaban cerrados. Sin embargo, nunca lo hizo con resignación: lo hizo con la esperanza terca de generar recursos para aportar en su familia, con Aurora, su tía y madre de crianza, como faro.
Daniel es ejemplo de tradición, esfuerzo y sacrificio en una tierra que tiene al ladrillo como símbolo de identidad. Los Hornos no es solo un nombre en el mapa de Neuquén: es un modo de vivir, un apellido colectivo tallado en adobe. Y él, ladrillo a ladrillo, escribió su vida ahí.
Nació en Aluminé, pero el destino lo trajo a Mariano Moreno en el año 1982, junto a su mamá. “Yo papá no tengo. Aurora se llama la que convivió conmigo, la que me crió. En realidad, es mi tía, pero me crié de niño con ella”, contó con agradecimiento.
Su escuela primaria fue la número 85. Hizo quinto, sexto y séptimo grado en esa institución. Y cuando salió, el horno lo estaba esperando. “Cuando salimos de la escuela empezamos a trabajar apilando ladrillos y después ya empezamos a cortar. Siempre en el horno de Gaetano Viviani”, recordó
Fueron veinte temporadas en lo de Viviani. Veinte inviernos con las manos rajadas por el frío y el barro. Veinte veranos bajo el sol de la meseta, cortando adobe antes que cante el gallo.
Después vino el salto: “Me vine adonde don Yáñez, estuve un año ahí, con mi propio emprendimiento”, señaló. En 2008 compró su terreno, el que tiene ahora. “Desde ese momento empecé a trabajar todas las temporadas en este lugar”, afirmó.
Un zapallo de 24 kilos
En medio de esa vorágine del trabajo ladrillero, Daniel se tomó el tiempo de empezar otra cosa. Hace tres años decidió moldear, pero no adobe: tierra para sembrar. Con semillas aportadas por el municipio de Mariano Moreno, levantó una pequeña huerta donde cultiva papas, tomates, entre otras verduras.
Esta temporada 2026, la tierra lo bendijo. Entre adobes, ladrillos y pisaderos, creció un zapallo. Pero no uno cualquiera. Al momento de su cosecha, pesó casi 24 kilogramos. Un gigante naranja que le permitió ganar el concurso “Ciudad Zapallo”, que impulsó el municipio local con el acompañamiento del PRODA.
Una bendición, porque ese zapallo no creció en un invernadero tecnificado. Creció en Los Hornos, al lado del barro, donde las manos de Daniel saben de sacrificio. Creció donde antes solo había fuego y humo de horno. Creció como metáfora: la misma tierra que da el ladrillo para levantar paredes, también da el alimento para levantar familias.
Daniel Panitrul no escribió libros. Escribió su historia en cada ladrillo que cortó, en cada horneada que cuidó, en cada surco que regó. Es la tradición hecha persona. Es el esfuerzo sin micrófono. Es el sacrificio que no pide aplauso.
Hoy, con 57 años y las manos curtidas, mira su zapallo de 24 kilos y sabe que la tierra devuelve. Que el barro, si se amasa con esperanza, no solo da ladrillos: también da milagros. En Los Hornos, donde el ladrillo es identidad, Daniel es raíz. Y su huerta, la prueba de que hasta en el suelo más duro, si hay trabajo, florece la vida.
El doble sufrimiento
Daniel, al lado de la rueda del pisadero, comentó el costo humano y económico del oficio. El prácticamente hace dos temporadas que no trabaja por “escasez de respaldo económico, alto precio de materiales y problemas de salud”: pulmones, hernia de disco y columna. El trabajo es sufrido, pero más sufrido es juntar para arrancar cada temporada. Tierra, aserrín y leña son caros y escasos. No hay mano de obra ni camión para vender. “Nunca recibí una ayuda de nada concreto”, destacó. Al respecto precisó que el Estado no mira al barro y Los Hornos se apaga. Aun así, resiste con una huerta y ganó “Ciudad Zapallo” con un zapallo de 23,560 kilos. Su bandera: “Si hubiera apoyo estatal, con más razón sigo haciendo y defendiendo esta actividad”, aseguró.
Para esto y según su criterio y su experiencia laboral en el rubro, explicó las condiciones necesarias para reactivar la actividad y dinamizar la economía local. En su horno sacaba “tres o cuatro hornadas por temporada, de 15 o 20 mil ladrillos”, con su tío Ricardo o solo. Hoy quiere cortar de nuevo: “Tengo aserrín ahí”, señaló. Pero falta el empujón. No quiere crédito: “no terminás nunca de pagar”, afirmó.
