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La Mañana Mascotas

Su papá dibujaba en el servicio militar y ella heredó su habilidad: la mejor ilustradora de mascotas vive en Neuquén

A Camila Battistini le gusta pintar desde chica y siempre sintió una conexión especial con los animales. Hoy combina ambas pasiones en retratos que capturan no solo la imagen de las mascotas, sino también el vínculo que tienen con sus dueños.

Llegar a casa y escuchar cuatro patas corriendo de alegría, o despertar a la mañana y ver sus ojos brillantes a nuestro lado. Las mascotas no son solo animales, son parte de la familia y, aunque no siempre puedan acompañarnos hasta el fin de nuestros días, hay formas de inmortalizar su esencia y quedarnos con un pedacito de ellos.

Camila Battistini tiene 25 años, nació en Cipolletti y desde hace casi tres años vive en Neuquén. Desde chica le gustó pintar y siempre sintió una conexión especial con los animales. Hoy combina ambas pasiones en retratos que capturan no solo la imagen de las mascotas, sino también el vínculo que tienen con sus dueños.

El arte en las venas

Cuando era apenas una niña, Camila empezó a mostrar un interés particular por el arte. No fue casual: su papá siempre tuvo una gran habilidad para dibujar y ella lo observaba, intentando copiarlo. “Él había estado en el servicio militar y en ese tiempo dibujaba a sus compañeros, a los otros soldados”, cuenta.

“Él tiene una capacidad que yo no tengo, que es la de dibujar con lapicera. Me mostraba sus carpetas con dibujos y yo intentaba copiarlos, pero con lápiz para poder borrar”, recuerda.

Camila pinta cuadros de animales (12)

Ese interés temprano no pasó desapercibido. Sus padres notaron su inclinación y la acompañaron, anotándola en clases de dibujo y pintura cuando tenía alrededor de ocho años. Allí empezó a experimentar con distintos materiales —óleos, acuarelas y otras técnicas— y a desarrollar una práctica que, en ese momento, todavía era solo un juego.

En busca del camino correcto

A medida que fue creciendo, la pintura empezó a correrse a un segundo plano y quedó relegada al lugar de pasatiempo. Aunque el interés seguía intacto, la posibilidad de vivir del arte parecía lejana, casi como un deseo propio de la infancia.

Al terminar el secundario, Camila eligió otros caminos. Primero se inclinó por la ingeniería química y, más tarde, por la programación. Sin embargo, en ninguno de esos espacios logró sentirse del todo cómoda. “Tenía otras ideas en la cabeza, pero me di cuenta de que no era lo que quería”, explica.

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El arte, mientras tanto, seguía presente, aunque de forma más silenciosa. Lo que había comenzado como un hobby empezó a tomar otro sentido con el tiempo, casi sin proponérselo.

El cuadro que lo cambió todo

El punto de quiebre llegó casi sin buscarlo. Por aquel entonces, la pintura seguía siendo algo que aparecía de manera esporádica. Camila solo hacía retratos para su entorno cercano, muchas veces de forma experimental, combinando mascotas con cuadros renacentistas.

Pero hubo algo que marcó un antes y un después. Un día, decidió retratar a la mascota de una amiga que había fallecido: una gatita. Lo hizo en un papel, sin grandes pretensiones. Simplemente como un pequeño gesto para que su amiga tenga algo que le recuerde a la compañera que había perdido. Cuando se lo entregó, la reacción fue inmediata. “Se largó a llorar, fue todo muy emotivo”, recuerda.

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Ese momento le reveló algo que hasta entonces no había dimensionado: el impacto que podía generar su trabajo en los demás. “Es re loco saber que podés provocar eso en alguien con un cuadro”, dice. A partir de ahí, empezó a tomárselo con mayor seriedad.

Lo que hasta entonces eran dibujos sueltos comenzó a transformarse en obras más elaboradas. Los retratos dejaron el papel para pasar al lienzo y empezó a verlo como un camino posible.

El proceso detrás de cada retrato

Con el crecimiento de los encargos, Camila empezó a organizar su trabajo de manera más estructurada. Hoy funciona a través de una agenda: cada cuadro tiene un turno asignado y una fecha de inicio, lo que le permite dedicarle el tiempo y la atención que requiere cada obra.

El proceso comienza con la elección de la imagen. Junto a los dueños de la mascota, define la foto que servirá como base y a partir de ahí empieza a construir. Observa en detalle la mirada, el pelaje y los gestos del animal para decidir colores, fondo y estilo, buscando resaltar su esencia.

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Una vez definida la idea, el trabajo pasa al lienzo. Camila pinta por capas, en un proceso minucioso que puede llevar entre 15 y 20 días en cuadros medianos, aunque en formatos más grandes puede extenderse hasta dos meses. Para mantener la calidad y la concentración, evita trabajar en varias obras al mismo tiempo.

Dedica entre cuatro y seis horas diarias a la pintura, generalmente por la mañana, cuando encuentra mayor inspiración. El resto del tiempo lo destina a tareas vinculadas a su emprendimiento, como la gestión de redes sociales y la comunicación con clientes.

El retrato de Raquelita, la vaca viral

Entre sus trabajos más recientes, hay uno que todavía no terminó pero que ya genera expectativa: el retrato de Raquelita, la ternera que se volvió viral en todo el país. La historia del animal —rechazada por su madre al nacer y salvada por un veterinario en Córdoba— conmovió a miles de personas y se convirtió en una figura en redes sociales.

Camila no fue la excepción. Desde su cuenta personal, siguió de cerca la evolución del caso y se sintió conectada a través de la pantalla por la expresividad de Raquelita. “Tiene una personalidad muy particular, cómo mira a la cámara, las caras que hace”, cuenta.

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La iniciativa de retratarla surgió de manera espontánea. Sin encargo ni acuerdo previo, decidió contactarse con el veterinario que la cuida para contarle sobre su trabajo y ofrecerle la obra una vez terminada. “No lo hice por exposición ni nada de eso, tenía ganas de pintarla y dársela a alguien y quien mejor que él”, explica.

El vínculo que queda

Detrás de cada cuadro hay una historia. A veces es la de una mascota que ya no está; otras, la de un animal que acaba de llegar a una familia. Camila las escucha todas y, aunque nunca haya conocido en persona a ninguno de los animales que pintó, algo de ellos siempre le queda.

"Me suelo encariñar bastante con las mascotas. Tengo todavía muchas fotos de retratos que ya entregué, porque me encariño tanto que no puedo ni borrar la foto a veces", confiesa.

Esa conexión no surge de la nada, se construye en las horas que pasa observando cada imagen. "Mientras los voy pintando me imagino cómo serán sus personalidades. Se nota mucho en la mirada que tienen, en las expresiones. En el cuadro busco transmitir la personalidad que tiene cada animal", dice.

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Eso es, en definitiva, lo que hace que su trabajo sea mucho más que una simple ilustración. Y cuando la persona que encargó el cuadro lo recibe y se emociona, Camila entiende por qué sigue eligiendo este camino, a pesar del esfuerzo que implica sostener un emprendimiento artístico.

"Ver cómo reacciona la persona, por lo importante que es para ella, es lo que me hace seguir. Es la parte linda". Y en eso se resume todo: el arte heredado de su papá, los años de aprendizaje, las horas frente al lienzo y la certeza de que, a veces, un cuadro puede expresar todo aquello para lo que las palabras no alcanzan.

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