Siempre, según su visión de reactivación, pidió tres medidas fundamentales: 1) Subsidio en especies: carbón, leña, tierra. 2) Logística: flete a precio diferencial o camión en préstamo. 3) Compre estatal asegurado, sin trabas de facturación para pequeños productores. “Solo no se puede. Hay que pensar que, si se prende un horno, trabaja el que baquetea, el del tractor, el del flete”, enfatizó. Seguidamente sostuvo con fuerza y esperanza: “Con ayuda, con más razón sigo”.
Por otra parte, y mirando el futuro, señaló que hay que registrar la historia y advertir el riesgo de extinción. Por esa razón, Daniel rescató el trabajo legendario de don Abel Vargas: “Es muy prolijo, saca buenos ladrillos y es un ejemplo de constancia”, remarcó. Luego alertó que hoy quedan menos de 10 ladrilleros en Los Hornos. La producción manual es “poco y nada”: la máquina reemplaza las manos y “no creo que vuelvan personas que quieran ensuciarse las manos”, indicó.
El otro drama es el agua: el canal de riego del Covunco es “caótico entre diciembre y febrero”. Sin agua no hay ladrillo, huerta ni truchas. “Adaptándose, la actividad puede sobrevivir”, insistió Daniel. A partir de estos fundamentos pide que lo miren a él y a los otros productores horneros: sin agua y sin apoyo, el ladrillo –símbolo de identidad– se seca antes de ir al horno.
El paraje Los Hornos nació a pulmón en el desierto. El barro dio paredes, escuelas y profesionales. Hoy Daniel pone el cuerpo y la esperanza. “La producción de ladrillos me ayudó a vivir”, agradeció. Si el Estado mira, todavía el emblemático lugar puede ser de ladrillo y de zapallo.
El origen y la identidad de un paraje
Los Hornos se desprende del Valle del Covunco, a 8 kilómetros al este de Mariano Moreno, atravesado por el arroyo Covunco y la Ruta Provincial 3. En las primeras décadas del siglo XX, familias le arrancaron riqueza a tierras que parecían desierto. Así nació el arte del adobe: hombres y mujeres moldearon millones de ladrillos que dieron vida a obras, hogares y estudios.
Cada ladrillo fue un pedazo de vida y sacrificio. Los primeros horneros fueron Carlos Viviani, Juan Mazzina, Juan Zúñiga, Santiago Zanandreis, Ramón Rojido, Guillermo Siena, Manuel Hernández, Manuel Sandoval y Carlos Candia. Con barro en la piel y orgullo, ofrendaron su esfuerzo y lograron que hijos y nietos fueran profesionales sin renegar del paraje. El ladrillo fue moneda social: con sus materiales y trabajo junto al RIM 10 levantaron la Escuela 85 en los ´80, y luego llegaron luz y agua. Hoy quedan menos de 10 productores, la máquina reemplazó manos y el agua es caótica en verano. Pero Los Hornos resiste. Ahí el barro se hizo patria y todavía se escribe futuro.
Ciudad Zapallo: la vuelta a la tierra
La semana anterior cerró la primera edición de Ciudad Zapallo, del área de Producción municipal a cargo de Carolina Gez, articulada con PRODA. Entregaron kits en noviembre del año anterior y acompañaron a los huerteros. La funcionaria destacó: “No es solo un concurso de peso. Es una herramienta para volver a la tierra, uno de los eslabones de crecimiento de la antigua Colonia Agrícola y Pastoril”. El podio: 1). Daniel Panitrul, de Los Hornos, 23,560 kilos; 2). Antonio Moscoso, Covunco Arriba, 19,260 kilos; 3). Mariano Villagra, Los Hornos, 14,760 kilos. Participaron también Vanesa Guentian, 14,100 kilos; Gastón Quiroz, 13,440 kilos; Elena Fuentes 11,660 kilos, y Delia Hernández 3,180 kilos. Hubo folclore, venta de productores y mesa de degustación.
El zapallo de Daniel, criado entre adobes, simboliza el esfuerzo local. “Cuando hay política pública y manos dispuestas, la tierra responde”, cerró Gez.
Te puede interesar...
Leé más
Fiesta Nacional del Chef Patagónico: los platos más elegidos por el público
-
TAGS
- ladrillos
- Los Hornos
- Zapallo
Noticias relacionadas















